La Intérprete IMPRESCINDIBLE
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IMPRESCINDIBLE

Llamó a la puerta de mi ático pasadas las once.

No fue una llamada larga ni insistente. Dos golpes, secos, reconocibles. Abrí sin preguntar.

Estaba igual que siempre cuando volvía de un viaje corto: abrigo oscuro, gesto cansado, los ojos todavía en otro lugar.

Entró sin decir nada.

Cerré.

—Park ha vuelto a Seúl —dije yo primero.

Asintió despacio. —Me ha llegado el mensaje.

Caminó hacia la ventana y miró la ciudad, las luces extendiéndose como una marea bajo el cristal. Durante unos segundos no dijo nada.

—Lo que hiciste —dijo al fin— no era fácil. Pausa. —Era necesario.

No respondí.

Se giró entonces. Me miró de arriba abajo, sin disimulo, como si me estuviera midiendo de otra forma.

—Tres días fuera —añadió— y te bastaron para mover piezas que otros no mueven en tres meses.

—Alguien tenía que hacerlo.

Su mirada se desvió hacia la mesa. La cena preparada.

—No tenías que… —empezó.

—Volvías cansado —lo corté—. Lo imaginaba.

Se acercó. No del todo. Hasta ese punto en que el cuerpo decidía antes que la cabeza.

—¿Sabes lo que implica eso? —dijo en voz baja. —Sí.

—Te estás volviendo imprescindible.

Le sostuve la mirada. —Eso no te molesta.

Él sonrió apenas.

—Eso es justo lo peligroso…me gusta más de lo que debería.

Fue entonces cuando me tocó. Primero la muñeca. Después la cintura. Como si comprobara que era real.

—Te he echado de menos —dijo, sin suavizarlo—. A mi manera.

—Yo no esperaba hacerlo —respondí—. Y pasó.

Eso fue suficiente.

El beso fue inmediato, duro, sin aviso. No hubo tanteo. Tres días acumulados encontraron salida de golpe. Me empujó contra la pared del pasillo, pero se detuvo un segundo, como si recordara dónde estaba.

—Tu ático —murmuró.

—Mi control —corregí.

Sonrió apenas antes de volver a besarme.

El dormitorio fue una consecuencia, no una decisión.

La cama de ella. La mía.

Él lo supo en cuanto entró y no dijo nada.

La noche no fue tranquila. Fue intensa. Tensa.

Cargada de algo que iba más allá del deseo: poder, riesgo, reconocimiento.

Hambre acumulada durante tres días. Sin permiso.

Cuando todo terminó, no hubo palabras.

Solo la certeza incómoda de que aquello ya no podía deshacerse.

Y que, a partir de ese momento, nada entre nosotros volvería a ser casual.