La Intérprete NADA ES CASUAL
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NADA ES CASUAL

Desperté antes que él.

No abrí los ojos de inmediato. Me quedé quieta, escuchando su respiración, el ritmo lento y profundo de alguien que rara vez bajaba la guardia.

La sábana apenas le cubría la cintura. Su espalda, a pocos centímetros.

El tatuaje.

Ya lo había visto antes, sin querer, en otro momento. Entonces fue solo una imagen fugaz. Ahora no.

Ahora pude leerlo.

“ Nada es casual ”.

No lo toqué.

Las letras parecían tensas incluso dormidas, como si llevaran años sosteniendo decisiones que no se decían en voz alta.

Pensé en lo que decía de él.

Y en lo que decía de mí, allí, en su cama.

Me quedé unos segundos más, atenta al vaivén casi imperceptible de su respiración, como si el mundo no pudiera alcanzarlo allí.

Luego me levanté.

Con cuidado. Sin ruido. Deslicé el cuerpo fuera de la cama, como si también saliera de algo más grande. Recogí mi ropa sin encender luces. El ático seguía envuelto en esa calma falsa que dejan las noches intensas.

Antes de irme, lo miré una última vez.

Dormía boca arriba, expuesto, con el rostro en calma.

Por un instante pensé en despertarlo. En decir algo. En quedarme.

No lo hice.

La puerta se cerró detrás de mí sin ruido.

Mi ático me recibió con un silencio distinto. Más limpio. Más mío.

Dejé las llaves, el bolso, los zapatos. No encendí las luces. Fui directa al baño. Me quité la ropa despacio, como si el cuerpo siguiera en otro ritmo.

Abrí la ducha.

El agua caliente cayó sobre mis hombros. Cerré los ojos.

Y entonces volvió.

La euforia de la noche anterior. Las voces. Las risas. La certeza de que lo habíamos hecho bien. Muy bien.

Su mirada cuando todo salió limpio. El brindis.

Su boca.

El calor de su cuerpo. Sus manos, firmes, seguras. Sin duda.

Apoyé una mano en la pared.

Me sentí viva. Mucho.

Y, al mismo tiempo, algo no encajaba.

El agua resbalaba por mi espalda.

Pensé en quién era él. En lo que hacía. En lo que implicaba.

En el tipo de hombre que no se equivocaba por casualidad.

En el tipo de mundo al que estaba entrando.

¿Qué estaba haciendo?

Pensé en Dan. En la confianza. En lo que no se decía y también traicionaba. En cómo alguien podía protegerte con una mano y empujarte con la otra. En cómo yo había sido colocada sin saberlo.

¿Y ahora?

¿Ahora estaba eligiendo… o adaptándome otra vez?

Elías no sabía nada. Aún. Yo sí.

Y el peso de ese conocimiento se sentía distinto después de haberlo tenido tan cerca. Después de haberle permitido entrar en un lugar que no era solo físico.

Me miré en el espejo empañado al cerrar el agua. Limpié el vaho con la palma.

Mi reflejo me devolvió una expresión que no reconocí del todo.

No era culpa. No era miedo.

Era conciencia.

Me envolví en la toalla y apoyé la frente contra el cristal un segundo.

No sabía qué iba a hacer. Ni cuándo iba a hablar. Ni qué precio tendría el silencio.

Pero una cosa sí estaba clara.

Después de esa noche, ya no podía fingir que nada de esto era superficial.

Nada es casual .

Y acababa de cruzar una línea de la que no se volvía sin consecuencias.