La Intérprete SIN FRONTERAS
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SIN FRONTERAS

El ático de Elías estaba en silencio. Un silencio expectante.

Las luces de la ciudad entraban por los ventanales abiertos, como una marea lejana. Ciudad de México seguía viva ahí abajo: cláxones, sirenas aisladas, un murmullo constante.

Arriba, solo estábamos Elías y yo. Y la operación.

La mesa del salón estaba despejada: dos teléfonos, una tablet y una botella de mezcal a medio servir. Ninguno de los dos bebía.

Elías, de pie, apoyado en la encimera, mangas remangadas, mirada fija en la pantalla. Yo, en el sofá, con las piernas cruzadas, intentando parecer tranquila.

—Antes mirábamos pantallas y aún así nos la jugaron—dije.

—Ahora no vemos nada —dijo Elías— Y por eso funciona.

Santini había eliminado cualquier seguimiento en tiempo real.

Menos información. Menos huellas.

—Deberían haber llamado ya —dije.

—No. Si llaman antes, algo va mal.

Tenía razón. Eso no me tranquilizó.

Miré el reloj sin querer. Volví a dejarlo. El tiempo se había vuelto espeso, casi físico. Cada minuto pesaba más que el anterior.

—Santini dijo que el intervalo muerto era de veintitrés minutos —añadí—. Van dieciocho.

Elías giró la cabeza y me miró por primera vez.

—Confía.

No lo dijo como orden. Lo dijo como alguien que sabía que no era fácil.

Asentí. Por dentro, todo estaba en alerta.

Pensé en Marruecos. En los aeropuertos secundarios. En Álvaro revisando flujos sin tocar nada directamente.

En lo fácil que sería que algo fallara.

Y en lo irreversible.

El teléfono de Elías vibró.

Los dos miramos la mesa al mismo tiempo.

—Bueno.

La voz del Chuso entró directa, sin preámbulos, con ese tono que solo usaba cuando algo había salido exactamente como quería.

—Ni un roce —dijo—. Limpio.

—¿Todo?

—Todo —confirmó—. Horarios perfectos. Nadie mirando donde no debía. El Mono está que no se lo cree.

Levanté la vista. Elías me observaba con atención, leyendo cada gesto.

—Estamos dentro —añadí.

—Lo estáis —corrigió el Chuso—. Nosotros solo empujamos.

Sonreí.

—Buen trabajo.

—Esta noche se duerme —dijo—. Y mañana se vuelve a contar la lana.

Colgó.

El teléfono de Elías vibró de nuevo.

—Habla.

La risa de Santini atravesó el altavoz.

—Te dije que no improvisáramos —dijo—. Marruecos ha respirado.

—¿Sin ruido? —preguntó Elías.

— Parfaitement —dijo Julien—. Y con margen —hizo una pausa—. Tout est sous contrôle .

—Me alegro —respondió Elías—. Mantén a todos contenidos.

—Siempre —dijo Santini—. Y felicidades.

Colgó.

La operación había salido a la perfección.

Sentí una especie de euforia contenida. De satisfacción.

Durante un segundo no pasó nada. Luego Elías se giró hacia mí.

—Lo hiciste bien.

No lo dijo como cumplido. Lo dijo como reconocimiento.

—Lo hicimos —respondí.

El teléfono volvió a vibrar, esta vez con un mensaje grupal. El Mono. El Seco. El Chuso. Emoticonos, bromas mal escritas, una foto borrosa del mar enviada por alguien que ya estaba celebrando demasiado pronto.

Reímos.

Una risa breve al principio. Luego más suelta. Necesaria.

Elías se apoyó en la mesa frente a mí.

—¿Sabes qué es lo más difícil de una primera operación? —preguntó.

—¿Qué? —dije.

—Que después de que sale bien… todo parece posible.

Lo miré. Sostenía mi mirada con una intensidad diferente. Íntima.

—Y lo es —respondí—. Ese es el problema.

El ruido de la ciudad seguía abajo.

En el ático, por primera vez, no había dudas.

Durante unos segundos, ninguno dijo nada. Solo nos miramos.

La operación había salido limpia. Demasiado limpia.

Al otro lado, risas. Alivio. Incredulidad.

Había salido.

La euforia entró sin avisar.

Se giró hacia la barra. Abrió un mueble bajo y sacó una botella envuelta con cuidado.

Me acerqué.

Tequila reposado.

—Esto no se abre por nada —dijo, dejando dos vasos sobre la madera—. Y menos entre semana.

Sirvió despacio. El ámbar brilló bajo la luz tenue del ático.

—Por lo que acabamos de hacer.

Levanté el vaso.

—Por lo que nadie va a ver —respondí.

Chocamos los cristales. Bebimos.

El calor bajó lento. No era solo el alcohol.

Apoyé los antebrazos en la barra. Él se inclinó frente a mí. Quedamos demasiado cerca sin que ninguno diera el paso.

Nos miramos.

Había algo distinto.

No apartamos la mirada.

Seúl. El beso. Holbox. Su espalda alejándose. Isla Mujeres. El amanecer. La chaqueta cayéndome por los hombros.

Su olor aún en mi piel.

Los recuerdos volvieron de golpe. El aire entre nosotros se volvió denso.

Sentí cómo algo encajaba dentro de mí.

Como si todo lo que llevábamos meses conteniendo por fin tuviera permiso.

—Sofía… —dijo él, muy bajo.

Fui yo quien acortó la distancia.

Le besé.

No fue urgente. Fue firme. Decidido

Sus manos fueron a mi cintura casi de inmediato. Primero con cuidado. Luego subiendo despacio, marcando el camino. Sentí su respiración cambiar contra mi boca.

Se separó apenas lo justo para mirarme.

Sus manos se detuvieron.

—Sofía… dime hasta dónde puedo llegar.

La pregunta no enfrió nada. Al contrario. Lo hizo arder.

Le rodeé el cuello con los brazos.

—Esta noche —susurré— no quiero fronteras.

No hizo falta repetirlo.

Me alzó y me sentó sobre la barra, el mármol frío bajo mis manos. Su cuerpo cerró el espacio entre los dos. Su boca volvió a la mía con una intensidad distinta. Más segura. Más directa.

Sus manos bajaron primero, lentas. Luego subieron. El vestido. La piel. El gesto no fue brusco, fue decidido. La tela se recogió en mis muslos y el contraste del aire me hizo contener el aliento.

Le desabroché la camisa sin prisa, botón a botón. Noté su respiración contra mi cuello, cómo se detenía apenas un segundo cada vez que mis dedos rozaban su piel.

—Mírame —dijo—. Llevo demasiado tiempo deseándote.

Lo hice.

Había fuego. Y algo más hondo. Entrega.

La camisa cayó al suelo como una rendición silenciosa.

Mis manos recorrieron su espalda, sintiendo bajo la piel la tensión contenida, esa fuerza que siempre parecía dominarlo y que ahora ya no se contenía.

Volvió a besarme.

Más hondo. Más lento.

El tiempo cedió alrededor de nosotros.

Después no hicieron falta palabras.

Solo cuerpos que se encontraban sin torpeza, con una precisión extraña.

Cada paso previo, cada silencio, cada desvío, había llevado hasta ahí.

La barra quedó atrás.

La ciudad siguió rugiendo abajo, ajena.

Y, por una noche, el mañana dejó de importar.