DEMASIADO CERCA
El hotel se abría a la isla sin puertas.
Un techo alto de palma trenzada filtraba la luz del mediodía y dejaba pasar el aire salado. Todo era madera clara, lino, piedra pulida por el uso. No había mármol ni brillos innecesarios. El lujo estaba en el espacio, en el silencio, en no tener que pedir nada.
Detrás del mostrador había una mujer de unos cincuenta años, piel tostada por el sol, cabello recogido sin rigidez. Vestía de blanco. Sonreía con la naturalidad de quien llevaba años viendo llegar y marcharse a la misma gente.
No miró papeles. No pidió nombres.
—Buenas tardes, señor Montoya —dijo, con voz cálida—. Bienvenido de nuevo.
Elías asintió apenas, como si aquel saludo formara parte de un ritual.
—¿La suite de siempre? —preguntó ella.
—Sí.
La mujer inclinó ligeramente la cabeza, satisfecha.
—Todo está preparado. Esta vez… —miró un segundo hacia mí, sin curiosidad, solo constatando un dato— viene acompañado.
Elías no corrigió nada.
Dos empleados aparecieron de inmediato con toallas frías, enrolladas, perfumadas con algo cítrico y suave. Me tendieron una primero, con cuidado. Luego a él.
Antes de que pudiera decir nada, una bandeja apareció sobre el mostrador. Un vaso bajo, de cristal grueso, con hielo grande. Un líquido claro, apenas verdoso. El olor era fresco, limpio.
—Su cóctel, señor —dijo ella—. Como le gusta.
Después colocó otro vaso frente a mí. Distinto, más ligero. Flores blancas flotaban apenas en la superficie.
—Para usted —añadió—. Algo suave. Bienvenida.
Asentí, todavía observándolo todo, consciente de que aquel lugar no hacía preguntas porque no las necesitaba.
—Su equipaje ya va en camino —continuó la mujer—. El carrito los espera. La suite está lista.
Elías tomó su vaso sin beberlo.
—Gracias, Marta.
Ella sonrió un poco más al oír su nombre.
—Me alegra verlo de vuelta, señor.
Mientras se alejaban hacia la salida abierta, lo entendí sin que nadie lo explicara: Elías no era un cliente habitual. Era parte del lugar.
Y Holbox, con su calma engañosa, parecía esperarlo.
La suite era enorme. Tenía varios dormitorios, un salón amplio con ventanales al mar, una terraza compartida, luz por todas partes. Todo blanco, madera clara, telas ligeras moviéndose con la brisa.
—Aquí estarás cómoda —dijo Elías—. Si necesitas algo, dímelo.
Asentí, recorriendo el espacio con la mirada.
—Es… demasiado —respondí.
—No para aquí.
Dejó su bolsa en uno de los cuartos y desapareció un momento. Me quedé sola en el salón, escuchando el mar.
Cuando fui hacia las habitaciones para dejar mis cosas, lo vi sin querer.
Estaba de espaldas, cambiándose la camisa. La piel morena contrastaba con la luz blanca. Su espalda era fuerte, marcada sin exageración, como si el cuerpo se hubiera hecho a base de costumbre y no de intención.
En el costado de la espalda, bajo las costillas, asomaba un tatuaje oscuro. Solo un fragmento. Letras que no alcancé a leer.
Me detuve.
No fue deseo inmediato. Fue curiosidad física. Concreta. Real.
Se giró.
—Perdón —dije—. No sabía que…
—No pasa nada.
Se puso la camiseta con calma. Sin incomodidad. Sin palabras.
—Salimos a dar una vuelta —añadió—. Antes de que anochezca.
Asentí.
En la terraza, el sol empezaba a bajar. El mar se teñía de tonos suaves. El aire era fresco.
—Aquí todo es más simple. Por eso vuelvo.
—¿Te gusta desaparecer? —pregunté.
—Me gusta que no me busquen.
Nos quedamos en silencio, mirando el horizonte. Lo que representaba dejó de importar.
Y pensé solo en cómo se sentía estar allí con él.