HOLBOX
La reunión en Ciudad de México se canceló con un mensaje breve. Sin explicaciones.
Elías leyó la pantalla y guardó el móvil. —Se retrasa —dijo—. Un par de días.
Seguíamos en el hotel de Cancún. El aire era espeso. Demasiado ruido. Demasiada gente.
—¿Qué hacemos entonces? —pregunté.
No respondió enseguida. Miró el ir y venir del lobby, como si midiera algo más que el tiempo.
—Antes de irnos a Ciudad de México —dijo por fin—, hay un sitio al que quiero llevarte.
Lo dijo con naturalidad, como si no fuera una invitación especial.
—¿Dónde? —pregunté.
—Holbox.
Hizo una pausa breve. —Es tranquilo. No hay carreteras. No hay prisas.
—¿Y el trabajo?
—El trabajo sabe esperar. Cuando no puede, me avisa.
Asentí, pero no dije nada más.
Elías se levantó, dando por cerrada la conversación, como si ya no hubiera nada que decidir. —Descansa —dijo—. Mañana salimos temprano.
Se fue sin mirar atrás.
Me quedé unos segundos sentada, con la sensación incómoda de que algo importante acababa de decidirse sin mí… y, al mismo tiempo, con la certeza de haber aceptado.
Subí a mi habitación.
Cerré la puerta con cuidado. Dejé el bolso sobre la mesa. Saqué el móvil. Lo miré unos segundos antes de marcar.
Dan contestó al segundo tono.
—¿Sofía?
Me senté en la cama.
—Me voy a Holbox —dije.
—¿Dónde estás?
—En el hotel.
—¿Sola?
—Sí.
Hubo un silencio breve. Lo justo para que supiera que no le gustaba la respuesta.
—¿Te vas con él? —dijo por fin.
—Sí.
—Sofía… —respiró hondo—. No.
—No es una pregunta, Dan.
—¿Con quién va a reunirse en Holbox?
Tardé unos segundos en responder.
—Con nadie.
Oí cómo Dan apartaba el teléfono unos centímetros. Exhaló despacio, como si necesitara aire antes de hablar.
—Ese hombre no es quien crees que es.
—Nunca he dicho que lo sea.
—Es peligroso —insistió—. Mucho más de lo que ves desde fuera. No es solo negocios. No es solo dinero.
—No voy a hacer nada raro. Es un viaje corto. Un hotel. Nada más.
—Eso es lo que te preocupa a ti —dijo—. A mí me preocupa lo que no ves. No sabes qué intenciones tiene.
Me senté en la cama.
—No puedo seguir fingiendo que no pasa nada —continué—. Estoy metida hasta el cuello, Dan. Esto… —hice un gesto que no podía ver—forma parte.
—Formar parte no significa irte sola con él a una isla —replicó—. Sin nadie cerca. Sin apenas cobertura. Sin salida fácil.
—Sé cuidarme.
—No hablo de armas —dijo—. Hablo de poder. De lo que puede hacer sin tocarte. De lo que pasa cuando alguien así decide que no quiere soltarte
Cerré los ojos un segundo.
—No me ha dado razones para desconfiar —dije.
—Todavía —corrigió—. Sofía, escúchame, te lo dije una vez, no te confundas con él.
Abrí los ojos.
—No es eso.
—Siempre empieza así.
—No puedes decidir por mí.
—No —admitió—. Pero sí puedo advertirte.
Se suavizó un poco.
—Si algo se tuerce… —dijo—. Si te sientes incómoda, rara, fuera de lugar… llámame. A cualquier hora.
—Lo haré.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Otra pausa.
—Ojalá no fueras —añadió.
No respondí.
—Tengo que informar de cada movimiento —dijo Dan.
—Entonces hazlo.
No contestó enseguida.
—No esta vez.
—¿Por qué?
Apretó la mandíbula.
—Porque si lo saben, querrán aprovecharlo. —¿Y eso es malo?
—Sí —dijo—. Porque aún no estás preparada… y porque, si algo sale mal, tú pagarías el precio.
Colgamos sin despedirnos del todo. Me quedé mirando el móvil unos segundos más.
Lo dejé sobre la mesa. Y seguí haciendo la maleta.
La avioneta era más pequeña de lo que esperaba. Blanca, ligera, con hélices que parecían demasiado frágiles para sostenerla en el aire. El calor de Cancún se colaba incluso antes de subir.
—¿Lista? —preguntó Elías, con los auriculares colgados del cuello. —¿Tú… pilotas? —dije, señalando la cabina.
Sonrió apenas. —Desde hace años.
No lo dijo como un gesto de poder, sino como algo práctico, casi irrelevante. Aun así, me sorprendió.
Despegamos sin ruido excesivo. El mar apareció pronto, extendiéndose debajo de nosotros como una sábana azul imposible. Desde arriba, todo parecía más lento. Más limpio.
Elías pilotaba con calma. Sin tensión. Como si el cielo también fuera un espacio que conocía bien.
—¿Vienes mucho aquí? —pregunté.
—Cuando necesito desaparecer un poco.
No añadió nada más.
La avioneta descendió despacio, como si dudara antes de tocar tierra. El azul empezó a cambiar. El Caribe quedó atrás sin avisar.
El turquesa limpio se apagó poco a poco: verdes diluidos, azules lechosos, manchas doradas donde la arena se mezclaba con el agua. El Golfo de México no brillaba. Respiraba.
Apoyé la frente en la ventanilla.
Holbox apareció como un secreto mal guardado: una lengua de arena rodeada de agua, manglares, palmeras inclinadas y caminos que no parecían llevar a ningún sitio.
No había carreteras. Ni edificios altos. Nada imponía.
Solo arena, agua y silencio.
A lo lejos, los flamencos dibujaban manchas rosadas.
El avión tocó tierra con un golpe suave.
No hubo aeropuerto, solo una pista corta rodeada de vegetación.
El aire entró de golpe al abrir la puerta: cálido, salado, denso.
Nos esperaba un carrito de golf. Subimos sin prisa.
Avanzamos por calles de arena, sin asfalto. Casas bajas, colores gastados. A ratos, el mar aparecía entre las palmeras, opaco, como si escondiera algo.
Miraba en silencio. No había lujo visible. Y, aun así, todo parecía un privilegio.
Holbox no se ofrecía. Había que llegar hasta allí.
Elías conducía sin hablar, cómodo, como si ese lugar también le perteneciera.
Por un instante tuve la sensación de estar entrando en un paréntesis.
Y el mundo bajó la voz.