LA ADVERTENCIA
Los días siguientes fueron extrañamente normales.
Demasiado.
En la recepción, todo seguía igual: llaves, sonrisas, preguntas repetidas. El aire acondicionado demasiado fuerte. El mármol brillante. Yo haciendo como si no hubiera guardado una mentira entera en el bolso aquella noche.
La DEA no llamó el primer día. Tampoco el segundo.
Eso fue lo peor.
Dan apareció la tercera noche. No se acercó a recepción. Se sentó en el bar, de espaldas, como un cliente más. Esperó a que terminara mi turno.
—¿Funciona? —preguntó.
—Sí.
Asintió despacio, como si algo no terminara de cuadrarle.
—Coleman está satisfecho —añadió—. De momento.
Bebió un sorbo. No me miró.
—¿Lo pusiste donde dijimos?
—En la suite.
Silencio.
—¿Todo normal?
—Sí.
Mintiendo se aprendía rápido. Vivir con la mentira costaba un poco más.
—No bajes la guardia —dijo al levantarse—. Esto ya no va de observar.
Lo vi irse sin saber si me creía o si había decidido no preguntar más.
Esa misma noche, Elías bajó al restaurante.
No estaba previsto. No según el sistema. No según nada.
Yo estaba revisando unas reservas cuando lo sentí antes de verlo.
Me miró. Esta vez sonrió.
—¿Tienes un minuto? —preguntó.
No era una orden. Tampoco una invitación inocente.
—Claro.
Caminamos juntos hacia una mesa apartada. Nadie parecía prestar atención, pero todo el mundo lo hacía.
—¿Dormiste bien? —preguntó.
—Sí.
—Yo también.
No dijo más. Bastó con eso.
—Este fin de semana vuelvo a salir —añadió—. Negocios. Me vendría bien que vinieras. —¿Como intérprete?
Me sostuvo la mirada un segundo más de lo habitual. —Como alguien en quien confío.
Sentí un frío breve en el pecho. —Tengo turno en el hotel.
—De eso me ocupo yo —respondió.
Lo miré un segundo. —De acuerdo.
Asintió, satisfecho, como quien ya había decidido que el fin de semana nos pertenecía.
—Por cierto —añadió antes de levantarse—. Gracias por dejar la chaqueta en la silla.
Me quedé inmóvil.
—A veces la gente entra donde no debe —continuó—. Tú no lo hiciste.
Sonrió de nuevo y se fue.
No supe si era una prueba. Una advertencia. O un regalo.
Solo supe una cosa con claridad absoluta:
la DEA escuchaba una habitación vacía. Elías me estaba mirando a mí.
Y yo acababa de elegir, aunque aún no supiera cómo pagar el precio.