La Intérprete EL MICRÓFONO
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EL MICRÓFONO

El móvil vibró sobre mi mesilla.

Miré la pantalla con un ojo medio cerrado. Dan. Aún era temprano. La luz que entraba por la cortina del hotel de Cancún era clara, sin compasión.

—¿Ya estás despierta? —dijo en cuanto contesté.

No sonaba preocupado. Sonaba molesto.

—Ahora sí —respondí.

Silencio. Breve. Cargado.

—Llegaste anoche —añadió—. Y no llamaste.

Me incorporé en la cama.

—Fue tarde. Estaba cansada.

—No me importa. Tenías que llamar.

Ahí estaba. No era una orden oficial. Era otra cosa.

—Además —añadió— no me has informado de que ahora te quedas en el hotel.

—No es que me quede. Es temporal.

—¿Desde cuándo?

—Desde que he vuelto de Isla Mujeres.

La pausa fue más larga esta vez. Oí cómo exhalaba.

—¿Quién tomó esa decisión, Sofía?

—Él.

—¿El Halcón?

—Sí. Dijo que los traslados a mi apartamento eran un riesgo innecesario.

—¿Y tú aceptaste sin avisar?

—No pensé que…

—No pienses —me cortó—. Informa. Ese es el trato. Cada movimiento. Cada cambio. Cada noche que no duermes donde dijiste que ibas a dormir.

Apreté el teléfono con más fuerza.

—El Seco se ocupó de todo —añadí—. Fue rápido. No hubo margen.

—Eso nunca es buena señal.

Silencio.

—¿Desde cuándo lo llamas “ El Seco” ? —añadió.

—No lo llamo yo. Así lo llaman los demás. Se me escapó.

—Pues que no se te escape nada más. Porque cuando alguien empieza a decidir por ti sin pedirte permiso, lo siguiente es que ya no te pregunten.

—No me ha obligado a nada, Dan.

—Todavía —respondió—. Y por eso mismo quiero que me informes de todo. Sin excepciones.

—De acuerdo.

—Sofía —añadió, con un tono más bajo—. Esto ya no va solo de observar. Ahora estás dentro del perímetro. Quedamos ya. Taquería Marcelino. Avenida Yaxchilán.

Colgó sin despedirse.

El calor ya apretaba cuando llegué. La taquería estaba medio llena: mesas de plástico, olor a carne caliente, ventiladores luchando contra el aire espeso. Nadie miraba dos veces a nadie. Perfecto.

Dan estaba en una mesa al fondo. Camiseta oscura, gafas de sol. El pelo rubio, corto y algo desordenado, le caía sobre la frente. Tenía ese atractivo discreto de los hombres que no necesitaban llamar la atención para que se les mirara.

Delante de él, una cerveza Dos Equis a medio beber y un plato de tacos de camarón.

No sonrió cuando me senté.

Pedí un agua de jamaica. Fría. Necesitaba algo que me bajara el nudo del pecho.

—¿Te lo pasaste bien el fin de semana? —preguntó, sin mirarme.

—Fue… intenso.

Soltó una risa corta, sin humor.

—Siempre lo es con él.

Sacó el móvil y lo dejó sobre la mesa, girándolo hacia mí. Una foto. Un hombre de unos cincuenta años, traje oscuro, pelo canoso, sonrisa fácil. Lo reconocí al instante.

—¿Lo reconoces? —preguntó.

—Sí.

—Es italiano. Giovanni De Luca. Dice dedicarse a la logística portuaria. En realidad, canaliza dinero y garantiza acceso a puertos en toda la costa mediterránea. Estamos a punto de hacer que lo detengan en Madrid.

Levanté la vista.

—Yo no sabía quién era.

—Ahora lo sabes.

El camarero dejó mi agua de jamaica. El hielo tintineó. Nadie más parecía notar la tensión.

—Sofía —dijo Dan, bajando la voz—. Esto no es un juego. El Halcón no es solo un hombre con dinero y modales. Es alguien que hace desaparecer cosas. Personas.

—No es como lo pintas —respondí—. No conmigo.

Me miró por encima de las gafas, con esos ojos verdes que parecían evaluar y proteger al mismo tiempo.

—Eso es lo que me preocupa.

Bebió un trago largo de cerveza.

—Te está acercando demasiado —añadió—. Viajes, confianza, conversaciones. Eso no es casual.

—Necesita una intérprete.

—No. Te necesita a ti.

No supe qué contestar.

—He visto cómo acaba esto —continuó—. Y no acaba bien.

—Estás exagerando.

Negó despacio.

—No confundas las cosas—dijo, de repente—. Te lo digo en serio.

El viento movió una servilleta en el suelo. Fuera, Cancún seguía igual: ruido, sol, normalidad.

—No sabes de qué hablas —respondí.

Dan me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.

—Ojalá tengas razón. Porque si no, cuando quieras salir… puede que ya no te dejen.

No había terminado mi bebida cuando el móvil de Dan vibró sobre la mesa.

Dan lo miró un segundo antes de contestar. Activó el altavoz.

—Harris —dijo la voz al otro lado—. Pásamela.

Dan me miró antes de deslizar el teléfono hacia mí.

—Sofía —continuó la voz—. Soy Richard Coleman.

No necesitó presentarse más.

—El agente Harris me ha informado del fin de semana. Buen trabajo.

No respondí.

—Vamos a dar el siguiente paso —añadió—. Necesitamos algo más que observación.

Dan se inclinó hacia delante.

—No —dijo—. Todavía no.

Hubo una breve pausa.

—No te he preguntado, Harris.

El aire se tensó.

—Esta noche —continuó Coleman— vas a entrar en la suite del Halcón.

Sentí un vacío en el estómago.

—Eso es cruzar una línea —dijo Dan—. Si la descubre…

—No va a descubrirla si hace bien su trabajo.

—No está entrenada para eso.

—Está entrenada para obedecer. O para asumir las consecuencias.

Dan apretó la mandíbula.

—Hay otras formas —insistió—. Podemos esperar.

—No —dijo Coleman—. El acceso no dura siempre.

Silencio.

—Sofía —añadió—. La droga encontrada en tu maleta sigue en custodia. Tu expediente sigue abierto. Esto es cooperación.

No hacía falta que dijera más.

—¿Entendido?

Asentí, aunque él no podía verme.

Dan se pasó la mano por la cara.

—No estoy de acuerdo con esto —dijo—. Y usted lo sabe.

—Tu opinión ha quedado registrada —respondió Coleman—. Procedan.

La llamada se cortó.

Durante unos segundos ninguno habló.

Dan sacó algo del bolsillo interior de la chaqueta y lo dejó sobre la mesa, cubriéndolo con una servilleta.

—Es un micro —dijo en voz baja—. No debería decírtelo. Pero es peor que no lo sepas.

Levantó la servilleta apenas un segundo. Pequeño. Negro. Inofensivo.

—Autonomía de setenta y dos horas —añadió—. Se activa solo. Colócalo en una superficie fija. Nada que se mueva.

—¿Y si no puedo? —pregunté.

Dan sostuvo mi mirada.

—Entonces dirán que no cooperas.

Cogí el micro. Pesaba menos de lo que esperaba.

—Ten cuidado —dijo—. Por favor.

Me levanté. El calor de Cancún me golpeó de lleno al salir.

Caminé unos pasos antes de mirar atrás.

Dan seguía sentado, inmóvil, como si acabara de perder una discusión que nunca pudo ganar.

Y yo entendí que, desde ese momento, ya no estaba eligiendo entre dos bandos.

Estaba aprendiendo lo que costaba no tener elección.