La Intérprete ISLA MUJERES
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ISLA MUJERES

El yate nos esperaba a media mañana.

Largo, blanco, silencioso. La cubierta de madera clara brillaba bajo la primera luz y el casco reflejaba el mar como un espejo líquido.

Subí detrás de Elías con la sensación de cruzar una frontera invisible.

Dentro, todo era amplitud: ventanales abiertos al mar, sofás blancos, cristal, acero pulido. El aire olía a sal y a algo limpio, nuevo.

—¿Champán o tequila? —preguntó uno de los hombres de la tripulación. —Solo un vaso de agua, gracias —dije.

El yate arrancó sin ruido.

Cancún empezó a alejarse y el agua cambió ante mis ojos. El turquesa de la orilla se volvió más intenso, más profundo, casi irreal. Tonos verdes, azules, aguamarina. El sol atravesaba el agua y dejaba ver el fondo: arena blanca, sombras de peces.

Me acerqué a la barandilla. La estela rompía el turquesa en espuma blanca que desaparecía enseguida.

—¿Es la primera vez? —preguntó Elías.

Asentí.

—Parece irreal.

—El Caribe engaña —respondió—. Es bonito… pero no es inocente.

Dos delfines saltaron cerca de la proa, acompañándonos unos segundos. Plateados. Libres.

—Suelen aparecer cuando el mar está tranquilo —añadió—. Como si eligieran el momento.

Isla Mujeres apareció al fondo como una franja verde sobre un mar imposible.

La mansión se alzaba sobre una colina abierta al Caribe. Cristal, piedra clara, terrazas amplias. No imponía. Invitaba.

El Seco me acompañó hasta mi habitación.

Abrió la puerta.

No era una habitación: era un espacio tan grande que tardé unos segundos en entender dónde terminaba. Un salón amplio orientado al mar, una cristalera enorme, el Caribe extendiéndose en un turquesa infinito. El dormitorio, elevado, con una cama blanca impecable. Un vestidor abierto.

Vestidos de seda y lino colgados con cuidado. Zapatos alineados. Joyas sencillas y carísimas.

Encima de la cama, una nota.

“Esta noche cuento contigo. —E.

Me senté despacio. Vértigo. Gratitud. Silencio.

—Si necesita algo —dijo El Seco—, avíseme. El señor Montoya la espera en la terraza. Para comer.

Antes de irse, me miró un segundo más. No con curiosidad. Con respeto.

La terraza se abría al mar como si no existieran límites. El Caribe se extendía abajo en un turquesa brillante, casi irreal, y una brisa suave movía las cortinas blancas. La mesa estaba puesta para dos.

Elías ya estaba allí.

Se había quitado la chaqueta. Camisa clara, mangas remangadas. Parecía más relajado que nunca.

—¿Te gusta? —preguntó, señalando la vista.

—Es… demasiado —respondí.

Sonrió apenas.

La comida empezó a llegar sin que nadie la anunciara. Platos colocados con cuidado, aromas que me hicieron cerrar los ojos un segundo.

Había ceviche de camarón con mango, fresco y ácido, y tacos de cochinita pibil en tortillas pequeñas y suaves.

En el centro, un cuenco de guacamole recién hecho. El resto apenas lo miré.

—Aquí se come como se debe —dijo—. Nada de versiones para turistas.

Probé despacio. —Está increíble.

—La cocinera viene de Puebla —añadió—. No cocina para impresionar, cocina como en su casa.

Durante unos minutos solo comimos. El sonido del mar, el tintinear suave de los cubiertos.

Luego habló.

—Esta noche vendrán personas importantes —dijo, ya serio—. No todas son visibles. Algunas prefieren que no se les nombre.

—¿Qué tipo de personas?

—Las que mueven rutas, no mercancía.

Dejó la servilleta sobre la mesa.

—Estará Giovanni De Luca, de Calabria. No le gustan los intermediarios. —También Dimitri Sokolov, del Este de Europa. Habla poco, pero escucha mucho. —Y un posible socio nuevo: Kenji Nakamura, japonés. Él es clave.

Levanté la vista.

—¿Qué idioma prefiere?

—Japonés e inglés. Y ahí entras tú.

Entendí al instante.

—No quieren traductores oficiales —continuó—. Quieren conversaciones limpias. Que fluyan. Tú haces que parezca natural.

—¿Qué se va a negociar?

—Puertos, tiempos y silencios. Nada que se escriba. Todo que se recuerde.

Me miró fijamente.

—Necesito que captes lo que no se dice: pausas, dudas, amenazas suaves.

Alzó la mirada.

—Y discreción. ¿Puedo contar contigo? —Puedo hacerlo.

Elías me observó unos segundos más, como si midiera algo distinto.

—El Seco me dijo que en Cancún no pediste casi nada —añadió—. Tenías carta blanca.

—No sabía qué pedir.

—Todas saben —respondió—. O creen saberlo.

Dejó la copa sobre la mesa.

—No estoy acostumbrado a mujeres que no intenten sacar algo de mí.

—No me acerqué por eso.

—Me sorprende.

El silencio volvió, distinto. Más cargado.

—No quiero deber nada que no pueda devolver.

Elías sonrió, pero esta vez fue diferente. No arrogante. No calculado.

—Eso dice mucho de ti, Sofía.

Me sostuvo la mirada.

—Demasiado, quizá.

El viento movió mi pelo. El mar seguía ahí, inmenso, indiferente.

—Esta noche —continuó— estarás a mi lado. No hables si no es necesario. Pero cuando lo hagas… quiero que seas tú.

—Siempre lo soy.

—Eso es lo que me inquieta —dijo en voz baja.

Y por primera vez, no supe muy bien qué estaba midiendo.