La Intérprete EL ENCARGO
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EL ENCARGO

La idea surgió en Cancún, dos días antes.

Estábamos en uno de los salones privados del hotel, donde el aire olía a madera pulida y a café caro. Yo acababa de traducir una reunión breve, nada especialmente tensa, cuando Elías me pidió que me quedara.

—Este fin de semana necesito que vengas conmigo a Isla Mujeres —dijo, directo—. Habrá una fiesta importante. Gente que no suele aparecer en público.

Levanté la vista. —¿Por trabajo? —Por negocios —corrigió—. Y porque te necesito allí.

No fue una invitación. Tampoco una orden. Fue una certeza.

—El Seco se encargará de todo —añadió.

No necesitó decir más. Sabía perfectamente de quién hablaba.

Ramón Ávila estaba casi siempre cerca. No delante, no detrás. Simplemente allí.

Era el mismo hombre que me había acompañado días antes a las tiendas de lujo en Cancún, el que dejó la nota bajo el teclado, el que no hacía preguntas ni opinaba, el que parecía medirlo todo en silencio.

Por algo le llamaban El Seco. Bajo y fibroso. Piel curtida. Ojos color miel oscura, atentos y sin brillo.

Se movía sin ruido, hablaba lo justo y tenía esa presencia áspera de los hombres que sobrevivían a base de intuición y lealtades viejas.

Aquella tarde, al finalizar mi turno, apareció en la recepción.

—Señorita Sofía —dijo—. Tenemos poco tiempo.

No sonrió. No explicó nada más.

Me llevó a una zona exclusiva de Cancún, lejos del ruido turístico: boutiques discretas, seguridad privada, cristales oscuros. El Seco hablaba lo justo. No preguntó precios.

Todo parecía tener un presupuesto ilimitado.

Yo no pedí nada. Observé, toqué las telas, negué con la cabeza más veces de las que acepté.

Al final, El Seco asintió, como si hubiera entendido algo importante.

—Eso le va a gustar —dijo.

Esa misma noche me reuní con Dan.

Fue en una habitación anónima del hotel, con las cortinas cerradas y el aire demasiado frío. Activó la videollamada y apareció su jefe, el del traje oscuro y español duro, aprendido a golpes.

Richard Cole. Director de operaciones de la DEA para Latinoamérica.

—No estamos satisfechos, Sofía —dijo sin rodeos, con su acento americano—. El tiempo pasa y seguimos sin resultados claros.

—Estoy haciendo todo lo que puedo.

—La cárcel no espera —replicó—. No olvides cómo empezó todo esto.

Dan intervino.

—Está dentro más de lo que parece, señor. Presionarla ahora es ponerla en peligro.

Cole me observó unos segundos.

—¿Isla Mujeres?

Asentí.

—Habrá gente importante. Él quiere que traduzca.

Por primera vez, sonrió.

—Perfecto. Llevarás GPS y audio activo. Quiero nombres, idiomas, rutas. Todo.

—Es arriesgado —dijo Dan.

—Eso ya lo era —cortó Cole—. Y más le vale recordarlo.

La pantalla se apagó.

Dan se quedó mirándome.

—No deberían hablarte así.

—No tienen por qué ser amables.

Se acercó un poco más de lo necesario.

—Ten cuidado, Sofía —dijo—. No confíes en nadie.

—¿Ni en ti?

No respondió enseguida.

—Yo solo quiero que vuelvas —dijo al final.