La Inscripción Oculta (El secreto de la Catedral de Burgos: Tomo I) BLOQUE 2
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La fotografía de 1912 tenía también su propia cadena de procedencia.

Cuando Santiago consiguió reconstruirla, quedó claro que la investigación familiar era todavía más antigua.

El negativo original había formado parte de una campaña documental de comienzos del siglo XX y pasó después por diferentes custodias.

Décadas más tarde, una reproducción fue adquirida por la familia Velasco.

La compra era anterior en más de cuarenta años a los acontecimientos actuales.

Y anterior a la etapa en que Julián administraba la colección.

La ficha de adquisición decía:

“Sepultura de los Valderrama. Interés por pérdida epigráfica y posible lectura anterior.”

Eso demostraba que, ya entonces, alguien consideraba que bajo la memoria visible podía haber otra fase de lectura.

No sabían cuál.

Tampoco si conocían el nombre de Fernando.

Pero la sospecha material existía desde hacía décadas.

La reproducción había sido adquirida por el padre de Julián.

La búsqueda, por tanto, lo precedía.

Otra ficha manuscrita confirmaba el interés:

“La memoria visible no coincide con documentación más antigua. Buscar traslado completo y relación de la reforma.”

Tenía treinta y siete años.

Aquella frase podía haber sido escrita por Pablo.

No lo había sido.

Décadas antes, la familia Velasco ya intentaba localizar una versión completa de la documentación y explicar la reforma funeraria.

Una nota adicional decía:

“El original quizá se perdió. Debe existir copia en rama distinta.”

La hipótesis de dos rutas documentales tampoco era nueva.

La nota no identificaba expresamente la rama de Fernando.

Pero, a la luz de todo lo reconstruido, esa posibilidad era muy fuerte.

Elena comprendió otra consecuencia.

Durante décadas habían intervenido archiveros, tasadores, asesores y empresas especializadas.

El conocimiento se había fragmentado.

Una persona podía conocer la foto.

Otra, la genealogía.

Otra, la hipótesis de una copia.

Eso explicaba por qué Pablo dudaba sobre quién investigaba por encargo y quién podía haber desarrollado después un interés propio.

La siguiente huella apareció en Valladolid.

Ocho años antes de la muerte de Pablo, una persona había solicitado una escritura donde figuraba Alfonso de Valderrama.

El nombre utilizado era real.

Esteban Llorca.

La ficha decía:

“Escrituras relativas a descendencia y transmisión de derechos de Fernando de Valderrama.”

La especificidad era imposible de ignorar.

Llorca conocía a Fernando mucho antes de la muerte de Pablo.

También sabía que su descendencia resultaba relevante.

Eso lo alejaba de la imagen de un simple profesional incorporado en la etapa final.

Tenía conocimiento antiguo del problema.

En aquel momento trabajaba dentro de un entorno profesional relacionado con la Colección Velasco.

No se había encontrado todavía una factura concreta que permitiera saber quién pagó esa consulta.

Podía haber actuado por encargo.

También por iniciativa propia.

Y la consulta seguía siendo perfectamente compatible con un trabajo legítimo.

Conocimiento no equivalía a culpabilidad.

Lo importante era que Llorca tenía formación e información suficientes para comprender el valor de lo que Pablo buscaría años después.

Otros registros mostraban que realizó al menos otra consulta en Burgos utilizando su verdadero nombre.

Después dejó de aparecer de manera abierta en los archivos.

Ese cambio coincidía aproximadamente con el final de su relación formal con la empresa donde había trabajado junto a Raúl y con la creación de su propia sociedad.

Tiempo después comenzaron consultas bajo identidades difíciles de atribuir.

Eso tampoco demostraba que fueran suyas.

Pero establecía una transición que merecía investigarse.

Antes, Llorca aparecía dentro de trabajos trazables.

Después surgía un circuito de consultas anónimas sobre los mismos temas.

La frase de Pablo volvía a adquirir peso:

“quién busca por encargo y quién busca para sí.”

Podía referirse a Llorca.

O a otra persona.

Todavía no podían decidirlo.