La Inscripción Oculta (El secreto de la Catedral de Burgos: Tomo I) BLOQUE 2
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La referencia de Valladolid apareció poco antes del mediodía.

No era el expediente completo.

Era un asiento de índice.

Pero bastaba para identificar una causa entre dos ramas de la familia Valderrama.

En una parte figuraban representantes de Inés de Castañeda y sus hijos.

En la otra, Diego de Valderrama.

El conflicto ya no era una reconstrucción indirecta.

Había adquirido forma jurídica.

El pleito trataba sobre rentas, derechos vinculados con el patronato y cuestiones sucesorias.

Seguían sin tener la sentencia.

El expediente remitido por el índice no estaba digitalizado.

Santiago pidió una copia.

La existencia del pleito reorganizaba muchas piezas.

Fernando no había sido simplemente un heredero que desaparecía de los documentos.

Su esposa y sus hijos continuaron reclamando derechos.

Diego tenía una posición jurídica propia que aún debía reconstruirse sin convertirlo, por adelantado, en usurpador.

Lo que sí estaba probado era que la sucesión había sido discutida.

La gran modificación epigráfica de la sepultura era posterior al inicio del conflicto.

Todavía no sabían si también era posterior a una resolución definitiva.

La fotografía de la Colección Velasco adquiría entonces otro sentido.

La frase no hablaba necesariamente de una sucesión abstracta:

“…para que quede la memoria conforme a la sucesión determinada…”

Podía relacionarse con aquella disputa concreta.

Si la administración de Diego había sido reconocida jurídicamente, una reforma funeraria posterior podía haber reflejado esa situación.

Si el conflicto seguía abierto cuando se modificó la piedra, la interpretación sería distinta.

La sepultura podía haber contribuido a presentar públicamente como estable una continuidad que todavía estaba siendo discutida.

Elena llegó antes de que pudieran avanzar.

Traía una reproducción más completa del documento procedente de la Colección Velasco.

No era el original desaparecido.

Formaba parte de un álbum documental antiguo entregado voluntariamente por Julián Velasco.

Ahora la frase se leía con claridad:

“…para que quede la memoria conforme a la sucesión determinada…”

Más adelante aparecía:

“…según las probanzas y memorial presentados…”

Otra vez el memorial.

La decisión sucesoria había sido apoyada en pruebas y en un memorial presentado durante el conflicto.

Eso no significaba necesariamente que el memorial fuera una única pieza autosuficiente.

Podía ser un escrito que ordenara antecedentes, alegaciones y documentos.

Pero ya no era una palabra incidental.

La carta trataba además sobre la adaptación de aspectos de la memoria funeraria a una sucesión que el autor consideraba determinada.

No ordenaba expresamente borrar a Fernando.

Tampoco detallaba qué debía modificarse.

Pero la relación entre sucesión y memoria funeraria quedaba mucho más clara.

Elena recordó que el original seguía sin aparecer en la Colección Velasco.

Velasco no podía precisar cuándo había desaparecido.

La trazabilidad del fondo era deficiente y el acceso histórico había involucrado a miembros de la familia, personal autorizado e investigadores invitados.

Pablo estaba entre ellos.

Eso impedía decidir quién había retirado el documento.

Clara se resistió a la idea de que Pablo pudiera haber tomado el original.

Pablo hacía copias.

No necesitaba llevárselo.

Elena mantuvo la misma regla que aplicaba a todos.

Eso hacía menos necesaria la hipótesis.

No la hacía imposible.

No iba a convertir a Pablo en ladrón ni a Velasco en asesino sin pruebas.

Después mostró un correo antiguo entre ambos.

Pablo preguntaba por:

“la rama que no aparece en la genealogía impresa”.

Velasco había respondido:

“Hay líneas familiares que dejaron de tener relevancia sucesoria y por eso no fueron copiadas en algunas versiones posteriores.”

Aquello demostraba que Pablo ya investigaba omisiones genealógicas.

No demostraba que Velasco conociera entonces la identidad concreta de Fernando.

La fecha era importante.

El correo era posterior a la consulta de Pablo en la Colección Velasco y anterior a la llamada que lo inquietó.

Había comunicaciones entre ambos durante aquellas semanas.

No podían demostrar que una de ellas fuese la llamada anotada como “Sabe lo de la F”.

La proximidad justificaba investigarlo.

No atribuirlo.

La copia parcial del pleito de Valladolid llegó aquella misma tarde.

Allí aparecía una cuestión decisiva.

La parte de Inés sostenía que Fernando no había renunciado a determinados derechos y que no existía escritura válida de cesión.

Diego, en cambio, alegaba que había existido un acuerdo familiar suficiente para reorganizar la administración.

Entre las pruebas citadas aparecía otra vez el memorial.

Más precisamente, un “memorial de conformidad”.

La expresión producía una tensión inmediata con aquella carta anterior donde Fernando se negaba a otorgar conformidad.

Eso no significaba necesariamente que existiera una contradicción fraudulenta.

Fernando podía haber cambiado de posición.

También era posible que el memorial hubiera sido presentado por la otra rama y recogiera una versión distinta de lo sucedido.

El extracto no aclaraba si llevaba la firma de Fernando.

Lo único seguro era que el memorial había desempeñado un papel en la justificación documental de la transición.

El problema histórico ya no consistía solo en saber quién terminó administrando el patronato.

Consistía en averiguar cómo se había legitimado ese cambio.

La genealogía posterior simplificaba el resultado.

La sepultura visible hacía algo parecido.

Cuando ambas fuentes eran consultadas siglos después, parecían contar una historia coherente.

La documentación contradictoria no había desaparecido.

Había quedado dispersa.

Pablo había sido quien empezó a reunirla.