La Inscripción Oculta (El secreto de la Catedral de Burgos: Tomo I) BLOQUE 3
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Al mediodía llegó la autorización formal para ampliar el estudio técnico y documental sin intervenir físicamente sobre la inscripción.

No podían retirar la reintegración de 2017 ni realizar limpiezas profundas en las zonas abrasadas.

Sí podían ampliar el registro fotográfico y el análisis del microrelieve.

Adrián aprovechó ese intervalo para revisar las consultas realizadas bajo las identidades falsas.

Una de las primeras unidades pedidas era un índice del siglo XIX dedicado a inscripciones funerarias.

Otra correspondía a fundaciones familiares.

La secuencia permitía entender mejor el método utilizado por el investigador desconocido.

La primera visita había sido exploratoria.

En la siguiente ya seguía transformaciones materiales.

Cuando regresó por última vez, conocía la sepultura que debía examinar.

El recorrido había requerido meses de trabajo.

Las identidades falsas y los correos temporales hacían difícil explicarlo como simple curiosidad.

Clara preguntó qué podía buscar alguien con tanto empeño.

Adrián no quiso asumir que hubiera un interés económico.

Santiago planteó otra posibilidad.

Tal vez el nombre no fuera el objetivo principal.

Fernando bajo Diego era históricamente relevante, pero una sucesión legítima todavía podía explicar el cambio.

Mucho más importante sería localizar el documento que indicara por qué se había autorizado la modificación.

Clara recordó la anotación:

“No se toque la piedra antigua hasta recibir razón del patrono.”

Después existía permiso para continuar.

Entre ambos momentos tuvo que producirse una decisión.

Si esa documentación explicaba qué debía modificarse, podía ofrecer el motivo de la intervención.

Las primeras visitas del desconocido incluían precisamente materiales relacionados con el patronato.

La búsqueda moderna comenzaba a desplazarse en la misma dirección que la de ellos.

La piedra seguía siendo la evidencia central.

Pero ya no bastaba.

Teresa llamó desde el equipo de registro.

Habían encontrado una diferencia de profundidad dentro de uno de los trazos antiguos.

El corte parecía haber sido repasado después de la ejecución inicial, aunque antes del gran rebaje posterior.

Eso abría la posibilidad de que la primera inscripción hubiera sufrido alguna corrección antes de la intervención que finalmente la sustituyó parcialmente.

Adrián pidió cautela.

No podían afirmar todavía que existieran tres campañas independientes, pero la superposición de cortes obligaba a ampliar la cronología.

La historia material podía ser más compleja de lo que habían supuesto.

Fernando quizá no hubiera sido borrado mediante una sola decisión.

La inscripción podía haber sufrido ajustes antes de la reforma principal.

Clara observó las imágenes.

Cada respuesta añadía una capa.

Adrián, en cambio, parecía satisfecho.

Una corrección anterior podía convertirse en una nueva pista documental.

Si afectaba al nombre o al parentesco, quizá existiera también algún cambio previo en los archivos.

La jornada continuó hasta media tarde.

Cámaras y pantallas rodeaban la sepultura mientras los restauradores trabajaban sobre una piedra que permanecía inmóvil.

La cuestión decisiva seguía fuera de su alcance.

El motivo.

La siguiente respuesta no llegó desde la materia.

Llegó por correo.

Santiago abrió el mensaje.

Habían localizado otra consulta documental.

Esta vez no estaba vinculada con ninguna identidad falsa.

La había realizado Pablo Mena.

Clara recordó el nombre.

Era uno de los restauradores que había participado en la reintegración de 2017.

La consulta estaba fechada apenas dos semanas después de aquella intervención.

Pablo había pedido inventarios antiguos y documentación relacionada con inscripciones anteriores de la sepultura.

La frase utilizada en su parte técnico volvía a adquirir importancia:

“Línea incisa previa.”

En el informe no había atribuido a la marca un significado especial.

Pero poco después había empezado a investigar.

Santiago localizó además una segunda consulta, realizada tres meses más tarde.

Esta vez Pablo buscó documentación sobre el patronato de la fundación.

Nadie necesitó formular la relación en voz alta.

Pablo había visto la incisión durante la restauración.

Después intentó averiguar qué podía significar.

Y años más tarde otra persona seguiría un recorrido documental semejante utilizando identidades falsas.

Clara preguntó dónde estaba Pablo.

Ignacio hizo varias llamadas.

Había dejado la restauración hacía tiempo, aunque seguía viviendo en Burgos.

La empresa conservaba un número de contacto.

Clara extendió la mano.

Ignacio no se lo dio inmediatamente.

Había algo más.

Cuatro meses atrás, la empresa había intentado localizar a Pablo.

El investigador desconocido había preguntado específicamente por él.

No entregaron sus datos personales.

Se limitaron a reenviarle el mensaje.

Pablo nunca respondió.

Tampoco podían asegurar que hubiera llegado a leerlo.

El último contacto directo de la empresa con él era de casi un año atrás.

Clara marcó el número.

Esperó.

El teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.

Lo intentó nuevamente.

Nada.

Adrián la observó.

—Eso, por sí solo, no significa nada.

Clara guardó el teléfono.

Lo sabía.

Pablo Mena había sido uno de los primeros en documentar la incisión de manera inequívoca.

Había empezado a investigar poco después.

Años más tarde, alguien que utilizaba identidades falsas había intentado encontrarlo.

Ahora ellos tampoco conseguían localizarlo.

No era suficiente para convertir su silencio en una amenaza.

Pero la investigación ya no terminaba en una piedra ni en documentos de siglos pasados.

Los había conducido hasta una persona real.

Y alguien había llegado a ella antes.