La inquilina que nunca existió Capítulo 28
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Capítulo 28

Lucía salió del hospital a finales de marzo.

No quiso regresar a Madrid. Eligió una pequeña residencia terapéutica cerca de Cascais, sin vínculos con Horizonte Claro. Por primera vez en veinte años, firmó el ingreso con su nombre.

Clara viajó para acompañarla.

Los primeros días hablaron de cosas pequeñas. El mar. La comida. El ruido de las gaviotas. Lucía preguntaba por Inés y olvidaba algunas respuestas, aunque los médicos no sabían cuánto se debía al daño neurológico y cuánto a los medicamentos.

Una tarde caminaron hasta la playa.

Lucía llevaba la golondrina al cuello. El viento levantaba su cabello blanco.

—Te gustaba recoger cristales -dijo.

—No lo recuerdo.

—Decías que eran trozos de botellas que el mar había perdonado.

Clara sonrió.

—Suena un poco dramático para una niña de siete años.

—Siempre fuiste dramática.

Se sentaron frente al agua.

—¿Qué ocurrió aquella noche? -preguntó Clara.

Lucía tardó en responder.

—Daniel intentó quitarme el bolso. Me empujó y golpeé la cabeza. Inés llegó cuando aún estaba consciente. Discutimos porque quería llevarte. Ella decía que Julián nos seguiría.

—Amalia creyó que Inés podía haberte hecho daño.

—Inés me hizo daño muchas veces. Ésa no.

Lucía apretó la arena con la punta del zapato.

—Julián volvió. Daniel se llevó a Inés y a ti. Yo desperté en la clínica.

—¿Por qué nunca escapaste?

—Lo hice dos veces. La primera no recordaba tu nuevo nombre y me encontraron en una estación. La segunda llegué hasta Madrid. Vi a Inés contigo.

Clara la miró.

—¿Cuándo?

—Tenías dieciséis años. Salías del colegio. Reías. Parecías segura.

—Podrías haberte acercado.

—Tenía miedo de ser otra persona que llegara a decidir por ti.

—Decidiste igualmente.

—Sí.

Lucía no se defendió.

—Luego Julián me encontró. Después hubo años en los que apenas sabía dónde estaba. Cuando recuperé suficiente claridad, empecé a dejar señales para Inés.

—Ella no sabía si estabas viva.

—Era más seguro.

Clara observó las olas.

—Todos decís que era más seguro.

—Porque la seguridad es una palabra cómoda para los cobardes.

Lucía tomó su mano.

—No puedo pedirte que me llames mamá.

—Bien.

—Ni que recuperes recuerdos que quizá no vuelvan.

—Bien.

—Pero me gustaría conocerte como eres ahora.

Clara entrelazó los dedos con los suyos.

—Eso tendremos que hacerlo despacio.

—He esperado veinte años.

—Entonces puedes esperar un poco más.

Lucía rio. Era una risa áspera, debilitada por el tiempo, pero Clara reconoció su propia voz dentro de ella.

Antes de volver, recogieron un trozo de cristal verde pulido por el mar.

Lucía se lo entregó.

—Para tu colección.

Clara lo sostuvo contra la luz.

No recordaba haber tenido una.

Aun así, se lo guardó.