Interludio V
Lisboa, la noche de la transmisión
Sara se convirtió en Vera por última vez en el espejo del coche.
Ajustó la peluca roja y colocó las gafas. El rostro que apareció le resultaba familiar, aunque nunca le había pertenecido. Durante meses había usado aquella identidad para hablar con médicos retirados, familias asustadas y funcionarios dispuestos a vender una firma.
Vera abría puertas.
Sara Beltrán solo recibía condolencias.
Su madre había pasado cuarenta años buscando a un hijo declarado muerto. Conservaba una manta azul, un certificado con una causa imposible y el recuerdo de haber oído llorar al bebé después de que el médico dijera que no respiraba.
Sara creció dentro de aquella ausencia.
Cuando Inés la contactó, no pidió justicia. Le pidió que aprendiera a copiar una firma, cambiar una peluca y entrar en habitaciones donde nadie invitaría a una hija en duelo.
"Vera no es una persona", le explicó. "Es una llave."
Ahora la llave la llevaba hasta Julián.
Entró en Horizonte Claro a las diez. Un asistente la condujo a una biblioteca con paredes de madera y ventanas sobre el jardín. Julián esperaba junto a una mesa.
—Señora Beltrán.
Sara se quitó las gafas.
—Pensé que prefería hablar con Vera.
—Vera es un recurso teatral.
—Y aun así lleva veinte años intentando encontrarla.
Julián sirvió dos copas.
—¿Dónde está la libreta?
—En seis lugares.
—Eso dijo Lucía. Solo existían dos copias.
—Lucía tuvo veinte años para mejorar el plan.
Él sonrió.
—Lucía no ha tenido veinte minutos de lucidez seguidos.
Sara sintió el impulso de romper la copa contra su rostro. En lugar de hacerlo, dejó el bolso sobre la mesa. En el interior, un dispositivo copiaba cada red disponible.
—Quiero ver a Alma.
—¿Por qué?
—Para asegurarme de que sigue viva.
—La fotografía debería bastar.
—Las fotografías mienten.
—En eso estamos de acuerdo.
Julián se sentó.
—Elena viene hacia aquí.
Sara mantuvo el rostro inmóvil.
—No debería.
—Todos venís. Ésa es la debilidad de las personas que creen luchar por otros. Se vuelven previsibles.
—¿Y cuál es la debilidad de las personas como usted?
—Suponer que tenemos una.
En el bolso, una luz verde parpadeó. Había encontrado la red del servidor.
Sara tomó la copa sin beber.
—Mi madre oyó llorar a su hijo.
Julián no reaccionó.
—El registro dice que murió.
—El registro lo escribió su clínica.
—Entonces tu problema no es conmigo. Es con el papel.
—El papel no encerró a Lucía.
Una alarma comenzó a sonar.
Julián miró hacia la puerta.
Sara lanzó la copa contra la ventana. El cristal no se rompió, pero el ruido hizo entrar al asistente. Ella le golpeó la rodilla con una silla y corrió hacia el pasillo.
No sabía si Clara había llegado. No sabía si Sofía seguía con ella ni si Lucía podía caminar.
Solo sabía que, por primera vez, la red del servidor estaba abierta.
Mientras bajaba hacia las salas médicas, activó la transmisión a todos los contactos que Inés había preparado.
El mensaje salió firmado con un nombre imposible:
VERA MONTES.
No importaba quién llevara la peluca.
Importaba quién consiguiera cruzar la puerta.