Epílogo. Cuatro meses después
Epílogo
Cuatro meses después
BLAKE
Y a tengo el coche cargado con todas mis pertenencias.
Bueno, no todas. No podía llevarme los muebles y ya he enviado varias cajas a la casa de mi padre en Ohio. Pero, por lo demás, he llenado hasta los topes el maletero y el asiento trasero del Kia de segunda mano que me compré la semana pasada. Ya está listo para arrancar.
Y yo también.
Amanda entra conmigo en la sala de estar mientras echo un último vistazo a esta casa que me ha dejado algunos de los recuerdos más felices y más espantosos de mi vida en Nueva York.
Ahora que este invierno tan nevoso ha llegado a su fin, he decidido iniciar el proceso para intentar venderla.
Ha sido una de las decisiones más fáciles que he tenido que tomar en mi vida.
No deseo volver a ver esta casa nunca más.
Por suerte, no será difícil venderla. Mientras me recuperaba del envenenamiento, he dedicado un poco de tiempo a arreglarla empleando las técnicas de bricolaje que me enseñó mi padre cuando era más joven, porque me inquietaba que nadie estuviera interesado en comprarla después de…
, bueno, de todo lo que pasó aquí. Pero, aunque cueste creerlo, hay un montón de gente deseosa de convertirse en propietaria de la antigua residencia de una asesina famosa.
Al parecer, va a haber una auténtica guerra de ofertas.
—Bueno, se acabó —le digo a Amanda.
Ella me lanza una sonrisa apenada. Me ha estado ayudando a recoger y a cargar el coche.
Una vez que me vaya, se ocupará de agilizar la venta de la casa a cambio de quedarse aquí gratis un poco más de tiempo.
He conseguido cubrir los plazos de la hipoteca tras unas cuantas entrevistas pagadas sobre Krista, aunque todo eso me dejó un mal sabor de boca.
Un editor me ofreció un contrato muy lucrativo para escribir un libro, pero rechacé la propuesta en redondo.
—Te voy a echar de menos, Blake —me dice Amanda.
Yo también la echaré de menos. Después de tanto tiempo odiándola, hemos congeniado un montón durante los últimos meses. No sé cómo me las habría arreglado sin ella para poder hablar de todo lo ocurrido.
—Te apuesto cinco pavos a que dentro de seis meses estarás muerto de aburrimiento y querrás volver a Nueva York —me dice.
—No volveré nunca más —respondo. Y hablo en serio—. Aunque siempre puedes venir tú a Cleveland. Estás invitada cuando quieras.
—Quizá te tome la palabra. —Sonríe—. Quiero visitar tu tienda.
Sí, voy a hacerme cargo de la ferretería de mi padre.
Después de que se descubriera que Krista había sido quien había entrado en mis archivos y vendido nuestra campaña de marketing, Wayne Vincent me llamó en persona para volver a ofrecerme el puesto de vicepresidente.
Al parecer, Malcolm no era capaz de asumir toda la carga de trabajo y estaban pensando en despedirlo.
«Nadie puede manejar este puesto mejor que tú, Blake».
Pero, después del modo que tuvo de darme una patada en el culo sin considerar los años que llevaba en la empresa y sin concederme siquiera el beneficio de la duda…
, bueno, no me imaginaba volviendo nunca más allí.
No me había dado cuenta de lo tóxico que era el ambiente en Coble es el tipo de mujer con el que siempre había imaginado que acabaría. Ojalá la hubiera conocido antes, porque Krista me ha dejado jodido por mucho tiempo.
—¿Tú estarás bien? —le pregunto.
Ella vacila un momento y luego asiente.
—Sí.
—Porque si necesitas que te preste dinero…
—No, gracias. Ya se me ocurrirá algo.
Una cosa que me preocupaba mucho era que, con toda la publicidad en torno a Krista, la identidad de Amanda saliera a la luz.
Pero ella me dijo que, con el dinero que ha ido ganando, está montando un plan de pago.
Así que todo saldrá bien, o eso asegura ella.
Yo sigo algo inquieto. No te conviene jugar con un usurero cabreado.
Le hice que me prometiera que me avisará si hay algún problema.
Si esta casa se vende por el precio que yo creo que alcanzará, tendré dinero de sobra para hacerle un préstamo.
—Bueno —digo—, supongo que esto es todo.
Amanda me acompaña al coche y nos abrazamos por última vez. He vivido en esta ciudad durante más de una década. Me entristece abandonarla, pero también me alegra empezar de nuevo. Todo sucede por un motivo y me da la sensación de que este es mi destino.
Estoy deseando empezar una nueva vida.
AMANDA
Me siento un poco triste mientras observo a Blake alejarse con su coche de segunda mano.
Ha sido agradable estar con él durante los últimos meses, pero sin duda será más feliz en Ohio.
Se las arregló para que las cosas le funcionaran aquí durante un tiempo, pero salta a la vista que este chico es demasiado del Medio Oeste.
Al final iba a acabar volviendo allí, aunque Krista no le hubiera arruinado la vida.
Lo echaré de menos, eso sí. Es un buen tipo, muy agradable a la vista, y besa muy bien. Entiendo por qué Krista era tan posesiva con él.
También me encanta que se creyera todo lo que le conté.
Está preocupado por mí. Se lo veía en la cara.
Le inquieta que los usureros vengan a por mí.
Si supiera la verdad, no estaría nada preocupado.
Tampoco me dejaría quedarme en su casa ni me ofrecería dinero.
Y desde luego no se habría acostado conmigo la semana pasada.
Pero lo que no sabe no puede hacerle daño.
Todo sucedió un mes antes de la muerte de Krista.
Yo estaba en el restaurante, en el último turno, temiendo que llegara la hora de volver a casa.
En una de las mesas había un hombre de aspecto hosco que estaba poniéndome muy nerviosa.
Cuando los demás clientes se fueron, él permaneció en su sitio con la misma taza de café entre las manos.
Una vez que el local se quedó prácticamente desierto, me sujetó del brazo aprovechando que pasaba junto a su mesa.
—Tómate un descanso, Amanda —me dijo—. Quiero hablar contigo fuera.
Me había llamado por mi auténtico nombre. Consideré la idea de salir corriendo, pero sabía que eso sería suicidarse.
Me reuní con él junto al contenedor de basura de la parte trasera del restaurante. Me dijo que se llamaba Frank Gallo, que sabía que yo le debía un montón de dinero a uno de sus colegas y que quería ayudarme a pagar mi deuda.
Yo estaba segura de que lo que se disponía a pedirme, fuera lo que fuera, sería algo terrible, pero ya estaba cansada de huir.
Estaba cansada de vivir en habitaciones de mierda con caseros gilipollas que me acusaban de comer demasiados cereales y usar el tipo equivocado de detergente.
Así que estaba dispuesta a hacer casi cualquier cosa para poner fin a todo aquello.
—¿Qué quiere? —pregunté.
—Estás viviendo con una mujer llamada Krista Marshall —dijo Frank Gallo—. Ella mató a mi sobrino Jordan y salió impune. Igual que tú, creyó que podría esconderse, pero no lo ha logrado. Tarde o temprano, siempre nos enteramos de todo. Es curioso que hayas sido tú la que me ha ayudado a localizarla.
Yo no sabía bien qué quería decir, pero sus palabras bastaron para que me estremeciera en el callejón trasero.
—¿Qué quiere que haga?
—Si matas a Krista Marshall —dijo—, nosotros nos olvidaremos de tus deudas de juego.
Sí, por supuesto que eran deudas de juego.
¿De verdad hay alguien que pida prestado dinero a un usurero para pagar la quimio de su madre?
Venga ya. No soy Teresa de Calcuta. De todos modos, mi madre es una alcohólica que apenas me hizo caso durante toda mi infancia; si tuviera cáncer, yo contemplaría con gusto cómo la iría consumiendo hasta morir.
He hecho un montón de cosas terribles a lo largo de mi vida. Digamos que soy un caso de mala crianza. Pero nunca había matado a nadie. Aun así, quería recuperar mi vida. Y no me parecía que tuviera muchas alternativas.
—De acuerdo —le dije—. Lo haré.
Resulta una ironía del destino que, la noche en que Krista me apuñaló, yo tuviera planeado matarla a ella.
Igual que Krista, pensaba que Blake cargaría con las culpas.
Él no me caía demasiado bien entonces y todo el mundo podía darse cuenta de que se estaba desmoronando.
Yo ya lo había señalado como la persona que podía haber matado al señor Zimmerly, el vecino de al lado.
Nada salió tal como esperaba, pero al final fui yo quien mató a Krista.
Hice lo que Frank Gallo me pidió y él me ha asegurado que mi deuda está pagada.
Así pues, cuando apuñalé a Krista aquella noche, no estaba salvándole la vida a Blake.
Estaba salvando la mía.
Me apuesto cinco pavos a que Krista no lo vio venir.