Capítulo 68. Blake
BLAKE
A ún sigo vivo.
Ha pasado una semana desde…, bueno, desde todo aquello.
Una semana desde que Krista intentó matarme.
Una semana desde que ella murió en el suelo de nuestra sala de estar mientras yo me inclinaba llorando sobre su cuerpo ensangrentado.
Una semana desde que me llevaron a Urgencias, donde tuvieron que sedarme e intubarme. (No recuerdo mucho de esa parte).
Al parecer, no existe un antídoto contra la tetrodotoxina, pero, si superas las primeras veinticuatro horas, tienes bastantes posibilidades de sobrevivir.
Y ahora me han dicho que estoy recuperado (en gran parte), lo cual significa que puedo dejar el hospital y volver a casa.
Mi padre cerró la ferretería y tomó un vuelo para estar conmigo, pero se volvió ayer cuando ya era evidente que estaba fuera de peligro.
Yo le dije que se fuera. Me consta que no cuenta con mucha ayuda en la tienda y no quiero que pierda el negocio por mi culpa.
Pero eso implicaba que no tenía a nadie que viniera a recogerme hoy, cuando van a darme el alta.
Así pues, se lo pedí a Amanda.
Todavía me resulta extraño llamarla así. Durante todo el tiempo que estuvo viviendo con nosotros, fue siempre Whitney. Pero, de hecho, parece más bien una Amanda.
Ella me explicó el motivo por el que había cambiado de identidad; necesitaba dinero para pagar la quimio de su madre y se lo pidió a la gente equivocada.
Esa historia me conmovió un poco, sobre todo porque mi propia madre murió de cáncer; además, yo sé lo que es necesitar dinero con desesperación.
Pero lo que más me asombra es que Krista se enterase y todavía quisiera ver muerta a Amanda.
Krista tenía razón: yo no la conocía de verdad.
Me visto yo solo y me preparo para irme a casa. A pesar de que puedo hacer todos los movimientos para vestirme sin ayuda, tengo la sensación de que mi cuerpo ha vivido una tremenda batalla y, cuando termino, siento que necesito una siesta para recuperarme. Estoy más que exhausto.
No recomiendo ingerir un veneno letal.
La enfermera que se ha encargado hoy de todo el papeleo de mi alta entra con una silla de ruedas.
—No necesito eso —le digo, lo cual no es del todo cierto porque las piernas me sostienen a duras penas. Aun así, soy capaz de salir de aquí a pie.
—Normas del hospital —dice ella—. No queremos que le pase nada… ¡al menos hasta que se vaya!
No quiero crear problemas, así que, obediente, me siento en la silla. Ella me empuja a través del pasillo hasta el ascensor. Tras un trayecto que parece interminable, llegamos al vestíbulo. Tal como me ha prometido, Amanda está allí sentada, esperándome, y se levanta al verme.
—¿Esa es su novia? —me pregunta la enfermera.
Medio segundo después de que la pregunta salga de sus labios, su cara enrojece por completo. Porque ella lo sabe, claro que lo sabe. Todo el mundo sabe que estoy en el hospital porque mi novia intentó matarme. Y, por si fuera poco, todo esto ha salido en las noticias. Toda la ciudad lo sabe.
Ahora Krista es famosa. El The New York Times publicó un llamativo artículo sobre todos los cadáveres que dejó a su paso. Son más de los que yo sabía: más que Stacie y el señor Zimmerly. Mi exprometida tenía la mala costumbre de resolver sus problemas a base de asesinatos.
—Hola, Blake —dice Amanda al acercarse—. Tienes una pinta penosa.
—Ah, gracias.
A ella le dieron el alta a la mañana siguiente, en cuanto consideraron que su herida no revestía gravedad. Luego ha venido a verme muchas veces. Y ahora me ayuda a levantarme de la silla de ruedas y me sostiene hasta que puedo mantenerme en pie por mí mismo.
—Si te caes, no podré sujetarte, ¿sabes? —dice.
—Me las arreglaré.
Hay taxis aparcados frente al hospital, y yo habría podido perfectamente subirme a uno de ellos por mi propia cuenta, pero me alegro de que Amanda esté aquí conmigo.
Además, según las normas del hospital, tiene que venir alguien a recogerte.
Amanda me abre la puerta del vehículo y sube detrás de mí.
—Pero el taxi lo pago yo —asevero—. Y no me digas que no.
—¿Por qué iba a decir que no? —replica—. Te salvé la vida, al fin y al cabo. Lo menos que puedes hacer es pagar el taxi.
Eso es muy cierto. El médico me dijo que, si no me hubieran llevado al hospital y me hubieran intubado enseguida, habría muerto antes de una hora. Krista no iba a llamar a una ambulancia. Si Amanda no la hubiera apuñalado por la espalda, me habría dejado morir ante sus propios ojos.
—Ya tengo recogidas todas mis cosas, por cierto —me dice Amanda mientras el taxi sube disparado por la Quinta Avenida—. Mi amiga del restaurante me ha dicho que puedo instalarme en su sofá una temporada.
La miro sorprendido.
—¿Por qué tienes que mudarte?
—Eh…, porque tú me dijiste que me mudara. Me ordenaste que me mudara.
Es cierto, lo hice. Llamé a la puerta de su habitación y le dije que tenía treinta días para largarse de mi casa. Pero muchas cosas han cambiado desde entonces. No quiero echar a Amanda y obligarla a vivir en el sofá de una amiga cuando yo tengo una casa entera casi vacía.
—Quiero que te quedes —le digo—. Bueno, si tú quieres.
Ella alza las cejas de golpe.
—¿Estás seguro?
—Completamente. —Ella parece titubear, así que añado—: Y puedes comerte todos los cereales que quieras.
Se le relaja el rostro en una sonrisa.
—Bueno, no voy a despreciar un colchón decente frente a un sofá lleno de bultos.
Incluso esta breve conversación con Amanda me deja exhausto, así que me reclino sobre el reposacabezas para descansar.
Cada vez que cierro los ojos, sin embargo, veo a Krista de pie frente a mí, contemplando cómo me muero.
Todavía no me entra en la cabeza lo que me hizo, ni tampoco que matara a tantas personas a lo largo de su vida…
hasta que Amanda acabó con ella. No es ninguna exageración decir que Krista era una psicópata.
Qué demonios, cabría ir más lejos y decir que era un monstruo.
¿Es muy terrible confesar que la echo de menos?