Capítulo 66. Blake
BLAKE
P or favor, Whitney, abre la puerta. Por favor…».
Voy a desfallecer. Apenas puedo tenerme en pie sin agarrarme al marco de la puerta. Tengo demasiada saliva en la boca, pero no consigo tragarla. Todo esto pinta fatal.
Espero que en el hospital tengan un antídoto contra el veneno que me ha puesto Krista, sea lo que sea. Ni siquiera sé qué demonios es.
Justo cuando estoy a punto de volver a llamar al timbre, se abre la puerta. Esperaba ver a Whitney, pero es Krista la que está ahí.
Oh, no, es demasiado tarde. Lo único positivo es que solo veo a una Krista. O al menos creo que es Krista. Quizá estoy empezando a alucinar.
—Blake —dice, sujetándome del brazo—. Entra. ¿Dónde estabas?
La sigo adentro, haciendo todo lo posible para que no se note que me estoy muriendo.
—Estaba… en la carretera.
Mierda. ¿Se me empieza a trabar la lengua? Esto no va nada bien.
—¿En la carretera? ¿Dónde has ido?
—Te lo he dicho. A Telmont. —Me seco unas babas que tengo en la comisura de los labios, porque al parecer ya no puedo tragar con normalidad—. He…, he ido a hablar con la madre de Whitney. Y ella me ha contado…
Krista arquea una ceja. Durante una fracción de segundo, hay dos Kristas, pero luego vuelve a haber una sola.
—Te ha contado que yo soy Whitney.
—No. He visto la foto y… —Vuelvo a secarme los labios con el dorso de la mano—. No lo entiendo. Si tú eres Whitney, ¿quién es…?
Una sombra cruza su rostro.
—Una impostora. Una chica que me robó el nombre mientras yo no lo usaba. Ya ves por qué tenía que pagarlo caro.
—Pagarlo…
Es entonces cuando veo el sofá de la sala de estar. La chica que yo creía que era Whitney Cross está ahí desplomada con el estómago cubierto de sangre, que ya ha empapado la tela del sofá.
He llegado tarde. No he podido impedírselo.
Entro en la sala de estar para mirar más de cerca, aunque ya no consigo caminar como es debido. Estoy a punto de caerme, pero Krista me sujeta en el último momento. Me sostiene durante unos instantes; luego me apoyo en la pared para mantenerme derecho.
—Oh, Dios. —Me restriego la sien con la otra mano—. Krista…
—No seas tan blandengue. —Me suelta—. Se lo merecía. Tal como te lo mereces tú por lo que hiciste. Tú y también Stacie.
—Eso no significó nada . —Hago un esfuerzo para pronunciar las palabras con claridad. Ella tiene que saber esto—. Fue una sola vez y me arrepentí de inmediato. Me sentí fatal. A mí no me importaba Stacie. Me importabas tú . Yo te amaba.
Los labios se le tuercen en una mueca.
—¿Todavía me amas?
No sé cómo responder a esa pregunta. ¿Cómo puedo decirle que la amo después de todo lo que ha hecho? Ya ni siquiera sé quién es. Y encima…
—Has intentado matarme —digo.
—¿Intentado? —Sonríe con desdén—. Parece que me está saliendo bastante bien, de hecho. —Me mira de arriba abajo—. ¿Cómo te sientes ahora mismo, Blake?
Sabe que me he comido las galletas. Claro que lo sabe. He estado a punto de caerme de bruces hace un momento. Me estaba engañando a mí mismo al pensar que podía ocultar mi estado. Hablo arrastrando la lengua. No puedo caminar en línea recta y ahora vuelvo a verla doble.
—Era tetrodotoxina —me informa—. Esa sustancia que tiene el pez globo y que se supone que es tan tóxica, ¿sabes? La muerte suele producirse por un fallo respiratorio entre cuatro y seis horas después. —Me mira con curiosidad—. ¿Cuánto hace que te has comido las galletas, Blake?
Ni siquiera lo sé. Creo que deben de haber pasado unas tres o cuatro horas. Y, ahora que ella lo menciona, tengo de pronto la sensación de que me cuesta un poco respirar. Estoy apoyado contra la pared para no derrumbarme, y ni siquiera esto me bastará en unos minutos.
—No hay nota de suicidio —acierto a decir.
—¿Cómo has dicho? —Me mira parpadeando—. Se te trabuca la lengua un montón.
Lo intento de nuevo, separando cada palabra.
—He. Roto. La. Nota. De. Suicidio.
—Ah… —Hace un gesto despectivo con la mano—. Eso no es problema. Ya escribiré otra. Se me da muy bien escribirlas.
Caigo de rodillas, consciente de que ya no podré volver a levantarme. Se acabó. No voy a salir de esta. No quiero que todo termine aquí y ahora, pero ¿qué puedo hacer? No puedo llamar a emergencias. Ya ni siquiera soy capaz de controlar los dedos.
No puedo creer que Krista me haya hecho esto. Yo la amaba . Quería que fuera mi esposa.
Y ahora la tengo plantada aquí delante, observando cómo me muero.
Solo que, al cabo de un segundo, ya no la tengo plantada aquí delante. Está tendida en el suelo, a mi lado. Nuestras miradas se encuentran y, de repente, la pechera de su camiseta blanca se tiñe de rojo. Abre la boca como para decir algo y de los labios rezuma sangre.
—¿Krista? —exclamo con voz ahogada.
Levanto la vista y veo que es Whitney quien está plantada frente a nosotros, tambaleándose apenas, y sujeta un cuchillo con tanta fuerza que los nudillos salpicados de sangre se le han quedado pálidos.
—¡Krista! —Con un enorme esfuerzo, me arrastro junto a ella. Yo no estoy muy fino, que digamos, pero ella parece mucho peor. Está ahogándose literalmente con su propia sangre, que ahora le sale por la boca y por la espalda hasta empapar el suelo—. Krista…
—Voy a llamar a emergencias —dice Whitney con voz entrecortada, sujetándose el vientre ensangrentado.
Me inclino sobre Krista y contemplo cómo la abandona la vida.
No entiendo que ella haya podido dejarme morir hace unos instantes sin sentir nada.
Porque esto es lo más duro que he tenido que ver en mi vida.
Incluso más duro que cuando murió mi madre.
Porque yo no esperaba que mi madre viviera para siempre, pero creía que envejecería con Krista.
—No te mueras, Krista, por favor. —Pese a todo lo que me ha hecho, se me llenan los ojos de lágrimas—. Te quiero.
Sus labios se despegan y aparece entre ellos una burbuja de sangre.
—Tú… ni siquiera… me conoces.
—Sí —insisto—. Te conozco. Vamos, Krista. Aguanta.
Mientras Whitney habla por teléfono con el operador del número de emergencias, le cojo la mano a Krista. Está fría y pegajosa. Aún tiene los ojos entreabiertos. Todavía sigue viva y consciente, aunque apenas.
—Te quiero —repito—. Sé cómo eres y te quiero. Por favor…
Durante una fracción de segundo, la sombra de una sonrisa se le insinúa en los labios. Pero luego sus párpados se cierran y todo su cuerpo se queda inmóvil. Bajo la mirada a su pecho. ¿Aún se mueve? ¿Ha dejado de respirar?
—Tenemos que hacerle el boca a boca —le digo a Whitney.
Ella termina de hablar con emergencias y me mira como si me hubiera vuelto loco.
—¿El boca a boca? Si apenas puedes respirar tú, Blake. Y yo tengo una puñalada en el vientre.
—Lo sé, pero…
Tiene razón. Aunque fuera capaz de recordar el ritmo correcto de respiraciones y compresiones, no me quedan fuerzas. No puedo respirar para otra persona cuando apenas puedo hacerlo para mí mismo.
Krista se está muriendo. La vida se le escurre ante mis propios ojos.
Y, a decir verdad, es lo que se merece.