Capítulo 26 #2
Aquellos hombres eran buenos en su trabajo, planificaban cada operación al milímetro, calculando cada paso y cada movimiento con sigilo.
«Nos llevan muchos años de ventaja y lo saben, de ahí que nos resulte tan difícil detenerlos cometiendo el delito», había sostenido Roger más de una vez en comisaría.
El agente posó su mirada en la fotografía de Najib que Miguel había extraído de la carpeta negra y depositado sobre la mesa.
—Sabemos que Najib Almallah no actúa solo: cuenta con apoyos directos y también indirectos, y son estos últimos los que nos preocupan en este momento.
Llevamos meses vigilándole, hemos realizado vídeos de seguimiento, tenemos fotografías, grabaciones, datos, informes que le apuntan como uno de los líderes en la sombra de la red de terror islamista tejida con sus propias manos.
Pero no disponemos de la prueba fundamental y definitiva que nos facilite el poder detenerle y acusarle, entre otros muchos, del delito de integración en organización terrorista e inducción al suicidio.
Estamos hartos de escuchar sentencias judiciales remarcando que es la acción y no el pensamiento lo que se incrimina.
Debemos pillarlos con las manos en la masa.
—Y la masa, en este caso, es mi hija —sentenció Mario.
—Con este tipo de individuos es mucho más rentable y seguro someterlos a estrechos seguimientos antes que meterlos entre rejas —le explicó Miguel en un intento de calmar los ánimos—.
Nos es más útil conocer sus movimientos, su manera de actuar, descubrir sus contactos.
Cuanta más información recopilemos sobre ellos antes de proceder a su detención, menos posibilidades tendrán de quedar libres cuando se vean ante un juez.
—Obedeciendo a un gesto de Roger, el agente especial Fernández le pasó una carpeta de color negro repleta de información y fotografías.
—Comprendo que esto sea difícil para usted y me gustaría que sepa que lo entendemos y nos hacemos cargo. Pero si queremos aclarar todo este asunto y recuperar a su hija y, por lo que nos ha contado el agente Fernández, a su nieto, necesitamos su ayuda.
Roger comenzó a mostrarle una serie de fotografías en las que aparecía Sara, ataviada con la vestimenta propia de las mujeres musulmanas.
Algunas de ellas fueron realizadas entrando y saliendo de la vivienda de Madrid donde estuvo retenida, y otras correspondían a algunas de las pocas salidas que había realizado junto a Ruth.
Aquella visión de su hija tornó vidriosos los ojos de Mario, que no reconocían lo que su retina recogía.
—¿Le reconoce? ¿Es el hombre con el que su hija…
—se lo pensó durante unos instantes— mantuvo una relación?
—Mario respondió con un gesto afirmativo de la cabeza—.
Sabemos que su hija estuvo viviendo, seguramente retenida contra su voluntad, en esta casa de las afueras de Madrid, en el barrio de Peñagrande, en la zona norte de Madrid.
Un día desaparecieron de allí. Cuando dimos con la localización exacta de la vivienda y conseguimos la orden para entrar, no quedaba nadie.
—Sin duda, cometimos un fallo, un grave error en los controles de vigilancia.
Les perdimos la pista. —Roger negaba con la cabeza: no buscaría excusas—.
Hasta esta misma mañana, cuando su hija se puso en contacto con usted.
—Mario se mostró sorprendido de que aquellos hombres estuvieran al tanto de la llamada de Sara—.
Le pinchamos su teléfono. Cuando el agente Fernández nos comentó sus dos encuentros con Sara, en especial el último, en un tradicional mercado al que acuden los musulmanes en el norte de la capital, y partiendo de su antigua relación con este hombre —dijo plantando el índice sobre el pecho de la foto de Najib Almallah—, solicitamos y obtuvimos la autorización de un juez y gracias a esa llamada sabemos que su hija está en Alicante.
Mario le observaba boquiabierto, incapaz de decir nada. Habría sido imposible imaginar todo aquello cuando se levantó de la cama apenas unas cuantas horas antes. Miguel miraba al suelo. A su lado, el otro, el joven, barría el salón con la mirada, como ajeno a la charla.
—Nuestro dispositivo especial ya está trabajando en la zona y preparándose para realizar las primeras detenciones.
Nuestros hombres llevaban allí días porque habían recibido información sobre un posible encuentro con dos cabecillas de la organización terrorista islamista.
Hemos tenido suerte de que Sara decidiera hacerle esa llamada de teléfono justamente hoy.
Lo que queremos pedirle, señor Dacosta, es que colabore con nosotros.
Es muy probable que su hija vuelva a llamarle.
Y es fundamental que usted consiga sacarle algún testimonio de lo que está viviendo.
Necesitamos confirmar nuestros temores de que su hija ha sido captada por una organización terrorista islámica, y nos sería de gran ayuda que le facilitara cualquier tipo de información al respecto: nombres propios, direcciones, próximas ciudades de destino, operaciones…
Roger calló de golpe para observar unos instantes el rostro desencajado de Mario. No pudo evitar compadecerse de ese hombre abatido al que la vida parecía haberle consumido veinte años en apenas un par de meses.
—No sé si he sabido expresarme con claridad y si he logrado hacerme entender.
—¿Por qué mi hija? ¿Por qué ella? No tiene nada que ver con esa gente, ni con su cultura.
—Mario no entendía nada: su hija no conocía aquel mundo ni compartía sus costumbres.
Era una mujer moderna, inteligente, preparada, con un gran conocimiento de idiomas, y sin ninguna preferencia religiosa ni política que la obsesionase.
Lo único que hizo fue enamorarse de un hombre musulmán—.
¿Qué beneficio puede acarrearles ella? ¿Cómo hemos podido llegar a esto?
¿Cómo? —La mirada de Mario se dejó llevar por una riada de recuerdos—.
Mi hija solo quería llevar una vida normal, trabajar, estar con su hijo, tener la posibilidad de recorrer el mundo…
—Pues si lo que quería era viajar, se va a hartar —apostilló Darío en referencia a los múltiples desplazamientos internacionales que suelen efectuar los agentes e integrantes de este tipo de organizaciones terroristas.
Su desafortunada acotación, carente de toda delicadeza ante la situación que estaba viviendo Mario, le valió una nueva mirada de Roger, que empezaba a cansarse de aquel joven insolente.
Darío se vio en la necesidad de disculparse, como si él mismo se hubiese sorprendido al escuchar en voz alta el pensamiento que había pasado de su cerebro a su boca sin darse cuenta.
—Discúlpeme, por favor, no pretendía…
Roger carraspeó y retomó la palabra justo allí donde Mario Dacosta la había dejado:
—Precisamente su perfil es el más buscado por parte de estas organizaciones terroristas.
Necesitan a personas que pasen inadvertidas, que resulte impensable el imaginarlas como miembros activos de una organización fanática islamista, y mucho menos atrincheradas dentro de un grupo terrorista.
No es el primer caso de acercamiento premeditado por parte de hombres musulmanes a mujeres españolas con el único afán de conquistarlas y casarse con ellas para borrar suspicacias y obtener ciertas ventajas sociales…
Calló lo más duro, lo que tampoco Mario necesitaba saber, el hecho de que buscaban tanto matrimonio como hijos, cuantos más mejor: no solo ya para obtener la nacionalidad española y sus correspondientes beneficios y derechos, sino también para llevar a cabo lo que se daba en llamar «la conquista silenciosa», la reconquista de los territorios «ocupados» a través de los vientres de las mujeres españolas.
En su unidad eran testigos de la epidemia y aun viéndolo a diario, a Roger no dejaba de impresionarle el número de mujeres españolas que se habían visto abocadas a esa realidad sin siquiera ser conscientes de ello.
—Además, señor Dacosta, no podemos olvidar el hecho de que este tipo de matrimonios es una fuente de conversiones al islam, bien sea por voluntad propia o de manera forzada. —Contempló el gesto de asombro e impotencia que presidía el rostro de Mario.
—¿Y mi nieto? ¿Qué utilidad tiene para ellos un niño de ocho años? ¿Qué mal puede hacerles?
—Existe la posibilidad de que el pequeño esté siendo utilizado como moneda de cambio —explicó Roger—.
Puede que estén chantajeando a su hija para que colabore de la forma que sea, y el seguro más eficaz para ellos es retener a su nieto.
Teniéndole a él bajo su custodia se aseguran la complicidad de su hija y la efectividad de su cooperación.
Sara es una occidental. Su cara, su nacionalidad y su pasaporte no levantan sospechas en ninguna frontera.
Y el golpe de efecto a nivel internacional que supone un ataque terrorista perpetrado por un occidental es espectacular, uno de los mayores logros que pueden mostrar al mundo estos grupos terroristas.
Un occidental, a poder ser una mujer, de pelo rubio, ojos azules, formación académica y formada en el seno de una familia tradicionalmente cristiana, dispuesta a olvidar todo lo aprendido, cruzar una frontera, colocarse un cinturón de explosivos e inmolarse en mitad de una plaza pública de Irak, Afganistán, Estados Unidos, Francia, Alemania, España…
Estamos ante la mayor amenaza terrorista de los últimos años.