Capítulo 26
Desde hacía semanas, el teléfono familiar de Mario Dacosta permanecía pinchado por orden de la policía y a instancias de una denuncia interpuesta por el agente especial Fernández.
Ni su padre ni ella supieron apreciar la melodía que, de manera abrupta, se colaba por las rendijas del auricular del teléfono y abortaba su desahogo.
Pero la policía sí distinguió que el repicar de aquellas campanas iba tañendo el himno de Alicante.
No necesitaron más. Gracias a eso, Miguel descubrió al fin el paradero de Sara.
Mario no supo si le agradaba o no la presencia de aquella terna policial que permanecía en el umbral de su puerta después de haber anunciado su visita de manera insistente haciendo sonar, hasta en cuatro ocasiones, el timbre de la vivienda.
Los rostros de aquellos tres caballeros alimentaron sus temores, pero también avivaron su esperanza de saber algo sobre su hija y su nieto.
Le tranquilizó conocer a uno de los integrantes del peculiar triunvirato, que parecía haberse acicalado para la ocasión y con aquel traje nuevo daba la impresión de ir de prestado.
A Mario siempre le había gustado Miguel como yerno: serio, trabajador, con excelente planta, de buen corazón y profundamente enamorado de su pequeña.
No disimuló su disgusto cuando supo de la ruptura de la pareja, sobre todo cuando Sara le dijo que había sido ella la causante.
De nada sirvieron sus consejos paternos: el carácter de su hija crecía fuerte y sin fisuras.
De sus dos acompañantes, Mario no tardó en entender que el de mayor edad, Rogelio —al que solían llamar Roger—, era el jefe al mando y el encargado de tomar la palabra y hacer las comunicaciones más difíciles y, en ocasiones, desagradables.
A punto estaba de abandonar la cincuentena y su cabellera blanca empezaba a escasear, aunque aquello no restaba un ápice a la fama de maduro atractivo que se había labrado dentro y fuera del Cuerpo.
Sus silencios y miradas eran admirados y temidos por igual y se había ganado a pulso el título de viejo lobo estepario, amante de la soledad y la tranquilidad, en especial desde que su esposa —miembro del Centro Nacional de Inteligencia— falleciera en un atentado terrorista en Irak en noviembre de 2003.
El otro era el más joven de los tres —«Darío», le habían presentado— y parecía afanarse en lucir un aspecto más desaliñado.
Llevaba poco en el Cuerpo y, a juzgar por sus gestos y su manera de hablar y proceder, había visto demasiadas películas de policías.
Cuando los dejó acomodarse en el salón y el tal Darío tomó la palabra, Mario empezó a pensar que aquello más que visita era una encerrona.
—Pero ¿es que se han vuelto ustedes locos? ¿Mi hija una terrorista? —Ni podía ni intentaba disimular la indignación y el desagrado que le había causado la inesperada pregunta del más joven—. ¡Cómo se atreven a venir a mi casa con semejante falacia!
—Cálmese, señor Dacosta —terció Roger, después de dedicarle una mirada de desaprobación al novato, con la que le condenó a un mutismo absoluto—.
Le ruego que disculpe a mi compañero: lleva tiempo trabajando en este caso y no siempre sabe comportarse como se espera de él.
—A Darío no le agradó el comentario de su superior, pero conocía a Roger y lo asumió sin más.
—Mi hija es una víctima en toda esta historia.
Tú la conoces, Miguel. Sabes cómo es. Díselo, ¡cuéntales cómo es Sara!
Sería incapaz de tomar parte en ese terrorismo que ustedes insinúan, no hay sitio en su cabeza para algo así.
Si hay algo de verdad en lo que ustedes cuentan, tienen que estar obligándola, estaría actuando contra su voluntad.
—Mario se llevó las manos a la cabeza, como si en ella no hubiera lugar suficiente para acumular aquel tornado de información—.
Mi hija fue educada en el amor, en el respeto a la vida, en los derechos humanos. Ustedes no saben de qué están hablando.
—Las personas cambian… —dijo Darío mientras observaba, sobre uno de los aparadores del salón, la fotografía de una Sara de tan solo cinco años de edad: la sonrisa mellada, el brillo en sus ojos y las dos coletas recogidas a ambos lados de la cabeza dejaban adivinar una infancia feliz—.
No se engañe. —El comentario provocó un nuevo gesto de reproche por parte de Roger, a quien la locuacidad de su subordinado comenzaba a incomodar tanto como a Mario.
—No, no se engañe usted. Conozco a mi hija mejor que ustedes, por muchas placas que exhiban, y les digo que es incapaz de unirse a ningún grupo terrorista. Y menos por decisión propia. No tienen derecho a…
—Mario, esté tranquilo. —Miguel intentó dotar a sus palabras de un bálsamo de confianza que se hacía casi imposible en tan complicada tesitura—.
Hemos venido a ayudar. Ellos saben cómo es Sara, ya se lo he contado.
Debe estar tranquilo, aquí nadie está acusando a nadie, solo queremos encontrar a su hija y que todo esto acabe cuanto antes y de la mejor manera posible para todos.
Las palabras de Miguel mitigaron algo la ansiedad que empezaba a mostrar Mario desde la inesperada llegada de aquellos caballeros. Quizá tenían razón. Quizá solo querían encontrarla y devolverla a casa, con los suyos.
—Señor Dacosta —Roger había decidido situarse frente al desolado padre al que entre todos estaban enterrando en vida—, llevamos tiempo inmersos en una operación de seguimiento a varios ciudadanos de origen árabe, en los que la pareja de su hija…
— Expareja —enfatizó Mario interrumpiendo la explicación que había iniciado el policía—. Mi hija ya no mantenía ningún tipo de relación con ese hombre cuando desapareció. Ninguna. Ella misma me lo dijo.
—Está bien, disculpe…, expareja —se excusó Roger—.
Tenemos pruebas documentadas que nos llevan a pensar que ese ciudadano marroquí, que en los últimos años utiliza el nombre de Najib Almallah, es el líder de un grupo terrorista perteneciente al Grupo Islámico Combatiente Marroquí, que, si nuestros datos no nos engañan, y créame que no creo que lo hagan, está integrado en el grupo Al Qaeda en el Magreb Islámico.
Roger entendió que aquella información no aclaraba ninguna de las dudas que en esos momentos reinaban en la cabeza de Mario.
Sin embargo, a él aquellos nombres le dejaban en la boca el regusto amargo de la muerte, el recuerdo de su esposa.
Al Qaeda en el Magreb Islámico —que hasta 2007 llevaba por nombre Grupo Salafista para la Predicación y el Combate— tenía el dudoso honor de ser considerada una de las organizaciones terroristas islámicas más peligrosas de Europa, con cientos de atentados y secuestros a su espalda, y su brazo en Marruecos, aquel Grupo Islámico Combatiente Marroquí que había mencionado a Mario Dacosta, había sido el responsable de matanzas como la que desgarró Casablanca años atrás, y su nombre fue el primero que se alzó como sospechoso de la masacre del 11-M en Madrid.
La unidad de Rogelio —sumada a otras muchas del plano internacional, todas ellas expertas en las redes del terrorismo islámico— tenía en marcha aquel operativo en concreto desde septiembre de 2007, cuando el número dos de Bin Laden, Aiman Abu Muhammad Al Zawahiri, hizo un llamamiento a la recuperación de Al Ándalus, entendido como «un deber para la nación en general y para ustedes —los pueblos del Magreb (y el AQMI)— en particular.
Solo se podrá lograr ese objetivo desembarazando al Magreb islámico de los hijos de Francia y de España».
Era allí donde el nombre de Najib cobraba importancia.
—Almallah no solo da refugio a conocidos mandos del organigrama de Al Qaeda o de cualquier filial de este grupo terrorista, acogiendo en España a muyahidines que actúan en zonas de conflicto armado en nombre de Alá y que hacen de la guerra santa su modo de vida.
—Carraspeó, ahora llegaba la parte delicada—: Además se encarga de la captación, el reclutamiento y el adoctrinamiento de jóvenes, en especial hombres pero últimamente también mujeres, a los que envía a campos de entrenamiento asentados en Pakistán, Afganistán, Malasia, Indonesia, Yemen…
, donde se incorporarán a la realización de atentados terroristas contra objetivos civiles y también militares.
Roger conocía bien el proceso mediante el cual un grupo de elegidos era inducido al suicidio.
Se les convencía para inmolarse en nombre de Alá y si no lograban doblegar su voluntad, los inmolaban sin que ellos conocieran sus intenciones, en un fenómeno que desde hacía unos años había empezado a cobrar fuerza aunque no hubiese logrado adquirir, todavía, la suficiente notoriedad pública.
Se trataba de un peligroso cáncer que se iba extendiendo en silencio, sin hacer ruido, sin llamar la atención, sin prisa pero carcomiendo las entrañas de la sociedad occidental.
—¿Qué me está queriendo decir con eso? —insistía Mario en negar con la cabeza—. ¿Cree que ese hombre ha reclutado a mi hija? ¿Cree que…? —Roger le interrumpió:
—Llevamos años estudiando y siguiendo las estructuras de estas células durmientes que encuentran un perfecto asentamiento en Madrid, Andalucía y la zona del levante español, en especial Cataluña, pero también la Comunidad Valenciana e incluso Murcia.
Trabajamos y compartimos información con los servicios secretos de otros países como Bélgica, Estados Unidos, Francia, Jordania y Marruecos, y por supuesto también con el FBI y la CIA.
Tenemos en nuestro poder pruebas que demuestran las relaciones de los integristas islamistas españoles que actúan y se esconden en nuestro territorio con la red de Al Qaeda, y Najib Almallah es uno de ellos.
De hecho, como le dije antes, es uno de los hombres fuertes de la organización y está en permanente contacto con los líderes de las células islamistas que operan en diversas ciudades españolas, a la sombra de nuestras leyes y al amparo de nuestra Constitución.