Capítulo 23 #2
«La yihad debe realizarse en aquellos emplazamientos donde residan musulmanes sin necesidad de viajar a lugares de conflicto abierto con el islam…
», decía. Le siguió el visionado de un vídeo que incluía subtítulos en inglés en los que Sara acertó a leer: «Judíos, judíos, el ejército del Profeta volverá.
Mártir, mártir, descansa en paz, estamos detrás de ti y somos el símbolo de la lucha…
». La proyección continuaba y era incapaz de apartar los ojos o despegarse de allí.
Nadie parecía haberse percatado de su presencia hasta que uno de los botes volvió a resbalársele de las manos.
Su corazón se paralizó y su respiración huyó despavorida al oler el peligro.
De golpe, un regimiento de ojos se desplomó sobre ella.
Por un momento creyó que sería aplastada, lapidada por las miradas de aquellos hombres que parecían estar contemplando un fantasma.
No le dio tiempo a buscar alternativas: el brazo de Brahim, que hasta ese instante continuaba inmerso en la conversación telefónica sin advertir que ella se retrasaba, la recuperó del suelo y la zarandeó bruscamente.
Su gesto no auguraba nada bueno y su boca no tardó en corroborarlo.
—Hoy no habrá aseo. Eres demasiado torpe. O demasiado entrometida.
Ya la conducía de nuevo a su dormitorio, sin que mediara ninguna queja ni saliera excusa alguna de su garganta, cuando Sara distinguió la figura de Najib observándola al fondo del pasillo.
—Espera —le ordenó a Brahim casi en la puerta de su cuarto—.
Quizá sea bueno que sacie su curiosidad.
Incluso puede que nos ayude. —Se aproximó a Sara con aquella mueca ladeada en sus labios, la sonrisa sarcástica—.
No puedes evitarlo, ¿verdad? Siempre tan curiosa, tan fisgona… , en definitiva, tan mujer.
De nada le sirvió a Sara la negación nerviosa que se había apoderado de su cabeza y con la que intentaba hacerle entender que todo había sido fortuito, que simplemente había tropezado, se le habían caído las cosas e intentaba recuperarlas.
No lo había hecho a propósito, no era su intención husmear en aquella habitación, pero ya era tarde para justificaciones; como de costumbre, nadie las escucharía.
Sara fue introducida violentamente en la habitación donde aguardaba el batallón de hombres; se diría que la esperaban a ella, ya que sus miradas permanecían tal y como las había dejado segundos antes.
Su cuerpo se convirtió en la diana contra la que se estrellaba el vergel de ojos apilados.
Eran ojos de odio, contenedores de terror y proyectores de un miedo irracional.
Najib la conducía por el interior del dormitorio patera como si fuese una muñeca de trapo, sin atender a sus tropiezos ni percatarse de la torpeza de sus piernas, sin reparar en su voluntad, que le gritaba que fuera más despacio, que procurara que sus pies no pisasen los cuerpos de los hombres, que continuaban sentados sobre la tarima sin variar un ápice su ubicación.
Mientras se abrían paso entre el mar de piernas que cubría la estancia, estuvo a punto de caer y estrellarse contra la alfombra humana en un par de ocasiones.
Los brazos de Najib lo impidieron sobre la marcha, al tiempo que la obligaban a seguir avanzando.
No supo cómo, aunque supuso que algo tenían que ver los empujones y los pisotones propiciados, pero encontraron un lugar donde situarse para seguir viendo la proyección.
Ellos, a diferencia del resto, permanecerían de pie.
Las imágenes congeladas sobre la pantalla reanudaron su movimiento gracias a un gesto de Najib.
Sara no sabía si sería mejor atender a las miradas insidiosas de los presentes —que aún entendían menos que ella lo que estaba sucediendo— o estrellar sus ojos contra la pantalla y no distraerlos de ella durante el tiempo que durara aquella representación infernal a la que Najib la había arrojado.
Estaba nerviosa, consciente de que le faltaba poco para ser vencida por un arrebato de histeria.
Necesitaba salir de allí, huir, o ponerse a gritar para romper los nudos que ataban sus tripas y que comenzaban a brotar al exterior en forma de temblores y espasmos.
Hasta entonces no se había dado cuenta, pero el aire en aquel dormitorio era prácticamente irrespirable.
Sintió que su interior, convertido en una ciénaga de bilis, ácidos y jugos gástricos, bramaba por vaciarse sobre la multitud encerrada.
Su cerebro ya estaba contemplando el desagradable y escatológico fotograma, que de momento solo residía en su imaginación, y considerando las posibles consecuencias que el lamentable episodio supondría para su futuro.
Suplicó por un autocontrol que dudaba tener.
Notaba cómo su cuerpo transpiraba escandalosamente y aunque no quería mirarse, estaba convencida de que el sudor le había pegado a la piel la tela de la chilaba que vestía.
La vergüenza solo le sirvió para aumentar su congoja.
Se sentía cohibida, violentamente observada.
Las manos de Najib se habían convertido en garras y su corpulenta anatomía aparecía transformada en un muro de contención de hierro forjado, indemne a cualquier sacudida que su mermada voluntad pretendiera imponer.
Las arcadas engendradas en el centro de su estómago fueron remitiendo y el vómito quedó reprimido.
Quizá obedecieron y se doblegaron de manera inconsciente a las últimas palabras que él abandonó en su oído.
—Cálmate, Sara, y presta atención. ¿No era esto lo que querías?, ¿no es esto lo que buscabas? Pues ya lo tienes. Disfrútalo.
La sinrazón comenzó a desfilar ante sus ojos en aquella pantalla que había tomado dimensiones cinematográficas.
Fueron pasando vídeos que mostraban películas espeluznantes de la muerte de civiles en las guerras contra países musulmanes.
Apareció Bosnia, con sus grupos de soldados serbios prendiendo fuego a edificios repletos de gente atrapada en su interior, entre gritos de espanto y dolor.
Afganistán, y las imágenes crudas de varios talibanes desenterrando los cuerpos sin vida de soldados estadounidenses para abrirlos en canal y abandonarlos al sol mientras otros derribaban con ráfagas de kalashnikov las cruces cristianas colocadas en los márgenes de la fosa común.
Chechenia, con violaciones de mujeres, de bebés, de ancianas, matanzas de niños, ejecuciones sumarias.
Sara intentó retirar la mirada de aquellas atrocidades, pero Najib se lo impidió.
Las imágenes se encadenaban sin pausa y cada vídeo ganaba en crueldad y vileza.
No faltaba nada capaz de salir de la imaginación más enferma, y nadie se había molestado en editarlas, como si pretendieran que los gritos, la sangre y el dolor de las víctimas salpicaran a todos los presentes.
Una voz sobreactuada y esperpéntica iba explicando cómo los infieles, los enemigos de Alá, masacraban sin piedad a los musulmanes y cómo estos tenían la obligación de responder a semejantes afrentas, que, según el locutor, iban única y exclusivamente dirigidas a provocar y desacreditar al Profeta y a sus seguidores.
Sara escuchó llamamientos a la aplicación de la nusra —la solidaridad entre los musulmanes frente a los infieles—, que ellos entendían como la obligación de acudir en su ayuda para vengar su muerte y hacerlo con la propia vida.
También una perseverante repetición de versos coránicos, extraídos a conciencia y descontextualizados para que dieran justificación a sus actos criminales y garantía de bondad a sus asesinatos; y discursos incendiarios y apocalípticos en boca de varios imanes que utilizaban sus mezquitas para dirigirse a sus fieles y justificar los crímenes de guerra de los soldados musulmanes en Irak, en Palestina, en Chechenia, en Cachemira, o el maltrato a la mujer si esta no aceptaba su lugar en el mundo y las pautas de comportamiento estipuladas, según sus discursos, en el libro sagrado.
Se estremeció al escuchar parte del sermón que el líder espiritual de los musulmanes australianos, el muftí Taj al-Din al-Hilaly, pronunció en el año 2006 antes del inicio del Ramadán, bajo el título «Por qué los hombres fueron mencionados antes que las mujeres por el delito de robo y las mujeres antes que los hombres por el pecado de la fornicación».
Las palabras del imán actuaron como objetos punzantes sobre su estómago: «Si pones carne sin cubrir en la calle, en el suelo, en un jardín, en el parque o en el patio trasero, y vienen los gatos y se la comen, ¿de quién es la culpa, de los gatos o de la carne descubierta?
El problema es la carne descubierta… Si la mujer está en sus habitaciones, en su casa, y si está llevando el velo, y si muestra modestia, los desastres no ocurren».
La pantalla volvió a llenarse de fotografías de hombres musulmanes que eran presentados como shahids, héroes de guerra, mártires: se sucedían las imágenes de los pilotos suicidas de los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York, y también de una mujer que Sara no tardó en reconocer.
Era la misma fotografía que sus ojos habían contemplado antes, en la casa de Madrid.
Su memoria recuperó el momento en el que Ruth le mostró aquella imagen.
«¿Sabes quién es?», le había preguntado.
La mujer de la fotografía era Wafa Idris.
La única mujer que apareció, en alabanza, en aquella dantesca proyección.
La voz de Najib volvió a quebrar su mundo. Notó su aliento en el interior de su oído, pero nada pudo hacer por impedirlo.
—«Oh, vosotros, creyentes, no me preguntéis de ciertas cosas que al abrirlas a vosotros os harán mal».