La infiel Capítulo 23
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Capítulo 23

Llevaba una semana en su nuevo emplazamiento de la calle San Francisco y todavía no había salido de los ocho metros cuadrados en los que se distribuía su celda.

La única novedad con respecto a las mazmorras en las que había sido enclaustrada hasta el momento era que aquel aposento disponía de dos camas y Najib dormía en una de ellas.

Era fiel al mismo ritual que repetía noche tras noche: entraba en la habitación cuando la madrugada mantenía, por fin, en silencio la casa y el mundo exterior; se aproximaba a la ventana, donde permanecía unos minutos como si esperase una señal que le permitiera acostarse; se desnudaba por completo para meterse en la cama, no sin antes contemplar el cuerpo de Sara tendido en el lecho contiguo, inmóvil, conteniendo el temblor, completamente tapado con la sábana y la colcha a pesar del calor con el que las noches de julio estaban castigando a los habitantes de la ciudad.

Durante esos segundos Sara luchaba por acallar los malditos fantasmas que se arremolinaban sobre ella y le susurraban las barrabasadas que Najib estaba a punto de acometer contra su cuerpo.

Temía que el fino oído de su compañero de cuarto pudiera escuchar la velocidad y la furia de los latidos de su corazón, que descubriese que estaba despierta, fingiendo un sueño que ambos entendían inútil: si él quería, nada podría evitar la reacción temida.

De momento, la amenazadora profecía de los espíritus solo conocía el fracaso, aunque Sara no conseguía dormir hasta escuchar la respiración fuerte y profunda que emitía el cuerpo de Najib vencido por el sueño.

El único rostro que se había dignado a aparecer por aquella habitación, convertida casi en santuario, era el de Brahim.

El argelino se encargaba de suministrarle las tres comidas del día; nada variado, al menos en la bandeja destinada para ella: un plato de arroz y unos paupérrimos trozos de pollo, con la carne blanca adherida al hueso como a la vida, acompañados de una lámina fina y redonda de masa de pan, semejante a una pita, un vaso de té frío y una pieza de fruta, que a veces era sustituida por un recipiente lleno de frutos secos o una pasta fría de textura similar al yogur, y un sabor mucho más agrio.

La única variación permitida residía en la salsa que acompañaba a la carne, especialmente en el color y el espesor, ya que en el paladar apenas se apreciaba diferencia alguna.

Cada día, los restos y las sobras de comida que Sara dejaba en el plato eran más abundantes.

La mayoría de las veces se limitaba a esparcir con el tenedor la comida, apartándola hasta el borde del recipiente y dejando limpio el centro para simular que había ingerido algún alimento.

Se limitaba a mordisquear la torta de pan o a pellizcarla con los dedos para acto seguido llevarse a la boca pequeños trozos, y a beber el té frío que le servían con algunos cubitos de hielo y que durante unos instantes lograban engañar a su cuerpo, haciéndole olvidar el asfixiante ambiente del cuarto.

No había aire acondicionado en la casa, aunque desde su habitación podía escuchar el runrún de algunos aparatos de refrigeración en funcionamiento en otras salas.

La suya no estaba entre las elegidas. Pensó que quizá respondiera a una estrategia, porque el sopor que sembraban las altas temperaturas la mantenían en un inquebrantable letargo, extremadamente cómodo para sus carceleros.

Tan solo encontraba cierto alivio entrada la medianoche, casi rozando el alba, cuando la ventana —abierta de par en par pese a estar casi a la altura de la calle— permitía el paso de un aire fresco y húmedo, que lograba refrescar el ambiente y mitigar en parte la asfixia reconcentrada durante todo el día.

El chador negro que vestía desde que salió de Madrid tampoco ayudaba a aliviar su temperatura.

La tela no era fina, más bien rugosa, y el paño se convertía en una especie de sauna que quebraba su piel para extraer las gotas de sudor que barnizaban su dermis dejándola pegajosa.

Por eso, su alivio fue infinito cuando una mañana Brahim entró en su habitación para hacerle entrega de una chilaba de color azul celeste con una gran greca blanca dibujada en el centro, una pequeña abertura abotonada a la altura del escote y mangas cortas que acababan a mitad del antebrazo.

La decisión no obedecía a ningún acto de caridad.

Nadie pensó en hacerle un favor ni en apiadarse de ella: sencillamente, el negro era un color demasiado lúgubre para una ciudad que desprendía luz por cada una de sus esquinas y todos parecían empeñados en no llamar la atención.

Los días eran eternos, profundamente tediosos. Sara entretenía las horas dando paseos de la cama a la ventana, cuidándose mucho de no asomarse a ella en exceso, tal y como le había ordenado Najib.

—No quiero que pueda verte alguien —le había dicho—. No quiero problemas, ya me has dado bastantes. Además, no hay nada que ver más que las piernas de los viandantes. No creo que eso te interese mucho.

La rutina era una vacía y monótona espera enmarcada en el espacio claustrofóbico de aquella habitación llena de sombras, de miedos, de espantos, de ruidos.

Jamás pensó que le urgiría tanto la compañía de otro ser, que le quemara en la garganta la necesidad de hablar con alguien, de comunicarse, de escuchar otras voces.

Más de una vez se sorprendió hablando sola, e incluso llegó a asustarse al percibir el sonido de su propia voz.

Estaba volviéndose loca. Su desesperación alcanzó tales cotas que llegó a echar en falta las absurdas y ridículas charlas con Ruth, y aun la compañía espectral de las mujeres enterradas en cien capas de velos.

Brahim nunca hablaba con ella; se limitaba a entrar y a salir de la habitación o, como mucho, a darle alguna indicación sobre la comida.

Por su parte, Najib solo la miraba, se negaba a contestar a sus cada vez más escasas consultas.

La única compañía con la que podía contar era el monótono murmullo, casi inaudible y la mayoría de las veces indescifrable, que atravesaba los tabiques de la vivienda hasta llegar a las paredes que la recluían.

Los silbidos eran continuos. Rara vez lograba estar la casa en silencio, sin el sonido de un portazo, la voz ronca de Najib o sus gritos aislados y contundentes —que acallaban al instante cualquier cuchicheo—, el eco de los rezos conjuntos y las canciones enlatadas que salían de un radiocasete, o la sucesión de pisadas que recorrían el pasillo y morían al entrar en alguna de las habitaciones.

Muchas veces se sorprendió pegando la oreja a la pared con la esperanza de descifrar los balbuceos de las voces que se perdían en el aire antes de ser interpretados.

Eran siempre voces masculinas. Ni siquiera podía diferenciar si las palabras que armaban ese insistente susurro eran pronunciadas en español, en árabe, en inglés…

Su percepción era demasiado débil, muda y enfermizamente cautelosa.

La opacidad del mundo que se levantaba al otro lado del antiguo y cuarteado papel de su cuarto agudizaba su imaginación, que se entretenía en confabular secretos, amenazas y peligros que hablaban de vida y muerte.

Cada vez que Brahim o Najib la conducían a su sesión diaria de aseo, los ojos de Sara procuraban captar alguna información que la ayudara a ordenar sus ideas y descifrar sus sospechas.

Imposible: las puertas de las habitaciones se cerraban a su paso, y si alguna se mantenía abierta, su interior no le facilitaba ningún hilo del que tirar para cuadrar las piezas.

Tampoco le parecía ya cosa del azar que jamás se cruzara con ningún propietario de las voces que traspasaban las paredes durante el rápido trayecto del dormitorio al cuarto de baño, aunque un día la casualidad hizo que un insignificante incidente mostrara ante sus ojos algo que la desconcertó.

Caminaba por el amplio pasillo de la vivienda tras los pasos de Brahim, que iba entretenido en una llamada telefónica que le había alterado el rictus, cuando se le cayeron al suelo la pequeña toalla que le facilitaban para la ducha y los dos botes de champú y gel con los que contemplaba la higiene diaria.

Sara se vio obligada a detener su camino unos instantes para recoger todo y tuvo que alargar la mano e invadir escasos veinte o treinta centímetros del suelo de la habitación que mantenía su puerta entreabierta, pero no lo suficiente para que su mano lo alcanzara, de modo que se vio obligada a empujar un poco la hoja.

Cuando sus dedos apresaron el bote de champú y en un gesto reflejo alzó los ojos hacia el movimiento que advirtió con el rabillo del ojo, la visión la sobrecogió por inesperada y dantesca.

De un rápido vistazo pudo contar más de una treintena de hombres sentados en el suelo; apenas podían acoplarse en él por la cercanía del resto y la escasez de espacio.

Los había negros, árabes y algunos otros de rasgos claramente occidentales.

Muchos de ellos vestían camisetas de equipos de fútbol españoles —Real Madrid y Barcelona sobre todo—.

Guardaban silencio, con la vista fija en las imágenes que se proyectaban sobre una macropantalla de televisión.

Fueron unos segundos, pero pudo distinguir la figura de un imán y escuchar parte de su discurso, sorprendentemente para ella, en español: