Capítulo 22 #3
Aquel hombre bajito, delgado, de hombros huesudos que ocultaba bajo las costuras de una larga chilaba, supo que había interrumpido algo.
No adivinó si bueno o malo, ni para quién.
Tampoco le interesaba, no era de su incumbencia y él solo estaba allí para resolver problemas y evitar que su aparición contraviniese los intereses de sus hermanos, y por ende, los suyos.
Brahim era un argelino que llevaba más de doce años viviendo en España, diez de ellos en Alicante.
El aura que envolvía su enclenque figura le daba la apariencia de un devoto servidor, un fiel escudero dispuesto a todo por atender a su señor, por no decepcionarle ni fallarle nunca… Pero era más, mucho más.
Hacía tiempo que había dejado atrás un pasado violento de integrista radical que le había convertido en el cerebro y brazo instructor de un comando terrorista islámico.
Aquello le hizo viajar por medio mundo (Marsella, Nápoles, Dublín, Pisa, Frankfurt, Granada, Barcelona…) sembrando el pánico allá donde asentaba y extendía sus redes, tejidas al albur del patrón de la yihad islámica.
Ahora la organización integrista argelina a la que pertenecía —ligada con fuertes lazos a Al Qaeda y aun al propio Bin Laden, a decir de muchos— le había enviado a Alicante para organizar y diseñar la célula durmiente de muyahidines, y desde ese momento había conseguido hacerse casi invisible para todos, tanto vecinos como fuerzas de seguridad españolas. O al menos, eso pensaba.
Era él quien recibía a todos los aspirantes a mártir de la yihad que su grupo se encargaba de captar y adoctrinar, y también el responsable de facilitar un lugar seguro y discreto a los miembros de la organización que necesitaran esconderse durante un tiempo, ya fueran pequeñas piezas del engranaje o los más altos cargos de la organización, acostumbrados al lujo y a un tren de vida acomodado en el que eran ellos los que daban las órdenes y dispensaban los favores: a estos últimos tan pronto los hacía pasar por mendigos —vestidos con harapos y teñidos de suciedad— como por manteros —provistos con un trozo de sábana cosida con cuatro cuerdas a modo de hatillo que, dispuesto sobre el pavimento urbano, se convertía en el escaparate perfecto para la venta ambulante de perfumes, gafas de sol, bolsos, cinturones o pañuelos, todos falsificados—.
¿Quién sospecharía? Nadie. ¿Y si querían salir?
Brahim era capaz de embarcarlos en un ferry rumbo a Orán con el simple disfraz de un niqab femenino.
Ese trayecto que unía España y Argelia por mar era una de sus travesías preferidas para abrir rutas de tránsito rumbo a las zonas de conflicto bélico como Afganistán, Pakistán, Yemen, Chechenia o, en su día, Bosnia.
También para coordinar los envíos de correos humanos y de voluntarios dispuestos a saltar por los aires en mitad de un mercado o de una plaza atestada de gente.
Financiación no faltaba: la tela de araña que había diseñado gracias a sus contactos, a su preparación militar y logística se nutría del dinero que le enviaba la organización terrorista y el que conseguía recaudar por medio del robo de tarjetas de crédito, coches y casas particulares, el tráfico de drogas y el blanqueo de divisas.
Nadie lo diría al ver aquel rostro lleno de recovecos, desniveles y sombras, aquella barba larga y canosa que le caía hasta el pecho en forma de cascada, o aquella piel excesivamente amarillenta, aquella apariencia inofensiva.
—¿Tienes hambre? —preguntó Brahim, acompañando su pregunta de un gesto y un tono que bien podría haberse confundido con el escuchado en cualquier centro de ayuda.
Sara se fijó en sus dedos, extremadamente largos y huesudos, con unas falanges escuálidas y presididas por unas uñas afiladas y rosadas, que sobresalían dos o tres centímetros de la yema del dedo.
Luego se limitó a negar con la cabeza como única respuesta al inaudito ofrecimiento.
Aquel hombre que permanecía observándola en el umbral de la puerta era un ejemplo más de la metamorfosis radical a la que un individuo podía someterse cuando abrazaba un objetivo firme en la vida, asentado en una inamovible creencia religiosa llevada al límite del integrismo.
Sin embargo, Sara aún no lo sabía y su mirada no le atemorizaba lo suficiente.
Debería haberlo sospechado, en realidad: ya había visto antes una mutación de similares características. Najib.
Esperó durante horas sentada, ahora sí, sobre una de las camas cubierta por una fina colcha entretejida con hilos de lana de vistosos colores.
Se entretuvo metiendo los dedos por los agujeros que daban forma a los dibujos de flores entrelazadas, mientras su pensamiento volaba a abrazar a su hijo.
Se esforzaba por imaginarlo riendo, sano, a salvo de todo peligro, entretenido junto a otros niños de su edad en aquel lugar donde Najib lo mantenía alejado de ella.
En el antojadizo puzle de su memoria hizo aparición Mario, con una de sus sonrisas abiertas y sinceras, y aquella devoción con que a veces observaba a su única hija.
Cerró los ojos para saborear el luminoso destello de aquella caja de recuerdos. «Papá, Iván, cómo os quiero».
De pronto, el tiovivo de luz y color se detuvo en seco y el camino imaginario que recorrían sus dedos entre los agujeros de la colcha multicolor trajo a su mente un escenario sombrío.
Abrió los ojos de golpe, como si un resorte bien engrasado y activado a distancia le hubiese obligado a ello, y la imagen de Louiza —la muchacha que había conocido en el piso de Madrid, la que bramaba por vengar la muerte de su hermano— apareció con total nitidez en su retina.
No bastó con un parpadeo para que se desvaneciera.
Un fugaz estremecimiento cubrió el cuerpo de Sara de una escarcha gélida mientras recordaba cómo los dedos de la joven chechena entraban y salían por los agujeros de bala de aquella camisa manchada de sangre.
Cesó de inmediato el movimiento nervioso de sus falanges entre las aberturas enmarcadas en hebras de lana, como si hubieran sido víctimas de una desconocida parálisis que les hubiera robado la capacidad de acción.
El recuerdo la asustó y secuestró en parte su respiración.
¿Por qué habría invadido aquella imagen su territorio más íntimo?
¿Por qué había aparecido en el momento más inoportuno, cuando una dosis de optimismo invadía su cerebro y anestesiaba su derrotado espíritu?
¿Tendría algún significado? ¿Existiría alguna relación entre Louiza y ella, o aún peor, entre la suerte que corrió su hermano y la que podrían correr Mario e Iván?
Se incorporó de un brinco del lecho que ocupaba, como si sus pulmones le hubiesen hecho entender que sin una buena y pronta bocanada de aire no seguirían funcionando.
Su pecho se elevaba bruscamente, presa de una agitación que presagiaba la aparición de males peores.
Su mano buscó desesperada el tirador de la ventana, dividida en dos láminas acristaladas, pero comprobó que el asidero no obedecía sus órdenes.
La ansiedad se apoderó de ella, constriñendo su corazón y pellizcando su estómago, erosionando su cuerpo.
Tiró una y otra vez, convencida de que la ventana cedería si era capaz de imprimir una dosis extra de fuerza y se abandonó a una retahíla de golpes, con los que solo consiguió hacerse daño.
La asfixia conquistaba terreno. La sentía avanzar en su interior como una boa a lo largo del cuerpo adormilado de un hombre, ajeno al fatal desenlace.
Podía verla riéndose de ella, burlándose de la inutilidad de sus exasperados intentos por abrir la ventana y aliviar un ahogo que oprimía su pecho al grito de muerte.
Sentía que el corazón se le paraba, que la sangre dejaba de bombear en el interior de sus venas, que los pulmones se empequeñecían, que las lágrimas comenzaban a resbalar por sus mejillas, provocando a su paso surcos profundos.
Sus brazos y sus manos cada vez tenían menos fuerza para seguir golpeando y tirando de la empuñadura del ventanuco.
Se le acababa el tiempo y su respiración era ya apenas un hilo asmático que seguía la partitura del final de su vida.
¿Así iba a acabar todo? ¿Esa iba a ser su despedida del mundo?
Su vista comenzó a introducirse en terrenos cubiertos de una niebla espesa, mientras su brazo se aferraba al tirador, ya no para conseguir que cediera, sino para retrasar en lo posible el momento en que su cuerpo impactara contra el suelo.
Cuando a punto estaba de desfallecer, una mano irrumpió de entre las sombras de la habitación y tiró de ella hacia arriba: Najib agarró con fuerza el maldito abridor, aún cubierto por los dedos de Sara, y consiguió abrirlo violentamente.
El aire se estrelló contra la lívida tez del rostro de la joven, que, a fuerza de profundas inhalaciones, procuraba recuperar la vida que se le escapaba a borbotones.
Todavía no se había dado cuenta de que permanecía acurrucada contra el pecho de Najib, ni de que él sostenía su peso muerto entre los brazos.
Solo al recuperar el resuello alzó la vista y dio dos pasos atrás, rápidos, al advertir quién era.
Sus ojos se desplazaron inquietos en busca de alguna explicación que no la condenara en su cabeza.
Apenas sin fuerzas, acopió las precisas para sostenerle de nuevo la mirada.
—Te he salvado la vida —dijo Najib recurriendo a uno de esos temidos tonos encharcados en una ácida ironía a los que tan a menudo acudía para desesperación de los presentes—. Estás en deuda conmigo. Recuérdalo.