La infiel Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Lo observó durante unos segundos, puede que minutos, quizá varias horas.

Imposible concretarlo. Najib parecía en trance: su cuerpo se mostraba relajado y su espíritu parecía abrazar la paz y el sosiego que se le negaba el resto del tiempo; los ojos cerrados, los labios presa de un movimiento veloz que les impedía cerrarse por completo, y dejaba escapar un leve silbido en forma de plegaria que ascendía hasta el techo del dormitorio y se abría generoso a la conquista del resto de los aposentos.

Estaba amaneciendo y la tímida luz que empezaba a inundar la vivienda le pareció la más hermosa que había visto en la vida.

La iluminación de la escena era tan sobrenatural que Sara dudó si estaría soñando.

Esa imagen consiguió sosegarla, aunque no pudo evitar sentirse culpable por albergar aquel sentimiento: sabía que en cualquier instante podría volverse contra ella.

No lo hizo. Sara lo observó hasta que la venció nuevamente el sueño.

La despertó un descompensado concierto de pisadas, aturdidas y codiciosas, que llegaban casi hasta ella.

En contra de lo que había sucedido durante toda la noche, su despertar fue apacible, nada de sudores fríos y sacudidas nerviosas.

Abrió los ojos lentamente y vio cómo Najib y Brahim iban de un lado a otro de la casa: entraban a la cocina, salían del dormitorio, volvían a una habitación para luego dirigirse a otra y de ahí a la salida, regresaban sobre sus pasos para acabar de nuevo en la cocina o en el baño o en la entrada, se asomaban a las ventanas…

Su desconcertarte itinerario no destilaba nerviosismo, al contrario, parecía responder a una coreografía ensayada, pactada y serena.

—Despierta. —La voz de Najib hizo que sus párpados se abrieran por completo—. Tenemos que irnos. Hay algo de té en la cocina. Si te das prisa, podrás beber algo antes de marcharnos.

El estómago de Sara no albergaba deseo alguno de un té, pero su mente estaba lejos de reparar en remilgos.

Se levantó de un salto, se dirigió con ademanes de sonámbula a la cocina, se sirvió una taza de tisana, se la bebió sintiendo cómo el líquido ennegrecido le abrasaba la garganta y de ahí se encaminó a toda prisa al cuarto de baño.

Algo la detuvo cuando su mano ya sujetaba el pomo de la puerta.

Su cuerpo se paralizó durante unos instantes hasta que finalmente reunió fuerzas para girarlo y acompañar el gesto de una escueta pregunta que brotó del antojo de sus cuerdas vocales.

—¿Puedo ducharme?

Najib tardó en contestar, aunque cuando lo hizo, la firmeza consagró su autoridad aún más.

—Sí. Pero date prisa. No quiero esperar más.

Quince minutos más tarde, Sara volvía a pisar la calle.

Con un sol de justicia cayendo sin piedad sobre los adoquines cuadrados, como si quisiera cobrarse alguna ofensa antigua, la vía parecía más animada, incluso luminosa, y desprendía una vitalidad que el día anterior habría considerado imposible.

No tuvo mucho tiempo de admirar la metamorfosis callejera; sin embargo, le bastó para observar, mientras ascendían por una de las pequeñas y estrechas calles perpendiculares a San Fernando, que los rostros tenían otro color, que la gente miraba diferente y hasta su caminar distaba mucho del que había encontrado a su llegada.

Parecía como si la ciudad hubiese vuelto a la vida y sus habitantes revivieran al presente con la única condición de olvidar el pasado.

El día, borracho de luz y entreverado con gruesas hileras de calor, deshacía apatías e invitaba al optimismo.

El cielo derrochaba cantidades ingentes de un azul celeste prodigioso, fresco y limpio, que estrellaba grandilocuente sobre la tierra, hambrienta de tonalidades propias de aquel principio del mes de julio.

Un aire límpido, preñado de salitre y henchido de relente marino, se entretenía acariciando las fachadas de los edificios, zarandeando las señoriales ramas de los árboles y haciendo bailar sus hojas bañadas en lustrosos verdes; flirteaba con las faldas de las mujeres y las corbatas de los hombres; abatía cortinas y entraba a raudales por las ventanas abiertas para sembrar los espacios de seductoras fragancias.

Si sus circunstancias hubiesen sido otras y fuera de su padre la mano que le prendía el brazo, Sara habría cerrado los ojos y abandonado su andar al azar del caprichoso destino, como solía hacer de pequeña cuando se dejaba llevar sin miedo y con plena confianza en su particular lazarillo.

Pero Mario estaba lejos y Najib era el guía que la vida le había designado; no había lugar para derivas mentales en busca de paraísos inexpugnables.

El trayecto fue corto, apenas diez minutos tras los pasos que marcaban las sandalias de Brahim, y aun así Sara agradeció el breve contacto con el mundo exterior.

Sus pulmones estaban hartos de ambientes rancios, cerrados, y su dermis y su cabello bramaban por el roce de la brisa y el sol.

Si pudo disfrutarlos fue gracias a unas inesperadas palabras de aquel hombre:

—No conviene que salga a la calle tan tapada.

Aquí no —dijo Brahim refiriéndose al riguroso velo negro con el que Ruth le había ordenado vestirse antes de salir de Madrid.

Parecía una viuda recién salida de uno de los dramas matriarcales extraídos de la literatura y teñido de penurias—.

Bastará con el chador y si lo ves necesario, un pañuelo que cubra su cabeza. Así no llamará la atención.

El comentario se convirtió en una nueva orden que brotó de los labios de Najib y Sara acató en el acto: con un gesto se deshizo de aquel trozo de tela que la había acompañado desde la mañana anterior.

Gracias a aquello, su cabeza se refrescó por partida doble: todavía llevaba el pelo húmedo tras la ducha, y la brisa que se abalanzó sobre ella nada más pisar la calle contribuyó milagrosamente a refrescar sus pensamientos.

El portal de la calle San Francisco en el que entraron se le antojó más amplio y moderno que el que acababan de abandonar.

Su nuevo hogar los esperaba unos metros más abajo, a doce escalones de distancia, enclaustrado en un semisótano donde en breve encontraría un auténtico zoco humano.

Cuando Brahim introdujo la llave en la cerradura y franqueó el umbral, Sara sintió la bofetada de una extraña asfixia que la dejó sin respiración.

Una densa bocanada, concentrada en un opresivo olor a humanidad, la obligó a dar varios pasos hacia atrás buscando alejarse y deshacer el camino.

El cuerpo de Najib actuó de dique y abortó su amago de huida o, en su defecto, de desmayo.

No supo diferenciarlo. Avanzó unos metros con la certeza de que aquel extraño hedor le estaba perforando las entrañas.

El interior de la vivienda tenía forma de vientre: podría pasar por el de un animal enorme, perdido en el interior de un bosque; también por una cueva abandonada, oscura y plagada de sombras que auguraban mil peligros y otros tantos misterios.

A pesar de aquella penumbra, pudo comprobar que a ambos lados custodiaba su camino un regimiento de ojos, que la observaban como si aguardasen el momento adecuado para saltar sobre ella.

La inseguridad que la devoraba era tal que la mano de Najib sobre su encorvada espalda le pareció redentora, e incluso deseó no haberse desprendido del velo que la cubría y que a buen seguro la habría mantenido a resguardo de aquellas miradas insidiosas.

Aquel pensamiento apenas sobrevivió unas décimas de segundo en su cabeza: la asustó tanto su propia argumentación que la desestimó, más por sentido de la dignidad que por lógica racional.

Prácticamente la condujeron en volandas hasta una habitación.

Desorientada por completo, no podría decir si su cuerpo había virado a la izquierda, a la derecha o si había seguido recto.

No lo sabía. El miedo que gobernaba su cuerpo y la mantenía agarrotada impidió que su cerebro racionalizara sus movimientos.

Tampoco creyó que hubiese merecido la pena memorizarlo: si algo tenía claro desde que comenzó la pesadilla era que siempre estaría custodiada por sombras; unas visibles, otras imaginadas…

No sabría decir cuál de ellas le daba más miedo.

Entró en el cuarto con ganas y aferrada a un extraño sentimiento de gratitud, entregándose desarmada al abrazo con el que parecía acogerla el interior de la estancia.

Najib pasó tras ella y cerró la puerta. Permanecieron en silencio tres o cuatro minutos, como si esperasen instrucciones para el siguiente paso, como si necesitaran un manual para continuar respirando, armando sus pensamientos y decidiendo sus acciones.

Sara no se atrevió a sentarse sobre una de las dos camas que ocupaban la superficie del dormitorio.

Su garganta permaneció cerrada; la boca, seca; los labios, sellados.

Durante unos instantes, las miradas de los dos únicos inquilinos del oscuro dormitorio se cruzaron en un punto indefinido, suspendido en el tiempo y en el espacio.

Era la primera vez en meses que ninguno de ellos rehuía los ojos del otro, como si en ese punto muerto del horizonte compartido residiera algún tipo de esperanza por recobrar el sentido de lo que los unió un día.

No se pronunció una sola palabra, ni el más mínimo silbido, la más tímida vacilación.

Tan solo se observaron como lo harían dos fantasmas, viendo el uno más allá del iris del otro, intentando penetrar en la córnea ajena para recabar información de lo que su cerebro mascullaba.

Fue la mano de Brahim la que rompió estrepitosamente aquel instante congelado en el tiempo.

—Cuando quieras —dijo después de abrir la puerta—. Te están esperando.