Capítulo 15 #2
Aquella voz, que seguía insistiendo en parecer dulce y cercana, entró de improviso en sus oídos y la sobresaltó.
Se sonrojó e incluso juraría que la ansiedad hizo que rompiera a sudar.
Se imaginó en mitad de una gran hoguera, azuzada por los ojos de las presentes, que aunque cercados parecían alentar el fuego que devoraba sus entrañas.
Estaba comenzando a probar la medicina de su propia indiscreción. Tragó saliva.
—Quiero que conozcas a mis hermanas —dijo mientras hacía un ademán con su mano invitándolas a que se acercaran.
Esas dos mujeres eran las que Sara veía más asiduamente deambular por la casa.
Siempre estaban trabajando, encargándose de las labores del hogar: barrían la casa, fregaban el suelo de rodillas junto a un cubo de agua y jabón, salían a hacer la compra, preparaban la comida, lavaban la ropa y la tendían al sol, cosían, planchaban…
No recordaba haberlas visto jamás entregadas al ocio, sin sostener algo entre sus manos, como si tuvieran prohibido parar un solo instante.
Su frenética actividad las diferenciaba de las otras tres mujeres que solían salir de uno de los dormitorios para sentarse en el sofá del salón y allí acabar su trayecto rutinario.
Aquel trío de féminas era aún más enigmático, ya que parecía estar enclaustrado sin razón aparente.
Se podía llegar a la conclusión de que eran unas elegidas, una especie de protegidas a las que se les tenía prohibido el trabajo físico.
Hasta el momento, había sido imposible escuchar el sonido de sus voces.
Si acaso, hablaban entre ellas en un tono muy bajo y parecían estar más a gusto recluidas en la habitación que compartían.
Por un momento, Sara se identificó con ellas.
¿También las habrían retenido contra su voluntad?
¿Serían igualmente víctimas de una sucia trampa disfrazada de relación sentimental?
¿Tendrían ellas que actuar también como correo humano para salvar la vida de algún familiar?
La voz de Ruth hizo que desterrara de su mente al enigmático trío al que en algún momento se sintió próxima, para centrar su atención en las presentaciones de las otras dos mujeres.
—Ella es Hurriya, y ella, Aicha, la más pequeña.
Lo único que Sara pudo observar con claridad, sin que la tela lo ocultara a su mirada, fue que ambas poseían unos ojos negros espectaculares, fijos y duros como dos piedras de carbón, hermosamente brillantes, tallados como una pieza de ónix calcáreo.
No supo bien si la miraban rogando ayuda o revelándole peligros que terminarían acechándola.
—Hurriya tiene veinte años y es de Marruecos.
Lleva dos años en España y está deseando encontrar un buen marido que la respete y la haga digna de ser llamada mujer.
—Como le dijo Ruth, Hurriya buscaba a un hombre marroquí, o al menos musulmán, alguien capaz de cumplir el precepto del islam según el cual el marido tiene la obligación de mantener a su mujer, de darle una casa, tres comidas al día, vestidos y protección—.
De hecho, según nuestra ley, si el hombre no cumple, la mujer puede solicitar el divorcio y, sin duda, se lo darían.
—Quiero que mi futuro marido esté preparado para darme todos los derechos, todos los que me da el islam por ser mujer.
—La voz grave de Hurriya la sorprendió, como lo hizo su español acariciado por un leve acento marroquí—.
Por eso cuando hago el duaa, el rezo que nos permite pedir algo concreto en nuestra súplica a Alá, siempre pido un buen marido.
Quiero que sea un hombre recto, que cumpla con lo que el Profeta dejó escrito.
Yo sabré cumplir con mis obligaciones. Estoy preparada para ello.
—Su sueño es casarse con un imán, ¿verdad?
—decía Ruth con una sonrisa—. A ver lo que se puede hacer.
¿Sabes que Hurriya significa «libertad»?
—Sara no entendía el orgullo que desvelaban las palabras de Ruth—.
Y ella es Aicha. Viene de las montañas del Rif, lo que dieron en llamar el protectorado español.
Cumplirá dieciocho años en unas semanas.
Es una estudiante estupenda, hubiese llegado a ser una administrativa espléndida, pero mucho me temo que su formación no le servirá de nada mientras esté en España.
No creo que le permitan ir a trabajar con el niqab y ella no quiere problemas.
Prefiere estar en casa, a salvo de amenazas.
Aquí tiene todo lo que necesita y gente que la protege hasta que vuelva su marido, Moutaz.
Él es quien acompaña a Najib en su viaje.
Y, como te he dicho, pronto volverán a casa.
Sara no podía borrar el gesto de horror de su semblante. Aquellas dos chicas hablaban de libertad, pero lo hacían ocultas tras el modelo de niqab más severo de todos cuantos había visto en la televisión o en los periódicos. Daba la impresión de que su cuerpo estaba amordazado más que cubierto.
—Tú no entiendes que vayamos así. Puedo sentir tu rechazo —dijo Hurriya mientras la castigaba con su mirada franca e intimidatoria—.
Cuando salgo a la calle, los hombres y las mujeres se ríen de mí, se dan codazos, me señalan con el dedo.
Algunos se cruzan de acera o se apartan como si vieran un fantasma, como si yo amenazara su existencia, cuando son ellos los que no me permiten disfrutar de la mía.
No les gusta, no lo aceptan. No se identifican con eso y de ahí que lo teman y lo prohíban.
Les da miedo una niña con un pañuelo en la cabeza porque sus hijos no lo llevan, y eso convierte a nuestros hijos en sospechosos solo por ser diferentes.
Es lo mismo que puedo ver en tus ojos, es lo mismo que expresas con tu cuerpo.
Sara no podía dejar de mirar cómo el velo que le cubría el rostro se elevaba ligeramente a la altura de su boca cada vez que una frase desbordaba sus labios.
Por un momento, se sintió víctima de una acusación falsa de la que no sabía cómo defenderse.
Resultaba curioso, porque aunque era Hurriya la que parecía amordazada, sin embargo, era ella la que no tenía la oportunidad de hablar y defenderse, como si un trapo taponara su boca. Hurriya seguía hablando:
—¿Sabes por qué me puse primero un pañuelo, luego un velo, más tarde el hiyab, y ahora el niqab ?
Para rebelarme. Quería protestar contra mis padres, que me decían que era demasiado joven para cubrirme la cabeza, que esperara a ser mayor, que quizá cambiara de opinión.
Pero había algo dentro de mí que me empujaba a ponérmelo.
Era Alá, era mi religión, la que nunca me miente, la que siempre me guía.
No podía pecar de desobediencia a mis padres, pero una fuerza interior me invitaba a usar el pañuelo y así lo hice.
—Hurriya bajó su mirada durante un instante para ajustarse un poco más los guantes negros que le cubrían las manos, como si temiera que su piel quedase expuesta—.
Una revelación del Corán nos dice que las mujeres debemos ir tapadas, ¿por qué yo no puedo seguir los dictados de mi dios como vosotros seguís los del vuestro?
—Creo que te equivocas —habló al fin Sara—.
Aquí hay libertad para que vayas como quieras.
De hecho, tú ahora tienes esa libertad que a mí me falta.
Sinceramente, yo soy la que está en condiciones de quejarse: jamás he criticado vuestra forma de vestir, por muy ajena que me considere a ella.
Claro que te he mirado, y si te ha molestado, lo siento.
Pero es normal que te mire, no es lo que suelo ver.
¿O es que acaso no nos miráis vosotras a las mujeres que no vamos tapadas?
—¿Tú crees que yo tengo libertad? No entiendo ese concepto en vuestra boca.
—Aun tras el velo, quedó claro que Hurriya estaba furiosa—.
Para vosotras la libertad es acostaros con los hombres que queráis, poneros minifaldas y escotes para luciros ante ellos, sean o no vuestros maridos.
Utilizáis vuestro cuerpo para seducir, para provocar, solo por diversión.
En vuestros países hay violaciones, se falta al respeto a la mujer constantemente y, sin embargo, se os llena la boca con palabras como «libertad»…
Vestís como los hombres, fumáis como los hombres, bebéis como los hombres, trabajáis como los hombres, habláis como los hombres y a eso lo llamáis igualdad.
¿Es esa vuestra libertad? ¿Es ese vuestro ejemplo?
No deberías juzgar a nadie por su aspecto.
Lo importante es lo que se lleva en el corazón.
La última frase de Hurriya desbordó el autocontrol que Sara tenía comprometido.
Sentía hervir la ira en su interior, fuera de control, y amenazaba con romper los diques y barrerlo todo a su paso.
No pudo contenerla: las compuertas se abrieron y el alud de cólera e irritación envuelta en sinceridad manó sin mesura.
—Hasta hace unos días lo que yo llevaba en el corazón era a mi hijo, que viste como seguramente vestirá tu hijo si algún día encuentras ese marido que tanto deseas.
Y alguien que respeta las ropas que tú llevas me lo quitó, lo secuestró y lo mantiene alejado de mí y de su familia.
No sé lo que dirá tu religión al respecto, pero la mía, y sobre todo mi sentido común, dice que eso no está bien y que no hay ningún dios que lo justifique.
Sara apartó la vista de Hurriya y Aicha, que aunque enmudecida parecía entender perfectamente el giro violento que había tomado una conversación que en un principio se prometía feliz y tranquila, dentro del orden del día del particular lavado de cerebro que Ruth capitaneaba.