La infiel Capítulo 15
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Capítulo 15

Los días posteriores no trajeron grandes novedades: Najib aún no había vuelto y Sara aún seguía odiándole.

Lo consideraba el hombre más cruel sobre la faz de la tierra y su solo recuerdo le revolvía el estómago, pero necesitaba saber dónde se encontraba para que la vida de su hijo no estuviera pendiente de un hilo manejado por un fantasma.

También la vivienda continuaba siendo un inmenso vaho de humanidad concentrada, que en horario de comidas se entremezclaba con otros olores más fuertes, abiertamente condimentados.

Era el único descaro que se permitía bajo ese techo, cada vez más asfixiante.

El olfato era el único sentido con licencia para percibir, imaginar y disfrutar.

El resto se basaba en suposiciones. La vida parecía detenida en aquel habitáculo: el tiempo se había estancado, como la luz del sol, convertida en un bien preciado, solo a la altura del aire puro y limpio que se intuía desde el interior de aquella prisión de cemento.

Tal y como le había anunciado Ruth días atrás durante su primera conversación —más bien monólogo—, Sara tuvo que ceder ante la cotidianidad vacía y rancia que regía la casa.

Era cierto que no la obligaban a levantarse a las cinco de la mañana para realizar los rezos que reunían a todos los hombres en el salón de la casa y a las mujeres en una de las habitaciones del pasillo.

Sin embargo, el eco de las jaculatorias no le era ajeno, ya que traspasaba las paredes y se colaba bajo las sábanas, martilleando sus oídos con el sonido monocorde tan característico de las plegarias.

En esos momentos no podía evitar pensar en Najib, y se preguntaba dónde estaría, qué se traería entre manos, y cómo influiría aquel viaje en la suerte de Iván.

Tampoco compartía habitación con nadie, a diferencia del resto de las mujeres, que veían cómo los colchones sobre los que dormían se apilaban en arcaicas literas amontonadas en un dormitorio de dimensiones mucho más reducidas que el cuarto donde ella se alojaba desde la primera noche que llegó a la vivienda.

En una habitación dormían cinco mujeres distribuidas en dos catres, uno de dos alturas y el otro de tres.

Ruth dormía con Yaser en otro de los dormitorios mientras que el tercero y último, el más alejado dentro del profundo pasillo, era la estancia reservada para Najib o, en su ausencia, para cualquier otro hombre con apariencia de mando en plaza que hiciera su aparición en el domicilio, siempre sin previo aviso.

Tuvo que acostumbrarse a ducharse una vez cada cinco días, ya que no le permitían hacerlo con más asiduidad.

El aseo se llevaba a cabo en un baño de uso comunitario que tenía la vivienda y que daba servicio común como mínimo a ocho o nueve personas.

No se sentía cómoda, ya que el cuarto era extremadamente pequeño y cada vez que utilizaba la ducha le devoraba el temor de que alguien entrara y corriera de golpe la raquítica cortina de baño que amenazaba con deslizarse hasta el suelo en cualquier momento.

En más de una ocasión su cuerpo se sobresaltó al escuchar cómo alguien abría la puerta.

Entonces se quedaba quieta, paralizada, mientras sus ojos recorrían la cortina, y sus oídos se esforzaban por escuchar algún ruido al otro lado, algo que le diera una idea de lo que estaba pasando, de quién acababa de entrar.

Aquello duraba segundos, pero a ella se le antojaban horas en las que su imaginación urdía todo tipo de temores y situaciones violentas.

Al poco volvía a escuchar la puerta del baño, aguardaba unos instantes con la respiración aún en pausa, cerraba los ojos y cuando se cercioraba de que estaba sola y de que nadie más amenazaba su intimidad, se afanaba en terminar la ducha cuanto antes.

La cocina era terreno vetado para Sara, a no ser que hubiera que fregar los cacharros o el suelo, una tarea que rara vez le encomendaban, como tampoco el resto del cuidado de la casa.

Durante unos días, y siempre bajo la indicación de Ruth, se encargó de la limpieza del baño hasta que, al parecer, Yaser y otro de los hombres que solía dormir en la casa se opusieron.

Nunca supo muy bien el porqué de sus quejas, pero según pudo escuchar en una conversación que llegó a retazos a través de las paredes de su habitación, la consideraban impura e indigna de limpiar algo que ellos utilizarían posteriormente.

Las tres comidas del día las realizaba siempre en el salón, acompañada del resto de las mujeres, incluida Ruth, a la que no paraba de rogarle que le facilitara alguna novedad sobre la fecha del regreso de Najib, el paradero de su hijo y cuánto más se iba a dilatar aquella situación.

Cada vez que la veía a punto de perder los nervios, la mujer sabía cómo calmarla y llevar su mente a otro lugar, alimentándola de explicaciones y de historias que, aunque nada convincentes, al menos impedían males mayores: «Pronto llegará y quién sabe si lo hará con tu hijo», «Yaser habló con él ayer y no creo que tarde mucho», «Cuanto más tranquila estés, más fácil se lo pondrás a él y a Iván»…

Sara se pasaba el día esperando en su cuarto, sentada en el salón y observando cómo la muerte en vida pasaba ante sus ojos y se reía de ella, la provocaba, la instaba a rebelarse para luego dejarla en la estacada, abandonada a sus propias fuerzas, que cada día eran menos.

Había momentos en los que no se veía capaz de nada: no tenía fuerzas ni ánimos, y llegó a temer que estuvieran escondiendo algún tipo de sustancia en la comida, lo que explicaría su veto en la cocina y su manifiesta debilidad.

A raíz de aquello, durante unos días hizo todo lo posible por no probar bocado: un acto de protección más que de rebeldía que no pasó inadvertido a Ruth.

—Tienes que comer. No hagas tonterías. ¿No querrás complicar las cosas ahora que están muy cerca de terminar? Acuérdate de lo que te dije: tienes que colaborar, tenemos que apoyarnos entre nosotras. Estamos en el mismo barco, ¿recuerdas?

Cada día que pasaba en su enloquecedor estatus de rehén la reafirmaba en su primera impresión: el mensaje de Najib a Ruth antes de su marcha, cuando se encargó de advertirla de que la huida sería un suicidio para ella y la muerte para Iván, buscaba por encima de todo mantenerla bajo control y hacerle entender lo que la lógica nunca le permitiría racionalizar.

Lo supo desde el primer día. Las palabras que modulaban los labios de Ruth traían consigo el sonido de la voz ronca y seductora de Najib.

Sabía que estaban jugando con ella, que aquella española tenía encomendada la misión de lavarle el cerebro, de meterla en vereda para que no hiciese ninguna tontería que arruinara su misión.

Y tenían el arma perfecta para conseguirlo.

Sara era consciente de que de esos planes pendía la vida de su hijo y quién sabe si la de toda su familia.

Animada por ese pensamiento, supo que debía controlar la situación, hacerles creer que la tenían en su mano, que habían vencido y que sus métodos funcionaban, pero sin dejar de recordarse a sí misma que jamás cedería a sus pretensiones.

La habían obligado a participar en una macabra ruleta rusa, recurriendo al chantaje más vil y rastrero de cuantos pueden existir en la escala de la perversión.

Jugaría a su juego, pero lo haría con sus propias reglas.

No quería acabar como aquellas mujeres, que arrastraban los pies después de haber abandonado su cuerpo y entregado su alma.

Ellas representaban ahora el mejor espejo en el que mirarse para luchar en silencio: no rendiría el timón de su vida y de sus reacciones.

De puertas para fuera, Sara no tardó en convertirse en una de esas mujeres que, lejos de caminar, arrastraban el aliento de una vida que no había sido diseñada por ellas.

Sus miradas reptaban por el suelo de azulejo barato que alfombraba la vivienda, jamás alzarían el vuelo.

Sus gargantas, agrietadas por el silencio y la prohibición, habían olvidado hacía mucho las risas, los jadeos, los deseos, las voluntades.

Hasta sus manos huían del oxígeno, escondidas siempre en unos guantes que las tiznaban de un negro azabache; más que nunca, el color de la muerte.

Estaban lejos de parecer un grupo de jóvenes mujeres en edad de devorar el mundo y sí más bien un cortejo de viudas resignadas, entregadas a que el universo las engullera a ellas.

No se cansaba de observarlas e imaginar cómo serían las mujeres que yacían enterradas tras el amasijo de telas y paños.

Podía pasarse horas aguzando sus sentidos con el deseo de descubrir un gesto, un ademán, un suspiro, una mirada, algún detalle nimio pero alentador que le permitiera comprobar que aquellas mujeres seguían vivas por algo más que la inhalación de aire en sus pulmones.

Por un momento temió acabar como ellas, mirarse un día en el espejo del baño y descubrir que su imagen había desaparecido, y con ella, su existencia, su mundo, su nombre, su todo.

De momento iba ganando la partida: el amplio vestido en tonos pastel —rosas y azules— que Ruth le había entregado días atrás no la convertía en un bulto sospechoso tal y como ella percibía a las otras.

Era como una especie de chilaba que le cubría todo el cuerpo, desde el cuello hasta los pies, con una capucha triangular que Sara no utilizaba.

No sabía por qué su cuerpo era el único cubierto por un tejido colorido ni por qué no habían revestido su cabeza a semejanza del resto, pero, sinceramente, lo agradeció.

Quizá estaba escrutando con demasiado descaro a las otras mujeres, y al fin Ruth se acercó a ella.

—Creo que ya es hora de hacer las presentaciones, antes de que tus ojos se desgasten de tanto mirar.