Capítulo 14 #4
—Soy la mujer de Yaser… Ahora mi nombre es Arub, que significa «mujer que ama a su esposo».
No creo que pudieran haberme elegido un nombre tan certero, que me definiera tan bien.
Pero si lo prefieres, tú puedes llamarme Ruth —le dijo.
Sara no abrió la boca, aunque su gesto habló por ella: ¿cómo podía haberse casado con aquel hombre?
Ruth sonrió y decidió responder a aquella pregunta no formulada—: Me enamoré de él hace dos años, a los veinticinco.
Los dos viajábamos en el mismo autobús, hacíamos el mismo trayecto: subíamos en la primera parada del 27, la de plaza de Castilla, y bajábamos en Atocha, luego él cogía el metro, hacía dos trasbordos y llegaba a su casa.
Yaser salía de la mezquita Abu Baker de Tetuán y yo de una academia de formación de azafatas.
Prácticamente coincidíamos todos los días, pero cada uno iba por su lado.
La mente de Ruth la llevó a aquellos días; casi podía ver a Yaser de pie en la plataforma oscilante que había en mitad del autobús, justo en la parte donde el vehículo se vuelve articulado, como un fuelle de acordeón: le gustaba quedarse allí, guardando el equilibrio, sin apenas apoyarse en el pliegue de goma negra, como si batiera sus fuerzas con el mecanismo. Sonrió.
—Yo notaba que él me miraba, a veces de manera insistente, y yo también lo hacía cuando pensaba que él no estaba mirando. Me enamoré como una loca. Y sigo estándolo, como el primer día, cuando se acercó a mí tras bajar del autobús y me propuso que fuese a desayunar con él.
Las palabras salían de su boca, pero su mente estaba lejos, recordando aquel momento en que Yaser se acercó a decirle que era la chica más bonita que había visto en su vida y que si accedía a tomarse un café con él, le haría el hombre más feliz del mundo.
Ella quiso hacerse rogar pero no supo cómo; en el fondo lo deseaba más que él.
Recordaba aquella cafetería, la más bulliciosa de toda la calle, llena de gente por todos lados, con una barra tomada por decenas de bocadillos de todos los gustos, aquel penetrante olor a cocina, y las enormes bandejas de churros que iban menguando a una velocidad endiablada.
—Ese café me hizo abrir los ojos y me regaló una vida que jamás soñé tener —continuó hablando—: Me convertí al islam, me quité los vaqueros, me corté el pelo, dejé de hablar con mis amigas, que ni entendían ni respetaban mi elección.
Me alejé de mi familia, de mis estudios y de los trayectos en el 27.
En definitiva, cambié mis planes de futuro porque estaban equivocados.
«Porque aquello no estaba bien», pensó Ruth para sí. Se dio de baja en la academia y rechazó todos los trabajos de azafata para los que la llamaban constantemente porque era una de las mejores: guapa, alta, simpática… Su mirada desprendía orgullo por la decisión que tomó en su día.
—A los pocos meses nos casamos y aquí estamos. Viviendo en familia. Felices.
—Esa «felicidad» asusta.
—¿Cómo puede asustarte esto?
—¿Que cómo…?
A Sara no le ofendió la pregunta, tan solo le sorprendió que se atreviera a cuestionarla de una manera tan natural e inocente.
¿Estaba loca o ciega? No parecía ninguna de las dos cosas.
Al contrario. Pero ¿es que acaso aquella mujer desconocía su historia y sus circunstancias?
¿No había visto cómo la habían encerrado desde el día que llegó?
¿Qué es lo que no entendía Ruth de su situación?
Temió que le hubiesen lavado el cerebro y por un momento imaginó cómo debió haber sido de vital y hermosa aquella mujer que ahora contemplaba amortajada de cuerpo y mente.
—A ti no te secuestraron ni cogieron a tu hijo y se lo llevaron Dios sabe dónde. A ti no te han amenazado, ni te han golpeado. Tu historia y la mía son diferentes. ¡Yo también me enamoré! Pero mi historia no terminó bien, como puedes ver. Lo tuyo fue una elección. Lo mío no.
—Siempre es una elección, pero te equivocas si crees que tú tienes algo que ver en ella.
Es Alá quien elige, no sus hijos. Ni tú ni yo hemos elegido esto.
Él nos ha puesto en su camino y debemos completarlo para abrirnos a una vida mejor.
Si no lo entiendes de ese modo, sufrirás mucho en esta vida y harás sufrir a los tuyos.
Aquí todas hemos encontrado la felicidad…
o la encontrarán muy pronto. —Ruth miró a las tres mujeres que continuaban sentadas en el sofá—.
Ya te hablaré de ellas. Te las presentaré.
Puede que al principio te cueste entenderlas, pero luego te resultará fácil.
Pareces inteligente y seguro que tienes buen corazón.
Es todo lo que se necesita para comprenderlas y respetarlas… Y ahora come, ¡no has probado bocado!
No se vio con fuerzas ni con ánimo de seguir la invitación de Ruth.
Si antes tenía el estómago cerrado, ahora le daba la impresión de que había desaparecido, dejando en su lugar un gran agujero, el vacío.
Sara posó su mirada en la oscuridad que abrigaba el pasillo por el que las dos mujeres habían desaparecido forradas de sombras, de oscuridad.
Le costó encontrar un argumento que justificara esa supuesta felicidad en la que decían vivir.
—Lo que nos ha pasado a nosotras es muy difícil de defender ante los demás.
—Las palabras de Ruth la confundieron en un principio.
No sabía muy bien de qué le hablaba y decidió escuchar en silencio—.
Pero el amor puede con todo. Por amor se pueden hacer las mayores locuras y también las mejores proezas, aquellas de las que un día hablará la humanidad.
¿Sabes que no somos las únicas españolas que se han enamorado de hombres musulmanes, de hombres inteligentes, cultos e importantes?
Cada día somos más. Y eso nos hace fuertes.
Y sin embargo, ahí fuera la gente nos mira con desconfianza, como si estuviéramos robándoles algo, como si nuestra felicidad les ofendiera, como si nos odiaran por besar a un hombre de rasgos árabes, con la piel oscura y el cabello negro.
¿Te has fijado? Nos miran con odio porque cubrimos nuestras cabezas.
¿Es que no lo hacían nuestras abuelas cuando iban a misa? ¿Es que ya se han olvidado?
Ruth parecía exaltada, como si a su memoria hubiese regresado un recuerdo que lograra irritarla lo suficiente para transformar su rostro y barnizarlo con un halo de sudor frío.
—Nos miran como si fuéramos los culpables de todos sus males.
Para ellos somos sospechosos de todo lo que les pasa como consecuencia de sus actos.
Son unos cobardes, prefieren culparnos a nosotros antes que asumir sus propios errores.
Muchas españolas como tú y como yo están sufriendo un infierno por culpa del racismo de la gente, de la xenofobia que no les permite ver la verdad y prefieren vivir en la oscuridad y en la mentira.
Ruth calló unos segundos, como si tratase de retener el ímpetu de sus palabras, de hablar en un tono más relajado para no asustar a Sara. Ella la miraba muy quieta, a la expectativa, y la esposa de Yaser retomó su discurso:
—Hace un tiempo conocí a Helena Moreno. Ella también es madrileña, de Moratalaz, igual que yo.
Su delito fue enamorarse de un hombre que rezaba a Alá y que estudiaba el Corán: se llamaba Mustafá Setmarian.
Se conocieron, se casaron a los pocos meses y tuvieron tres hijos.
Todo iba bien hasta que dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas en Nueva York.
Entonces, todos nos convertimos en terroristas por cómo íbamos vestidos.
La gente necesitaba culpables y empezaron a cazar cabezas de turco.
Uno de ellos fue Mustafá: le acusaron de ser un líder de Al Qaeda, de ser el responsable de la yihad moderna, de tener acceso directo a Bin Laden, de aconsejarle, de guiarle intelectualmente.
Cuando conocí a Helena ella me lo negaba.
Me decía que lo único que hacía su marido era estudiar, leer y escribir, trabajar por su pueblo, por su gente, por su dios.
Y yo la creí, pero muchos no lo hicieron.
Los servicios secretos detuvieron a Mustafá en Pakistán, lo entregaron a la CIA y lo metieron en una cárcel secreta de la isla de Diego García.
Ahí desaparece su pista. Ahora no sabe nada de él.
No sabe dónde está ni si está vivo o muerto.
»Helena se ha visto obligada a vivir fuera de España, creo que en Qatar, con sus tres hijos.
Y ya no sabe cómo pedir a su país y a su Gobierno que luchen por su marido, por saber qué ha sido de él.
Al fin y al cabo, Mustafá tenía la nacionalidad española desde que se casó con ella, pero nadie le hace caso.
Ruth negaba con la cabeza de un lado a otro, parecía apenada y no apartaba los ojos de Sara, buscaba su comprensión, su apoyo.
—Y hay más, muchas más. Por ejemplo, Marisa Martín Ayuso.
Yo no la conozco, pero he oído hablar de ella, ¿no te suena el nombre?
Dicen que cuando era joven trabajó incluso con Pedro Almodóvar.
Era actriz, una mujer moderna, abierta y, según cuentan, muy divertida.
Se casó con Imad Edin Barakat y enseguida comenzaron los problemas.
También a él le acusaron de ser el líder de Al Qaeda en España, de estar implicado en el 11-S, de conocer a los suicidas de la casa de Leganés tras el 11-M.
Lo que decía su mujer, Marisa, ¡cómo no los iba a conocer si todos iban a la mezquita de Abu Baker!
—Había comenzado a alzar la voz, indignada—.
Todos se conocían, pero eso no tenía por qué significar nada.
Según contó a Sara, de nada sirvieron los ruegos de la española: metieron a su esposo en la cárcel —«Y en las peores condiciones»— y ella, con sus seis hijos a cuestas, se embarcó en una sucesión de viajes kilométricos para poder visitar a su marido en las distintas cárceles españolas, tren arriba y autobús abajo de Castellón a Zaragoza.