Capítulo 14 #3
Permaneció tres días confinada entre aquellas cuatro paredes.
De la impotencia y la desesperación inicial pasó a analizar tan fríamente como fue capaz su situación y la conveniencia de colaborar en todo lo que le pidieran.
No tenía otro remedio. Ya había comprobado que dejarse los nudillos contra las paredes no daría ningún resultado.
Tampoco estaba en situación de dudar de la palabra de Najib, no porque no le hubiese dado suficientes motivos para hacerlo, sino porque su entereza se haría añicos y, con ella, la posibilidad de volver a ver a su hijo.
Pasaba las horas contemplando la puerta de la habitación, el techo y el suelo.
No había ni una sola ventana que la comunicara con el exterior; la habría agradecido, no ya como vía de auxilio o de escape —una posibilidad que ya había descartado por completo—, sino para respirar un poco de aire fresco.
Tampoco las había en el minúsculo cuarto de baño del que disponía aquel dormitorio y que contaba únicamente con una taza de váter y un lavabo.
Le hubiese gustado darse una ducha, aunque tuvo que conformarse con asear su cuerpo por partes.
Cada vez que el cuenco de sus manos llevaba algo de agua a su cara y esta caía derramada por sus brazos, por su cuello y hasta por sus piernas, un fatídico recuerdo arruinaba aquel sosiego que había logrado a base de mentirse a sí misma: acudía a su mente el recuerdo de la sesión de introducción al rezo, cuando Najib la inició en el ritual de purificación con el agua que sus dedos iban rescatando de una pequeña fuente.
La irritaba acordarse de aquello y maldecía su memoria y su facilidad para recuperar episodios que debían permanecer ocultos, enterrados para siempre.
Día tras día, aquello le dejaba un estremecimiento eléctrico en la piel, un sabor amargo en la boca que invitaba al vómito, y un principio de migraña que intentaba atajar colocando la cabeza bajo el grifo.
No supo si se debía a una estrategia deliberada y concienzudamente orquestada por los de fuera, pero la luz de la bombilla que colgaba del techo de su habitación se apagaba cuando caía la noche.
Pensó que sería una manera de amedrentarla, de dictar sus horas de sueño, de tenerla más controlada.
No le preocupaba. Le daba exactamente igual.
La luz no cambiaba un ápice su exilio del mundo y del resto de aquella casa terrorífica habitada por sombras y silencios, y a esas alturas, con o sin luz, su memoria ya era capaz de reproducir fielmente cada grieta, cada mancha, cada objeto de aquella celda.
Dormía en una cama algo pequeña, de uno ochenta, de aspecto destartalado y sábanas y almohada limpias, aunque algo raídas por el uso.
No podía negar que fuera cómoda, aunque cualquier movimiento de su cuerpo sobre el colchón se traducía en una sinfonía de sonidos metálicos que, al principio, la obligaba a frenarse en seco para abortar el concierto.
Pasados los días, la fuerza de la costumbre hizo incluso que dejase de escuchar los ruidos de las varillas del somier.
Había una silla de madera con asiento de rejilla de color beis, tremendamente incómoda, con varios agujeros que alguien había intentado arreglar con parches inútiles.
Frente a ella, una mesa de madera oscura, desierta de todo adorno o de los consabidos cajones.
El tablero superior, vacío, presentaba unas marcas que parecían corresponder a alguna inscripción semioculta bajo una generosa y tosca mano de barniz.
Era allí donde le dejaban la bandeja de la comida que le preparaban a diario y que solía entrar una mujer oculta en telas.
Habría dado igual que lo trajese en una fuente de plata o en una escudilla: pese al olor de la comida —que dejaba en el aire el aroma de algo sabroso— no podía comer.
Tenía el estómago cerrado. Quizá su estómago entendía que dar un solo bocado a algo que habían preparado las mismas manos que la retenían en aquel lugar era a fin de cuentas una forma de rendición.
No estaba segura de que aquello tuviese algún sentido, pero tampoco estaba dispuesta a ceder tan fácilmente, a entregarse sin rebelión, por nimia que se le antojara.
Tan solo era capaz de beber el vaso de agua que la acompañaba.
Al cuarto día, la puerta de su cuarto se abrió de par en par y la mujer que le había hablado en español la observó durante unos segundos desde el umbral, en principio manteniendo las distancias. Sus ínfulas de carcelera se vinieron abajo sin dejar apenas una huella del engreimiento en su rostro.
—Tienes que comer. Sal y come conmigo. Estamos solas.
Sara no iba a creerse así como así la metamorfosis sufrida por aquella mujer, se negó a deshacer el ovillo en el que estaba convertido su cuerpo. Un nuevo intento de la mujer, esta vez en un tono algo más conciliador, la convenció a medias.
—No seas tonta. Sal y hablemos. Quizá te ayude. Quizá nos ayude a todos. Al fin y al cabo, somos compatriotas.
Al abandonar la habitación pudo comprobar que no estaban tan solas como aquella mujer le había dado a entender.
En el salón, sentadas en el sofá, vio a tres mujeres ataviadas con una vestimenta similar, siempre amplia y en colores discretos —negro, azul marino, gris—.
En la mesa del comedor, justo enfrente del sofá, otras dos mujeres terminaban de comer de una manera sigilosa y delicada, como imaginó que harían las monjas.
Estaban de espaldas al resto, ajenas a lo que sucedía, al menos, teóricamente.
Sin necesidad de darse la vuelta ni echar un vistazo siquiera, entendieron que debían ceder su lugar y se adentraron en silencio en una de las habitaciones de la casa.
Tardaron tan solo unos segundos en hacerlo, los suficientes para ajustarse el velo.
Cuando se dieron la vuelta, Sara no pudo evitar sobrecogerse: aquellas jóvenes no se limitaban a ocultar su cuerpo como las otras mujeres de la casa, más bien parecían competir por ver cuál de las dos dejaba menos centímetros de piel al descubierto.
A primera vista, le costó reconocer cuántos velos y cuán diferentes las cubrían.
Las dos vestían severos niqab , largos sayos que las ocultaban de punta a punta, uno de color negro y otro azul marino.
Sus cabezas aparecían totalmente cubiertas por otro velo que, ayudado por una doblez estratégica, llegaba a esconder por completo las cejas y caía hasta las rodillas, prendiendo los dos extremos del velo a la altura de la garganta con la ayuda de un alfiler casi invisible.
En aquel objeto tan minúsculo, en la cabeza blanca del alfiler, residía la única nota de color de aquella montaña humana de sombras.
En el obsesivo afán por no dejar nada al descubierto, las dos mujeres llevaban un tercer velo, el lizam , más corto y de un color más claro, que les cubría el resto del rostro, desde el nacimiento de las pestañas inferiores hasta el pecho.
El asombro de Sara creció más cuando vio cómo una de ellas, haciendo gala de una naturalidad que resultó hiriente, se afanaba en colocarse una ligera gasa prácticamente transparente sobre los ojos, anulando así la única parte de su rostro que quedaba sin vestir, sin ocultarse al mundo.
Volvió a ella un miedo que creía dominado.
No pudo evitar que aquella imagen sembrara en ella una consternación que tardó un tiempo en desaparecer.
Apartó la vista, necesitaba sacudirse esa impresión espectral que había grabado a fuego en su retina.
La boca del pasillo por la que las dos mujeres desaparecieron como por arte de magia estaba bastante oscura, aunque pudo discernir que la vivienda tenía tres habitaciones sin incluir el dormitorio en el que ella había estado encerrada prácticamente desde que llegó, el salón —sin duda la estancia más amplia de todas— y una puerta blanca con apariencia de armario empotrado, situada frente a la entrada principal de la casa, que según comprobaría más tarde escondía un cuarto de baño.
La cocina no superaba los dos metros cuadrados, con paredes alicatadas hasta la mitad a base de azulejos blancos y verdes, color hospital.
Una minúscula ventana era incapaz de ventilar el exceso de humo y de olores concentrados y adosados al techo, como una pesada capa de contaminación sobrevolando una gran ciudad.
La casa no estaba demasiado iluminada, en parte por la tosca cortina de color naranja que caía sobre la única ventana de dimensiones normales con la que contaba, situada unos centímetros por encima del sofá.
Ni un solo cuadro, póster o litografía en las paredes.
Ni una triste lámpara que cubriera las bombillas que colgaban del techo de cada una de las habitaciones.
Ni un solo espejo más allá de los situados en los aseos.
La voz de la mujer desconocida interrumpió su repaso.
—Siéntate. Comamos —le dijo señalando los alimentos que alguien había dispuesto sobre la mesa en pequeñas bandejas de acero inoxidable y platos de cristal.
Grandes pedazos de carne generosamente condimentados, cuencos de arroz, frutas y dulces conformaban el menú elegido.
En los vasos metálicos, agua, que a su paso por la garganta dejaba un ligero sabor a hierro, no sabía muy bien si por el recipiente que contenía el líquido o por las tuberías de la casa.
Sara no tenía hambre, pero no apuntó nada cuando la mujer le sirvió un trozo de aquella carne y la regó con una consistente salsa marrón cuya apariencia no invitaba a la gula.
—Me llamo Ruth. Y sí, soy española, como tú. ¿Pan?
Le tendió un cesto cubierto por un trapo de color verde y luego, ante el silencio de Sara, que la miraba fijamente como si hubiese visto una aparición mariana, volvió a dejar el recipiente sobre la mesa, cerca de ella, por si acaso cambiaba de opinión.