La infiel Capítulo 14
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Capítulo 14

El vacío existencial se ancló en su vida.

Desde la noche en que fue violentamente conducida a aquella vivienda anegada en un mar de tinieblas, tenía la impresión de haber entrado en una realidad diferente, como si su cuerpo hubiese atravesado una puerta y se hubiera dado de bruces con una dimensión en la que se sentía extraña, perdida.

Sin duda, el mutismo sensorial tomaba macabra forma bajo aquel techo.

El mundo se le negaba y la vida parecía contagiarse de aquella privación que los patrones del nuevo orden se encargaron de dejarle claro desde el primer día.

Al principio, el resto de los inquilinos ignoró premeditadamente su presencia, en lo que Sara tomó como un castigo cruel enviado por los dioses con el propósito de aislarla y noquearla.

Sus preguntas caían en oídos sordos; sus llamadas de auxilio eran desatendidas; sus miradas, esquivadas; su llanto, obviado; sus ruegos solo encontraban indiferencia y silencio.

Era como si una extraña enfermedad la hubiese vuelto invisible, o aún peor, víctima de un mal contagioso y mortal que todos evitaban.

Ella los veía deambular por la casa, entrar y salir a la calle, escuchaba sus conversaciones y sus rezos, olía sus comidas, las saboreaba incluso, pero se diría que nadie la veía a ella, que nadie la oía ni sentía siquiera.

Pudo comprobarlo el primer día, cuando tras armarse de valor para abrir la puerta del cuarto en el que Najib la había recluido, vio cómo la vivienda que se le antojó vacía la noche previa había tomado vida.

Le llevó un tiempo esclarecer el número de individuos que se paseaban ante su atónita y aterrorizada mirada, y en mitad de aquel crisol de nuevos rostros reconoció uno que le era familiar.

No recordaba su nombre, pero lo había visto antes…

A los pocos segundos lo ubicaba en el lugar exacto.

Sí, era él, no tenía la menor duda: uno de sus alumnos de la escuela de idiomas.

Le recordaba perfectamente. Se colocaba al final de la clase, en una de las últimas sillas.

Al contrario que Najib, que registraba hasta las respiraciones de sus profesores, este apenas apuntaba nada en su cuaderno.

Era callado, jamás hacía preguntas sobre el temario o alzaba la mano en clase, y sin embargo, sus exámenes eran casi perfectos.

No fueron pocas las veces que el claustro de profesores se preguntó si aquel joven, al igual que Najib, necesitaba de veras las clases o estaba perdiendo dinero y tiempo al asistir a unas enseñanzas que todos creían superadas.

Sus enormes ojos negros, escoltados por unas nutridas pestañas que los hacían más hermosos y le conferían un aire exótico, parecían empeñarse en reptar por el suelo, como si el joven temiera que alzar la mirada le trajese problemas.

Esquivaba saludos, sonrisas, conversaciones.

Le costaba hablar con el resto de los alumnos, comunicarse con ellos —desde luego, nunca llegó a integrarse en el grupo—.

Entraba el último en el aula y la abandonaba el primero para correr a sentarse junto a otros compatriotas en uno de los bancos del parque situado a escasos metros de la academia.

Más de una vez, mientras esperaba el autobús que la llevaba a casa o sentada en el asiento del copiloto del coche de Pedro, Sara se había preguntado por la naturaleza de aquellas conversaciones, de qué hablaría aquel grupo de jóvenes que tanta prisa tenía por reunirse en aquel parquecillo. Ahora lo sabía o, al menos, lo intuía.

Se acercó a él, como si sintiera la intrínseca necesidad de tocarle para cerciorarse de que su presencia en medio de aquella casa no era un espejismo, un engaño de su imaginación.

De pronto, sin ella proponérselo y como llegado de la nada, las letras ocuparon su lugar y conformaron el nombre que le venía rondando la cabeza.

Adel. Eso era lo que aquel muchacho escribía en el margen superior izquierdo de los exámenes: Adel Mezaine.

—¿Tú? Eres tú, Adel. ¿Qué…? ¿Cómo…? Pero… —Las palabras se agolpaban en su boca, se negaban el paso unas a otras. Igual daba. De haber podido decir algo coherente, tampoco hubiese obtenido respuesta.

El antiguo alumno la miró con desprecio primero y con una hiriente indiferencia después.

Aquella mirada era la prueba fehaciente de cómo la belleza puede ser el mejor antifaz del odio y el resentimiento más enquistado.

El cerebro de Sara parecía haberse puesto en funcionamiento y rápidamente recordó cómo había ayudado a ese chico a rellenar un cuestionario.

¿Qué era? Tenía que acordarse. ¿Qué eran aquellos papeles?

La imagen apareció nítida en su memoria: una solicitud de empadronamiento.

Ella misma le fue indicando cómo cumplimentarla de manera que no tuviese problemas con la administración.

Como si hubiese tirado de un hilo o empujado la primera ficha de dominó de una larga fila de ellas, la información le fue llegando a borbotones.

Adel necesitaba entrar en el padrón, inscribirse en el registro, porque tenía pensado casarse con su novia española.

Le habló de la consecución de una beca, de una ayuda económica por parte de algún organismo oficial.

Fue el único día que lo recordó hablador.

De hecho, le resultaba imposible recordar su voz. No la hubiese reconocido.

El recuerdo se fue terciando en una complicada madeja que pronto comenzó a llenarse de nudos; imposible localizar una hebra de la que ayudarse.

Entendió su esfuerzo vacuo, carente de toda lógica.

¿Para qué seguir recordando los detalles?

¿Qué sentido tendría? No le serviría de nada.

Seguramente todo había sido mentira, un sainete orquestado de principio a fin en el que ella había caído como una tonta.

En el mejor de los casos, la habrían utilizado.

Se sintió estúpida. Amplió su perspectiva y en ella aparecieron otros dos hombres que ni siquiera se molestaron en dirigirle una mirada: uno estaba sentado ante una mesa comiendo una suerte de empanada que devoraba a grandes bocados; el otro, el de mayor edad de todos, entraba y salía de un cuarto ubicado en el extremo opuesto al de Sara, siempre manipulando algo entre las manos.

Ninguno de los dos mereció convertirse en el blanco de su curiosidad más minuciosa.

Lo que sí atrajo su atención fue la llegada de varias mujeres, todas enfundadas en amplios y oscuros vestidos y con la cabeza cubierta con un pañuelo, un velo o una tela.

En un primer vistazo, habría jurado que eran cuatro o cinco, pero no le dio tiempo a fijarse bien porque ante su presencia algunas de ellas optaron por retirarse al interior de una de las habitaciones que nacían al final de un largo pasillo.

No sabía quiénes eran, aunque verlas calmó un tanto sus temores: creía que era la única mujer en aquella vivienda.

Tan solo una de ellas se quedó observándola con descaro en mitad del pasillo.

Parecía joven, aunque no tanto como Sara.

Vestía una amplia abaya de color negro bajo la cual se podían ver unos pantalones azul marino y unas zapatillas de felpa con una gruesa suela de goma color caramelo, de las de estar por casa.

Enmarcaba su rostro un pañuelo blanco, desde el nacimiento del cabello hasta unos centímetros por debajo de la barbilla; le cubría orejas y cuello, y solo quedaba a la vista el espacio comprendido entre la frente y la barbilla.

La peculiar mortaja dejaba al aire unas facciones casi perfectas: cejas bien delineadas en un arco pulcro, nariz recta y proporcionada, labios carnosos, pómulos altivos y pronunciados, como recién esculpidos con cincel, y unos ojos pequeños que un maquillaje casi profesional agrandaba.

La mujer llevaba en la mano un capacho de medianas dimensiones.

Durante unos instantes, ambas se observaron.

Sara advirtió que los ojos de aquella mujer desviaban su objetivo unos centímetros hasta aterrizar su mirada en el hombre que continuaba engullendo como un energúmeno.

El ambiente era asfixiante. Nadie parecía querer moverse, como si un solo gesto fuese capaz de provocar algún estallido mortal que catapultara a los presentes.

Tuvo la impresión de que algo muy grave estaba a punto de pasar, pero se sentía demasiado perdida para imaginar qué.

Todos se miraban, como si sospecharan los unos de los otros.

Y así era. Nadie pronunció una palabra, ningún ruido más allá de la desagradable batida de mandíbula del hombre.

Sara volvió a mirar a Adel. Le pareció que aquella persona había venido de otro mundo y acababa de aparecer en uno que no le correspondía.

De nuevo la teoría de Everett: en algún momento dos universos habían chocado y sus habitantes se habían caído de manera aleatoria en el mundo contrario, en el que no les correspondía, confiriéndoles una apariencia dantesca y ridícula.

—Parece que no guarda muy buen recuerdo de usted, profesora.

La voz de Najib apareció a su espalda y Sara se dio la vuelta tan bruscamente que sintió cómo crujían sus vértebras. Solo a ella pareció desestabilizarla física y emocionalmente.

—A saber lo que harías o dirías a mi pobre hermanito. —El rostro de ella dejó ver su sorpresa—. No se llama Adel. Su nombre es Yaser y sí, somos familia. Como ves, profesora, nada es lo que parece. Aún te queda mucho por aprender. Pero no te apures, nadie nace enseñado.

—¿Dónde está mi hijo? ¿Cuándo podré verle? —La pregunta valió una honda respiración de Najib, como si el requerimiento le hubiese molestado.

—Estás muy pesada. Siempre lo has sido, aunque con lo de tu hijo te estás superando.

—¿Y cómo quieres que esté? ¿Cómo estarías tú?