Capítulo 13 #4
Sara oyó su historia, escuchó hablar a Najib con los ojos muy abiertos: le contaba cómo Abdullá iba al colegio con su mochila llena de libros, igual que todos los días; cómo antes de cruzar por un puesto de control un hombre le dio una bolsa y le pidió que se la entregara a un familiar que vivía cerca de la escuela y que le estaría esperando; cómo, a cambio, aquel hombre le dio cinco séqueles, menos de un dólar.
Le contó cómo, cuando los soldados le dieron el alto y le preguntaron qué había en las bolsas, Abdullá les explicó que en una de ellas llevaba sus libros y que desconocía el contenido de la otra porque se la había entregado un hombre.
—Cuando uno de los soldados inspeccionó su interior, descubrió diez kilos de explosivos preparados para detonar a distancia mediante un teléfono móvil.
Algo había fallado, porque la bomba fue desactivada y el pequeño Abdullá volvió a casa sano y salvo, con sus padres.
Estuvo a punto de convertirse en un mártir y ni siquiera lo sabía.
Y es que no todos saben hacia dónde están siendo conducidos.
¿Te lo puedes imaginar? ¿Te haces una idea?
Las imágenes de los infantes armados quedaron suspendidas en la pantalla, como lo habían hecho sus vidas. El silencio tomó el relevo del descabellado relato de Najib.
—¿Qué has hecho con mi hijo? —preguntó finalmente, intentando que su cuerpo no desfalleciera como lo estaba ya su espíritu.
—Yo no he hecho nada con tu hijo. Todo dependerá de lo que su madre esté dispuesta a hacer por él. Dímelo tú.
Los latidos del corazón de Sara resonaban en su pecho con la fuerza de mil palomas revoloteando al amparo de inmensas bóvedas. El odio y el miedo le negaron el desahogo del llanto.
—Hazte a la idea de que está en un campamento de verano. Hace un año llorabas por conseguir plaza en uno, así que este te la he conseguido yo. En el colegio lo entenderán y tu padre también lo hará. No les quedará más remedio. En vez de en julio, se irá a principios de junio.
Najib podía ver que Sara estaba abatida.
Su rostro irradiaba una palidez enfermiza y sus labios permanecían sellados mientras su pecho se elevaba cautivo de la ira y del dolor que el visionado de aquellas imágenes le había legado, al tiempo que en su cabeza comenzaban a germinar las descorazonadas hipótesis sobre el paradero de su hijo.
Satisfecho de la superioridad que, una vez más, parecía vitorearle, alargó su brazo para acercarle el móvil.
Sara lo recogió con el mismo temor con que cogería un revólver con el que la obligaran a descerrajarse un tiro en la sien.
—Ahora llama a tu padre y dile exactamente lo que te he dicho.
Tuvo que tragar y vencer el muro de cemento construido a base de impotencia en su garganta para poder aclarar su voz, que parecía sepultada bajo toneladas de granito polvoriento.
Cuando escuchó al otro lado del teléfono la voz de Mario, sintió que las fuerzas la abandonaban y que lo único de lo que sería capaz era de romper en sollozos.
La visión de Najib y su manera de agarrarla del cuello la devolvió a la realidad.
—Papá, soy yo.
—Hija, por fin. —La alegría que había provocado en su padre escuchar su voz le hirió el corazón; sabía que muy pronto iba a destrozarle—.
Te he estado llamando toda la tarde. ¿Qué ha pasado?
¿Dónde estás, cómo está Iván? ¿Por qué no me has llamado antes?
He estado a punto de llamar a la policía.
¿Cuándo venís a casa? Por Dios santo, hija…
—Escúchame, papá. No llames a nadie. Ni siquiera a mí.
No me llames más. —Le costaba encontrar las palabras con las que mentir a su padre, pero la maldad que irradiaba la mirada de Najib le facilitó la tarea—.
Estamos bien. Todo está bien. Iván y yo vamos a marcharnos unos días.
Solo necesito un poco de tiempo. Eso es todo.
—¿Tiempo para qué? ¿Para qué necesitas tiempo?
—Mario guardó silencio durante unos instantes.
Su cerebro comenzó a diseñar conjeturas en las que padre e hija quedaban separados por culpa de un imprevisto en el camino.
Y él conocía muy bien la naturaleza del problema—.
Es él, ¿verdad, cariño? Todo esto es por él.
—No, papá. Es por mí y por Iván. Por favor, hazme caso. Confía en mí. Esto es muy importante. Tú no lo entiendes. No me llames, no me busques, no hagas más preguntas. Solo espera a que te llame. Todo saldrá bien.
—Hija, vamos a vernos y a hablarlo. Y luego, decidas lo que decidas, lo aceptaré, no haré nada para retenerte si no quieres.
Pero vamos a vernos, te lo pido por favor.
—Mario presentía que estaba perdiendo a su hija—.
Te lo ruego, no te vayas así. No desaparezcas.
No me dejes. Soy tu padre, hija. Y solo te estoy pidiendo que me des unos minutos.
—No puedo, papá. No puedo. Tengo que colgar.
La voz de su padre había supuesto un nuevo puñetazo, seco y sordo, en la boca de su estómago.
Sentía seca la garganta y una soledad asfixiante ocupaba su cabeza, a punto de reventar.
Notaba un dolor agudo en el pecho y en los ojos, como si se mostraran incapaces de seguir contemplando durante más tiempo el espectáculo dantesco que se había improvisado ante ellos.
Las palabras de su padre se reproducían una y otra vez en su cerebro, lacerándolo y haciéndolo más pequeño.
Aquel eco solo desapareció durante unos instantes, cuando la voz de Najib volvió a alzarse para ocuparlo todo.
—«Se os ha prescrito para combatir contra los que se nieguen a creer, aunque sea odioso», dice el Corán, aleya 214, sura 2. —La miró como quien contempla a un animal desvalido y duda entre abandonarlo a su suerte o apiadarse de él.
Sara odió su voz tanto como antes la había amado.
Aborreció sus tonos y sus inflexiones. Detestó el artificio de aquellas frases aprendidas de memoria.
Abominó de su presencia, de su olor. Maldijo a la vida por haberlo puesto en su camino y deseó que el cielo hubiese acabado con ella, con él, segundos antes del primer contacto con aquel monstruo de mirada oscura como las tinieblas.
Najib la había convertido en una destartalada marioneta a la que manejaba con hilos toscos. Estaba en sus manos. Las mismas manos rebosantes de odio y hambrientas de muerte con las que jugaba a fabricar su maldito destino.