La infiel Capítulo 7
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Capítulo 7

Agradeció la vuelta a la rutina. El reencuentro con los de siempre, en especial con Pedro, Carol y doña Marga, la estresada directora de la escuela que ya desde el primer día sumergía su nariz aguileña entre los libros repletos de nombres y apellidos, horas, fechas, direcciones, anotaciones a lápiz y con tinta roja, itinerarios y propósitos para el nuevo curso.

«Este año no llegamos. Este año, no». Era la misma retahíla que cada curso salía de su boca.

Los más veteranos nunca supieron con seguridad si se refería al número de alumnos, al de profesores, a las clases, al temario, a las matrículas o al dinero, porque cualquier pregunta lanzada al vuelo interesándose por aquello que tanto le perturbaba era sencillamente ignorada por la directora, inmersa en un rebuzno interior, poseída por el espíritu pesimista e histérico del conejo blanco de Carroll en Alicia en el país de las maravillas .

Sara tuvo que centrarse en los nuevos planes de estudio, la llegada de nuevos profesores y alumnos, los nuevos horarios, la organización de tutorías…

Todo lograba vivificarla como lo hace el regreso al hogar después de años de ausencia.

La vuelta a una vida regular la ayudaba a olvidar las tensiones y los silencios del verano.

Prefería estar ocupada, con la agenda a rebosar de citas, tareas y obligaciones.

Por eso se entusiasmó como ningún año anterior con la pesada y agotadora parafernalia que el nuevo curso de Iván imponía: forrar los nuevos libros, organizar el nuevo material escolar —carpetas, bolígrafos, cuadernos, calculadora, diccionarios…

—, y sobre todo ocuparse de la necesidad imperante de elevar una talla el uniforme escolar, en virtud de la revolución que comenzaba a emanar de su pequeño cuerpo infantil.

Todos los esfuerzos eran pocos para recuperar la ansiada rutina; estaba convencida de que aquello contribuiría a asentar sus ideas y las de quienes la rodeaban.

Ese codiciado proceso también incluía el deseo de recuperar su vida, su libertad de movimientos y, en especial y sobre todo, a Najib.

Le había echado de menos como jamás pudo imaginar que extrañaría a nadie.

Durante aquellos días de asueto vacacional con la familia abrazó una extraña sensación de vacío, nueva para ella hasta entonces.

Aquella desconocida emoción no compartía ninguna similitud con la añoranza que se apoderaba de ella cuando su hijo o Mario estaban lejos.

Era un estremecimiento radicalmente distinto a lo que, hasta el momento, había experimentado.

Los recuerdos fueron el único bálsamo que alivió la carga de la separación, la distancia y la casi nula presencia telefónica entre ambos.

Fue una decisión suya, madurada y consensuada con Najib, que respetó su petición de no llamarla en todo el tiempo que estuviera con su familia de vacaciones.

No quería caldear más los ánimos, que entraron en ebullición cuando Sara intentó hablar sobre Najib con su padre, como había imaginado hacer durante el periodo estival.

Las vacaciones en familia se habían columpiado en algunas tensiones motivadas por la nueva compañía que había aparecido en su vida.

A Mario no le gustaba el chico que amenazaba con perturbar el mundo de su hija, a pesar de que ella no pudiera borrarle de su piel, de su boca, de su mente.

Por eso evitó cualquier conversación que girase en torno a aquel asunto.

Mejor no mentarlo, dejarlo enfriar para luego servir.

El otoño no trajo grandes cambios en la escuela de idiomas.

Todo seguía igual, excepto por ciertas novedades que lograron alterar la vida de algunos profesores.

Pedro parecía haber superado, al menos en parte, la pérdida de su madre y permitía que su mirada dulce y su sonrisa de bohemio cautivador volvieran a brotar en su fisonomía.

Carol había vuelto con una noticia inesperada para todos: un embarazo de tres meses y medio que había callado hasta entonces para no echar las campanas al vuelo demasiado pronto, ya que sus anteriores embarazos no habían logrado superar la barrera de las diez semanas.

Llegó también un nuevo profesor de francés y portugués, monsieur Louis Émile Fontaine, joven, culto, un tanto tímido y algo espigado, que pasaba a ocupar la vacante de don Venancio.

El aire de actor francés de monsieur Fontaine tenía revolucionado a parte del profesorado femenino y preocupada a doña Marga, que, después de la desagradable experiencia de Pedro con una alumna, temblaba cada vez que un profesor apuesto hacía su aparición y sus clases se llenaban de jovencitas repentinamente deseosas de iniciarse en un nuevo idioma.

Sin embargo, doña Marga tenía cosas más importantes de las que preocuparse y no precisamente como directora de la escuela.

Desde el primer día del curso académico pasaba a recogerla un señor de mediana edad, de porte elegante y con unos enormes bigotes en un rostro de claro perfil aristocrático, al volante de un coche de gama alta, que la esperaba sin quitar la vista de la entrada principal de la escuela, ya le tocase aguardar cinco minutos o más de media hora.

Cuando por ella aparecía doña Marga, él apagaba y encendía las luces de su automóvil advirtiéndola de su presencia, y no pasó mucho antes de que el misterioso acompañante de la directora se convirtiese en la comidilla de los improvisados corrillos de los profesores: «Es un marqués que acaba de quedarse viudo», «Un rico empresario gallego que ha decidido venderlo todo para entregarse a la buena vida», «Un millonario sueco que ha hecho fortuna viajando por el mundo y viene a dilapidarla en España»…

Todos comenzaban el curso con novedades personales en su mochila académica.

También Sara, aunque desistió de compartirlas por mucho que deseara hacerlo.

La mala acogida que había tenido su relación con Najib por parte de su padre, de quien esperaba una mayor comprensión e incluso una complaciente bendición, dinamitaron sus ganas de hacer partícipes a terceros de su secreto romance.

De momento sería ella quien seguiría disfrutando de aquella situación en el mayor anonimato posible, hasta que la vida decidiese lo contrario.

Había acordado no torturarse más con aquello.

El verse alejados durante el mes de agosto les había devuelto aún más sedientos el uno a los brazos del otro.

La necesidad de verse a escondidas, sobre todo en casa de Najib, incentivaba aún más su deseo de estar juntos y pronto el deseo se materializaba en jadeos, en pasión desbordada, en jornadas maratonianas de sudor compartido, en un apetito desmesurado por tocarse, lamerse, dejando sus cuerpos al albur de una libertad inexistente en la calle, amedrentada por las miradas inquisitorias que acechaban en el exterior.

Tampoco renunciaban a salir a tomar una copa, a cenar en un restaurante o a disfrutar de una sesión de cine nocturna, siempre evitando la zona familiar y la de la escuela de idiomas.

No necesitaban grandes planes ni escapadas; les bastaba un paseo por el barrio para compartir vida y descubrirse un poco más en cada momento.

Una simple conversación era motivo suficiente para asentar un bienestar que Sara percibía cada día más auténtico y cercano.

—¿Sabes que hace años esta zona no solo se llamaba Tetuán?

—le dijo él. Caminaban juntos por aquel barrio—.

Tenía además un apellido ilustre: Tetuán de las Victorias.

Al parecer fue en esta zona donde se asentaron sus primeros pobladores, que no eran otros que las tropas del general O’Donnell a su regreso de África.

Era el año 1860 y con esos soldados llegaron las construcciones de casas bajitas, los menestrales, que, como ves, han permanecido en el tiempo.

Cuando en el siglo siguiente el Tetuán marroquí dejó de ser la capital del protectorado español, este barrio se convirtió de la noche a la mañana en el centro de reunión de los musulmanes.

Por eso te digo siempre que este lugar es mi cuna: cuando paseo por sus calles, respiro el mismo aire que respiraron mis antepasados y me siento como en casa.

Sara, que como casi siempre que él hablaba le miraba embelesada, ya sabía que para él aquel barrio del norte de Madrid tenía algo mágico, algo prodigioso que le hacía sentir bien. Najib la miró y sonrió.

—Me gusta mucho este lugar.

—¿Por eso os quedasteis en esta zona al llegar a España?