Capítulo 6 #2
—Es mi casa, no sé si te acuerdas. ¿Dónde quieres que esté?
—replicó él aliviado al ver llegar a su hija, con quien no tardó en fundirse en un largo y sentido abrazo.
Le gustaba aquella sensación de tener a su pequeña nuevamente entre sus brazos: aquel arrumaco sincero tenía la facultad de devolverle, aunque fuera por unos segundos, su papel de protector, un rol que no estaba dispuesto a abandonar por mucho que comprendiera que la vida tendría otros planes para ella—.
Valiente recibimiento. ¡Que qué hago aquí, me dice!
Si llego a sospechar tanto entusiasmo, me quedo en Pechón.
—No seas tonto. Me refiero a que llegas casi tres horas antes de lo previsto. Tenías que haberme avisado. Podría haber ido a buscarte al aeropuerto y luego los dos juntos habríamos ido a recoger a Iván. ¿Por qué no llamaste?
—Lo he hecho. Y lo hice ayer. Pero me saltaba constantemente tu buzón de voz. Debes de tener quince o veinte llamadas perdidas mías. Por cierto, ¿dónde estabas? —Echó un vistazo de nuevo a su reloj: las nueve menos cuarto.
Ese tipo de preguntas no ayudaba a rebajar la temperatura sanguínea que seguía recorriendo las venas de su todavía destemplado cuerpo como si fuera la lava de un volcán en permanente erupción.
—Salí un momento a… —No estaba acostumbrada a mentir y mucho menos a su padre. Odiaba verse en esa situación. Sabía que no era buena disfrazando la realidad y eso la incomodaba aún más—, a comprar algo de pan para el desayuno. Pero no sé qué habrá pasado que la panadería estaba cerrada.
—Juraría que estaba abierta cuando pasé hace veinte minutos en el taxi que me trajo del aeropuerto… —comentó Mario mientras cogía su maleta del suelo, sin que su observación contemplara ningún atisbo de maldad, y mucho menos de sospecha.
—Bueno, papá, me refiero a que no tenían lo que yo quería. Así que como si lo estuviera. En esa panadería cada día tienen menos cosas. No sé ni para qué voy.
Por fin en casa. Sara ayudó a su padre a entrar el resto del equipaje y sin dignarse a echar un vistazo a lo que se escondía en esas bolsas de regalo, como hubiese hecho si una desconocida zozobra histérica no le estuviera martirizando el estómago, corrió al cuarto de baño con la excusa de una urgencia.
Abrió el grifo del lavabo para refrescarse la cara.
Repitió el gesto sobre las muñecas y el cuello y, sin dejar de correr el agua, observó su rostro en el espejo.
Descubrió un sutil rubor en sus mejillas y temió haberse delatado.
La abominada normalidad. La bienvenida a la rutina.
De nuevo las preguntas las hacían otros y no ella.
Se alegraba de ver a su padre, pero el reencuentro había sido demasiado precipitado.
La máquina de la desconfianza empezó a engrasar motores en su interior y temió que su padre intuyera algo, como si su perspicacia de académico jubilado —la misma que detectaba a los alumnos copiando en sus exámenes— le hubiera informado de los movimientos de su hija durante su ausencia.
Intentó recuperarse del sobresalto. Respiró hondo tres veces, exagerando la inhalación tal y como él mismo le había enseñado cuando era una niña, y salió de su escondite.
—Y dime, ¿cómo ha ido todo? ¿Cómo siguen las cosas por el pueblo?
—le preguntó—. ¿Estaban todos, alguna baja?
Y tu amigo Gerardo, ¿se ha echado novia por fin?
¿Vendió el terreno aquel que le quería quitar el Ayuntamiento?
¿Qué pasó al final con el vecino que electrificó el vallado para que no le entraran las vacas en su propiedad?
Su desaforada palabrería contrastaba con el mutismo de su padre, que no pudo disimular el gesto de extrañeza ante la incontinencia verbal de su hija.
A punto estuvo aquel mohín paterno de pararle el corazón por tercera vez en la misma mañana.
«Sabe algo, seguro que sabe algo. Alguien me habrá visto con Najib y le habrá ido con el cuento.
Como si lo viera. Lo sabe. Seguro que lo sabe.
Si no, no me estaría mirando de ese modo».
Las revoluciones de sus pensamientos chirriaban en el interior de su cerebro, que imaginaba echando humo.
—Pero ¿qué te pasa, hija? Estás acelerada y cuando te atollas es porque algo sucede. ¿Va todo bien?
El diagnóstico de Mario, lejos de inquietarla, logró calmar su desasosiego al ver alejarse de su horizonte la sombra del peligro de una sospecha paterna.
—Todo va perfecto, papá. —Pudo notar cómo sus músculos faciales se relajaban y aprovechó para plantarse y darle un sentido beso a su padre—. De hecho, no podía ir mejor. Ya tendremos tiempo de hablar. Tengo muchas cosas que contarte.
El regreso de Iván transcurrió mucho más tranquilo, todo según lo previsto.
A las doce en punto llegaron al patio del colegio los autobuses repletos de niños, que bajaban hartos del maratoniano trayecto desde los Picos de Europa y deseosos de avistar a los suyos en medio de una multitud.
Por su parte, los padres esperaban ansiosos a que se abrieran las puertas de los autobuses, dispuestos a lanzarse sobre ellos después de tanto tiempo de ausencia.
Los niños llevaban en las manos regalos que ellos mismos habían hecho en algún taller del campamento —desde cartulinas dibujadas con diferentes trazos y colores hasta objetos multiformes a base de piedras, ramas, hojas y barro—.
Sara buscaba inquieta la negra cabellera de Iván.
La memoria le devolvió la ropa con la que se fue hacía tres semanas —pantalón beis, camiseta verde, gorra azul marino y una pequeña maleta roja y amarilla—, y buscó su réplica entre la jauría de infantes desatada en medio de la explanada del centro escolar. Sus ojos no conseguían divisarle.
—¿Le ves, papá? —La negativa del abuelo no hacía más que incrementar la ansiedad materna—. ¿Puedes verle? —Ninguno era Iván. Todos gritaban demasiado. Pasaron unos minutos hasta que la voz del pequeño llegó a los oídos de su madre.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Estoy aquí! —Iván agitaba los brazos intentando captar su atención—. ¡Ven a ayudarme, que yo solo no puedo con todo esto!
Mario y Sara corrieron hacia el autobús junto al que se encontraba el chaval. Además de la maleta, traía un verdadero arsenal distribuido en varias bolsas y mochilas.
—Ha sido imposible convencerle de que lo dejara todo allí arriba —les dijo una de las monitoras que se había acercado a ellos por la espalda.
Le revolvió el pelo al pequeño, en un gesto cariñoso—.
Es un niño estupendo, no sabe lo bien que se ha portado, ¡aunque no ha parado un momento!
, ¿verdad, Iván? —Avistó de pronto a otros padres con los que parecía urgirle hablar—.
Que pasen un feliz verano. ¡Hasta el año que viene!
Después de aquello, el día se llenó de anécdotas, historias, cuentos, recuerdos, regalos, cotilleos que salían en tropel de la boca de los recién llegados y colmaban los oídos de Sara, atrapando todo el interés de la jornada.
No hubo un minuto de descanso, ni siquiera durante la otrora intocable siesta que, por una vez y sin que sirviera de precedente, desapareció de la agenda de Mario.
La retahíla de leyendas, chismes, sucedidos y evocaciones dramatizadas de las vacaciones no daba tregua ni respiro al silencio.
Habían entrado en una espiral que no cesó hasta que el sueño venció a los narradores de tan insignes aventuras.
Primero acostó a Iván, roto por el cansancio y el cúmulo de adrenalina prodigada durante el día.
Probablemente ni sintiera el beso de buenas noches de su madre, el primero después de una sequía de ellos que el pequeño extrañó especialmente durante la primera semana de campamento.
También Mario llegó con ganas de cariño y atenciones, pero sobre todo de parlamento, de conversación, de confidencias con su hija, con quien el diálogo y la oratoria tomaban forma de ring dialéctico.
Ambos estaban tan cansados que hubo que aplazar el asalto al día siguiente.
Cuando cayó rendida en la cama, con el cuerpo convertido en un contenedor de tensiones, nudos y cansancio, Sara se sintió culpable.
En todo el día no había tenido un minuto para dedicarle a Najib.
Ni siquiera treinta segundos para pensar en él.
Le sorprendió aquel vacío emocional: ¿cómo era posible?
Tan solo unas horas antes su cuerpo se sentía incapaz de pasar un segundo privado de la adictiva compañía de aquel hombre y, de repente, el olvido más absoluto.
Demasiadas sensaciones, demasiado ruido a su alrededor.
Demasiada de la, hasta hace unas horas, temida normalidad.
Mañana intentaría hablar con él. Recordó que su teléfono móvil seguía olvidado, abandonado en el cuarto de su amante, en algún rincón del dormitorio donde moraba veinticuatro horas antes.
Se preguntó si habría recibido alguna llamada de su amor, si él se habría dado cuenta de su olvido, si habría encendido el móvil y la curiosidad o la soledad le habrían llevado a abrirlo y curiosear entre sus botones, como seguramente hubiese hecho ella si la situación fuera la inversa.