La infiel Capítulo 6
17%

Capítulo 6

La pérdida del Paraíso debió de ser algo parecido.

Fue el primer y único pensamiento que le cruzó la mente cuando la claridad del sol entró en la habitación a través de las rendijas de la persiana, diminutas pero de proyección abismal, y la obligó a abrir los ojos.

Veinticuatro horas y el vergel terrenal al lado de Najib se desvanecería.

No estaba dispuesta a consentir que desapareciera sin más, pero era consciente de que la intensidad se rebajaría y lo entendió como una cruel e inoportuna injusticia.

¿Por qué? ¿Dónde residía el pecado que exigiera semejante penitencia, donde un día sin él representaría una vida en el infierno?

Era adulta desde mucho antes de su mayoría de edad, independiente por méritos propios, trabajaba, pagaba sus impuestos, cuidaba y protegía a su hijo como buena madre que se consideraba, amaba a su padre —y a su madre, aun en el recuerdo—.

No hacía mal a nadie, no incumplía los sagrados mandamientos y, sin embargo, un tremendo castigo amenazaba con apartar de su lado a la persona con la que quería pasar no sabía si el resto de sus días, pero al menos una buena parte de ellos.

Faltaban solo veinticuatro horas para que regresaran Mario e Iván; uno de su retiro espiritual en Pechón, otro de su campamento de verano en los Picos de Europa.

Tanto Najib como ella sabían que el mes de agosto sería un dique en su relación: el futuro inmediato de Sara consistía en pasar quince días junto a su familia y en esos planes no había aforo para su presente.

Quince días. Dos semanas. Bien podía asemejarse a una eternidad después del intenso maratón de encuentros, uniones y perfecta convivencia.

En un principio pensaron en salir su última noche juntos antes de la gran separación, cenar en algún lugar idílico, tomarse una copa en una terraza tranquila y quizá que el amanecer los encontrara en alguna discoteca de moda de la capital, que comenzaba a prepararse para la espantada de agosto.

Pero la necesidad de estar uno pegado al otro y no admitir la distancia que supondría una mesa y un mantel entre sus cuerpos les hizo replantearse la velada.

Se quedarían en casa de Najib, su santuario particular durante los últimos días.

Allí planificaron una cena —fría por la comida que colmaba sus platos, no por sus miradas ni por sus secretos a la luz de las dos velas que él había comprado y encendido para la ocasión—, y hablaron, rieron, protagonizaron silencios cargados de sueños y fantasías, se abrazaron y se amaron sin descanso, sin mesura que entorpeciera su entrega, como si el calendario les negara pasar más hojas.

Solo se concedieron un respiro cuando la sed amenazó con agrietarles la garganta y Najib abandonó su privilegiado lugar entre las sábanas para regresar a los pocos segundos con una botella de agua recién salida de la nevera.

Apoyado en el marco de la puerta, bebió de la botella observando a Sara, que le esperaba para aplacar su sed.

—¿Quieres bailar? —le preguntó él mientras dejaba la botella sobre la cómoda y buscaba algo en las repisas del estante superior—. Aquí está. Esta canción me encanta. ¿Te suena Steve Earle?

Colocó el CD en el reproductor y se dirigió a la cama, no sin antes recuperar la botella de agua, que ofreció a Sara.

Cuando la música inundó cálidamente la habitación acompañada por una voz rasgada, le tendió la mano y ella aceptó, sorprendida aún por la inesperada propuesta.

Estaban desnudos, tan solo cubiertos por un tenue haz de luz que proyectaba contra sus cuerpos la esplendorosa luna llena que gobernaba la noche.

Najib la estrechaba contra su desnudez, como si no se cansara jamás de recorrer su piel, de olerla, de mirarla, de sentirla, de acariciarla.

Sus manos no podían permanecer quietas en la cintura de Sara, necesitaban explorar más allá, en busca de territorios ya conquistados y otros ávidos por reconquistar, como le confesó el primer día que sus cuerpos se convirtieron en uno.

—Es la primera vez que bailamos. Deberíamos hacerlo más.

—Te voy a echar de menos —respondió Najib como si no hubiera escuchado el comentario—. Espero que no bailes con nadie más. Creo que no podría soportarlo.

—Te aseguro que no lo haré. Al menos de esta manera. —Levantó la cabeza, instalada plácidamente sobre el pecho de él, y buscó sus ojos negros, que en aquella penumbra resplandecían con un brillo mayor—. Solo serán quince días y créeme si te digo que se me hará más largo que a ti.

—Júrame que vas a volver, que no te olvidarás de mí, que regresarás a mis brazos tal y como estás ahora.

—Su tono se tornó serio, como si presagiara un posible abandono, como si pensara que ella no iba a volver.

Sara pudo notar que el cuerpo de Najib se tensaba y que incluso cesaba el ligero balanceo al son de los compases de aquella melodía—. Júramelo.

—No puedo creer que lo dudes. No lo hagas.

—Necesito que me lo jures.

—Te juro que volveré y vendré a ti nada más hacerlo.

—Si vuelves, ya sé que no te irás. De eso me encargaré yo. Tú solo regresa a mí y yo haré el resto.

El liviano contoneo de sus cuerpos volvió a envolverlos.

—No había escuchado nunca esta canción —reconoció Sara—. Me gusta.

—«John Walker’s Blues». Es una de mis preferidas. Su letra alberga una historia apasionante. Algún día te la contaré.

La inevitable curiosidad de Sara ni siquiera se interesó por conocerla, tampoco prestaba atención a las palabras, apenas oía de fondo la música.

Prefería continuar acunada contra el pecho de Najib, sin preocuparse por más historia que la que se encontraba escribiendo en aquel momento, con ellos como únicos protagonistas.

¿A quién podían importarle los entresijos de aquella tonada con ecos country?

¿Acaso sería más importante que lo que tenía entre manos?

¿Por qué iba a interesarle? ¿Qué era aquello que podría desviar su atención de la piel suave y aterciopelada de su pareja de baile?

Lo descubriría tarde, cuando ya no hubiera remedio.

Fue allí donde le sorprendió el alba, profeta del despertar de aquel sueño abrazado durante años y vivido intensamente en las últimas jornadas.

Sara miró el pequeño reloj despertador que parecía observarla con la misma insistencia con que ella pretendía esquivar su visión.

Eran las siete y cuarto de la mañana. Tenía que irse.

Salir de aquella cama. Abandonar el calor almacenado bajo sus sábanas donde quedaba el testimonio de un amor vivido y sentido, nunca antes experimentado.

Alejarse del cuerpo de Najib, de sus caricias, de sus palabras, de su pasión, de sus enseñanzas, de su fervor.

Faltaban solo cinco horas para la llegada del autobús que traía a Iván de vuelta a casa y solo la visión de ese momento logró que desapareciera la tristeza de su semblante y se borrase el gesto mustio que se había apoderado de su expresión nada más despertar.

Tenía muchas ganas de verlo, de abrazarlo, de comérselo a besos mientras él —ya lo sabía ella— apartaría la cara muerto de vergüenza al tiempo que le diría: «Aquí no, mamá, que me ven mis amigos».

Estaba impaciente por escuchar sus historias, por ver cómo las prisas por ponerla al día provocaban un aluvión de palabras que se amontonaría en su boca y tropezaría con su lengua, poniéndole aún más nervioso.

¿Cuánto hacía que no lo veía? Veinte días.

Casi tres semanas. El mismo tiempo que había pasado con Najib.

Ahora la normalidad, la rutina, la vuelta a la realidad urgía en la puerta, la golpeaba sin piedad reclamando su espacio y protagonismo.

Camino de su propia casa, a quien encontró Sara aporreando la puerta, dejándose los nudillos y fisgando como un vulgar ladrón entre los cristales de la puerta del portal fue a su padre.

Mario había adelantado su regreso. No fue por voluntad propia: un cambio de última hora acordado por la compañía aérea había decidido adelantar dos horas y treinta minutos su vuelo para evitar problemas con una supuesta huelga encubierta del personal.

Se le informó del cambio a través de un breve mensaje enviado a su teléfono móvil y ahora aquel inesperado adelanto y el fortuito olvido de sus llaves le mantenían inquieto frente al portal de su casa, con su maleta de piel marrón, unas bolsas que parecían llenas de regalos para la familia y una obcecación enfermiza por lanzar miradas rápidas a la esfera de su reloj de muñeca, sin que sus alterados ojos pudiesen siquiera concretar la hora.

Parecía desesperado, perdido, y su cara mostraba la misma expresión de abatimiento que un niño al que la mano de su madre soltó en mitad de un mercado: recorría un trayecto imaginario trazado por su impaciencia, de un lado a otro de la calle, intentando encontrarle sentido a la situación en la que se encontraba mientras marcaba desesperado un número de teléfono del que no recibía ninguna respuesta.

Sara se tanteó el bolsillo del pantalón.

Vacío: había olvidado el móvil sobre la mesilla del dormitorio de Najib, junto al despertador.

La sangre de todo el cuerpo empezó a incendiarla por dentro, hasta alcanzar una temperatura que a punto estuvo de hacerla entrar en ebullición.

—Papá, pero ¿qué haces aquí? —La pregunta adquirió un tono más cercano al reproche que a la sorpresa por lo imprevisto del encuentro.