Capítulo 2 #2
En pocos minutos, lo que había comenzado como una aciaga confidencia entre profesores se extendió a la velocidad de la luz, ensombreciendo la fiesta de manera brusca y precipitada, y actuando de contundente catalizador para dispersar a los asistentes.
Del espíritu festivo de la reunión, de las batallitas de don Venancio, de las charlas con los profesores o los chistes de los alumnos, solo quedó un ambiente cargado por el humo de los cigarrillos, los restos de comida desperdigados en algunos platos de plástico y los globos y los carteles de despedida al viejo profesor, hechos con cartulinas de colores chillones que por entonces se antojaban ridículos al chocar de frente contra el sentir general.
Todos fueron abandonando la escuela, solicitando que se les informara del estado de la madre de Pedro en cuanto supieran algo, y ofreciéndose para lo que fuera menester.
Sara volteó de nuevo su muñeca izquierda para ver que las agujas del reloj habían avanzado mágicamente hasta la una de la madrugada.
Miró a su alrededor y comprobó que casi todos habían abandonado las instalaciones.
Quedaban muy pocas personas, algunas de ellas recogían las mesas, otras cerraban las aulas con llave y apagaban las luces.
Palpó el bolso con la mano hasta que dio con su teléfono móvil, que descansaba en uno de los departamentos exteriores.
Desplazando apresuradamente el dedo pulgar por el botón del menú, buscaba desesperada la letra P donde encontrar el número de su padre.
Ese era uno de los problemas que habían llegado de la mano de los móviles: con las agendas electrónicas, había volado la costumbre de saber los números de memoria.
María. Mamen. Marta. Médico papá. Mercedes.
Mica. MIGUEL. Durante unos segundos el nombre de su ex ocupó la pantalla, y mantuvo su dedo a una distancia mínima del botón mientras esperaba la confirmación de su cerebro sobre lo que por un momento cruzó su mente.
Al final desistió de apretarlo y continuó la afanosa indagación.
Mónica canguro. Nacho. Nuria. Ocaña. Oriol.
Sus ojos radiografiaban el menú del móvil afanándose en encontrar la P.
Paloma. Pancho. PAPÁ. «¡Por fin!». Antes de que la yema de su pulgar pulsara la ruedecilla del móvil sobre el nombre que aparecía sombreado en la pantalla, una pregunta la devolvió a la escuela de idiomas:
—¿Está bien? ¿La puedo ayudar? —La pregunta viajaba a lomos de una voz firme y rotunda que sus oídos habían escuchado con anterioridad, e hizo trizas su ensimismado letargo.
Él debió de ver la sorpresa en su gesto porque al momento añadió—: Perdone.
No quería asustarla. Es que parecía preocupada, como ida, que decís aquí en España.
—Era una de sus coletillas preferidas, tan recurrente como innecesaria, ya que su dominio del idioma era más que aceptable.
—No. No, Najib, estoy bien, muchas gracias —acertó a pronunciar sin tener muy claro si lo que decía era cierto—.
Estaba buscando el teléfono para llamar a un taxi.
Con todo esto de Pedro, me he descolocado un poco…
—Miró la cara de su alumno, ¿se habría explicado con claridad suficiente?
Por un momento, temió que el español de Najib no fuera tan bueno como todos creían y decidió probar con algo menos coloquial—: Ya sabes, me he descentrado un poco…
, despistado, desconcertado, perdido… —Temió que se le acabaran los sinónimos sin entenderse.
—La he comprendido perfectamente, no se preocupe. Mire, es tarde, aquí ya no queda casi nadie, es viernes noche y en esta zona podría esperar más de una hora a que le envíen un taxi. Yo tengo coche y si usted quiere podría acercarla a su casa.
Sara dudó. No le convencía la idea de que uno de sus alumnos la acompañara hasta su domicilio, tenía demasiado presentes las palabras de Pedro y del resto de sus colegas advirtiéndola de la necesidad de marcar bien y desde el principio el territorio de cada uno para acotar correcta y profesionalmente los límites de la confianza y del respeto.
Pero en ese momento no se trataba de echar un pulso para ver quién mandaba más o menos: Pedro no estaba y ninguno de los profesores se había brindado a llevarla, así que si sus prejuicios u ofuscaciones dejaban pasar por alto aquel amable ofrecimiento, en aras de un supuesto grado de respetabilidad o de malentendida superioridad, iba a quedarse tirada en un Madrid desierto de taxis, y ella lo único que quería era llegar cuanto antes a casa.
La confusión la amordazó durante unos segundos que a ella le parecieron horas, y a juzgar por la reacción de su alumno, se diría que había dado voz a sus elucubraciones sin darse cuenta.
—Discúlpeme —le dijo Najib—, no he querido incomodarla. Nada más lejos de mi intención. Solo pensaba que quizá necesitaría mi ayuda. Entiendo que no se encuentre cómoda. Lo comprendo perfectamente, he metido la plata…
—La «pata»… Se dice la «pata», y no has hecho nada de eso.
Al contrario. —Respiró hondo mientras dibujaba una sonrisa en su boca—.
La verdad es que me vendría de perlas. He llamado a mi padre, pero como tenía gente en casa, que, por cierto, están todos esperándome, no habrá escuchado el teléfono.
—Hizo una breve pausa y añadió sin pensárselo dos veces—: Mi novio está de servicio y no me gustaría tener que molestarle.
No supo a cuento de qué había venido aquella mentira absurda y precipitada, totalmente innecesaria, tejida al calor de una seguridad ficticia.
Le pareció una reacción absurda e infantil, pero ya lo había dicho y no había vuelta atrás: no cabía rectificación posible a no ser que insistiera en mostrar toda su torpeza a la hora de encarar una situación, a priori , normal.
Temió que su alumno especulara para sí sobre lo tonta y ridícula que era su profesora, y una vez se subieron al coche, viajó con esa incertidumbre durante todo el trayecto, alimentando su temor conforme las ruedas avanzaban.
Se habría empachado de vergüenza si la voz ronca y profunda de su improvisado chófer no hubiese roto el silencio que se había instalado entre ellos desde que Najib introdujo en el GPS la calle y el número de la casa de Sara.
—Me ha gustado mucho ser su alumno —dijo de pronto—. He aprendido mucho. Se lo agradezco de verdad. La echaré de menos como profesora. Es usted muy buena.
—¿Es que vas a dejar la escuela?
—La semana que viene, sí.
La noticia la pilló por sorpresa, aunque, sin saber muy bien el motivo, también logró tranquilizarla.
—¿Por qué? —preguntó entre la curiosidad y el temor a pecar de indiscreta.
—Por trabajo. Mi jefe quiere emplearme más horas y no me va a quedar hueco para sus clases. Pero en cuanto tenga algo de tiempo libre, le prometo que volveré. Ya lo creo.
Sara reconoció el principio de su calle y respiró aliviada. Por fin. En cuanto subiera a casa iba a ir directa a achuchar a su hijo; puede que incluso se acurrucara junto a él y decidiera dormir toda la noche en su cama, aunque fuera demasiado pequeña para los dos.
—Es aquí, Najib —dijo mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad, aún con el coche en marcha, como si ese gesto le garantizara llegar antes al destino—. En ese portal, donde el luminoso blanco y azul de la tienda de ordenadores.
Cuando el automóvil se detuvo frente al número 8 de la calle Trinidad, el joven puso los intermitentes y bajó del coche a una velocidad de vértigo.
Sara no esperó a que —movido por una regla fundamental de todo caballero español, tal y como lo hubiese definido su padre— el muchacho abriera diligentemente la puerta del copiloto.
Cuando llegó a su altura, ella ya se había apeado del vehículo y recogido su maletín y su bolso.
—Mil gracias, te agradezco…
—Por favor —dijo indicándole con el brazo el camino hacia su portal—. La acompaño. Este barrio, por lo que veo, está un poco solitario. Así me quedaré más tranquilo.