Capítulo 2
Al principio no le entusiasmaba la idea de terminar la semana mordisqueando sándwiches rellenos de pasta de salmón, atún, queso, tomate, mayonesa y fiambres varios, y bebiendo refrescos burbujeantes en vasos de plástico transparente.
Hubiese preferido cerrar los libros, meterlos en su maletín, desearles un buen fin de semana a sus alumnos y encaminarse a casa con ritmo ligero para enfundarse su inseparable pijama de franela y abrazarse a su hijo, que, siendo viernes como era, tenía permiso para quedarse en el sofá frente al televisor aunque el reloj ya hubiera marcado las ocho y media de la noche.
Fue Mario quien más insistió para que acudiera a la fiesta en la escuela de idiomas.
—Es viernes. Mañana no te toca madrugar y tendrás todo el fin de semana para estar con Iván.
Te conviene salir un poco, hija, que se te está poniendo cara de carmelita descalza.
—El comentario provocó un gesto de incredulidad, hermanado con una cierta indignación, que Sara se encargó de exagerar—.
¡No me mires así! Tú no te ves. Si te miraras al espejo, comprobarías que lo que te dice tu padre es cierto.
—Siempre exagerando, papá. No sabía que tuvieras tantas ganas de perderme de vista —bromeó.
Nada más entrar en la escuela de idiomas, vio unas mesas rectangulares dispuestas a lo largo del pasillo que esperaban a ser desplegadas y colmadas de aperitivos una vez terminaran las clases.
Los nervios de doña Marga estaban disparados, como siempre que algún acontecimiento alteraba la normalidad del centro y requería mayor vigilancia y dedicación por parte de la directora, y aquel ataque de actividad se convertía en el blanco de todas las ironías del profesorado.
A nadie le resultó fácil abrir los libros, escribir en la pizarra las palabras de estudio, repetirlas en voz alta y terminar los ejercicios.
El tiempo pasaba lentamente. La eternidad petrificada.
Había una fiesta esperando en el pasillo y el simple hecho de imaginarlo barría todo intento de concentración.
El convite se había organizado para despedir a don Venancio, el profesor más veterano de la escuela de idiomas y sin duda uno de los más queridos, y nada más empezar se esfumó toda la pereza que Sara había estado alimentando desde principios de semana.
No tardó en entablar animadas conversaciones con los compañeros con los que guardaba una mayor confianza —como Pedro o Carol Brown, la catedrática de inglés, que después de quince años viviendo en España aún no había logrado desprenderse de su marcado acento de Texas—, y tampoco dudó en participar como oyente de excepción de las anécdotas del laureado don Venancio, que, con más de cincuenta años de docencia, tenía cientos de historias tan divertidas como surrealistas para entretener a quien escuchase.
La risa de Sara, aniñada y contagiosa, refrescaba como un manantial helado y cristalino en mitad del desierto e invitaba a unirse a aquel grupo nutrido compuesto en un principio por educadores, y que se amplió más tarde con algunos alumnos que no se resignaban a perderse la retahíla de ocurrencias del homenajeado.
No supo cómo ni por qué había desaparecido de su lado la silueta familiar de Pedro, pero de pronto notó que quien se hallaba junto a ella era uno de sus alumnos más aplicados y con el que apenas había intercambiado más que los saludos de rigor, que él siempre acompañaba con una enorme sonrisa perfilada por unos labios carnosos y una dentadura perfecta.
Fue su olfato el que la advirtió del cambio de guardia: un olor a madera con sutiles reminiscencias a canela, suave pero intenso, fresco al tiempo que tremendamente penetrante, invadió sus sentidos y la obligó a dirigir su mirada hacia el recién llegado y unos ojos negros enormes y ligeramente almendrados, poseedores de un brillo especial, le devolvieron la mirada.
Clavó en Sara sus pupilas, tan profundas que se antojaba perderse en ellas, y la joven se dijo que aquel chico acababa de salir de una película de dibujos animados de la factoría Disney, de esas que Iván no se cansaba de ver, y en las que los protagonistas se caracterizan por el tamaño desmesurado de sus ojos y de su boca.
Dudó de que fuera su alumno, el que solía colocarse casi al final de la clase, siempre cerca de la ventana; el que jamás preguntaba ni se atrevía a responder en voz alta a alguna de las interpelaciones de la profesora; el mismo que solía atender y escuchar con exquisita solemnidad la conjugación de los verbos o las reglas de ortografía, como si estuviera recibiendo las claves para abrir una caja fuerte en la que esperaba escondido un gran tesoro.
Por unos segundos, las ocurrencias de don Venancio quedaron en un segundo plano, como si un ligero velo hubiese cubierto sus animadas palabras empañando mínimamente la realidad.
—Hola, profesora. —Se abrieron al fin aquellos gruesos labios para dejar escapar una voz ronca, fuerte, varonil. De poder probarla, hasta hubiese jurado que era dulce.
—Hola, Najib —respondió Sara sin saber si él habría escuchado el fino hilo de oro en el que se había convertido su voz, siempre cantarina, o si directamente lo habían engullido sus cuerdas vocales, como ocurría siempre que se mostraba tímida o nerviosa.
Najib Almallah era marroquí y unos meses atrás había entrado en la clase de los viernes que Sara impartía en semanas alternas.
Su español era bastante bueno, cualquiera lo hubiese calificado de casi perfecto, pero insistía en perfeccionarlo para poder ascender y desenvolverse mejor en su vida laboral.
Trabajaba vendiendo pisos en una importante agencia inmobiliaria del barrio de Tetuán, en la zona norte de Madrid, y lo tenía todo para ser el buen vendedor que sin duda era: una enorme capacidad de convicción, buenas artes en el trato personal con los posibles compradores —ya fueran hombres o mujeres, jóvenes o ancianos—, una labia barnizada con un acento sensual, ligero, discreto, de origen árabe, y buen aspecto físico con porte de caballero, maneras educadas y aquella eterna sonrisa.
Desde que comenzó a trabajar en la agencia, las ventas se habían disparado.
En los tres primeros meses logró vender nueve casas y alquilar siete pisos ante la perplejidad generalizada de la empresa y del resto de los trabajadores, y aunque él se refugiaba en la modestia y lo achacaba únicamente a la buena suerte, a estar en el lugar adecuado y en el momento justo, estaba claro que había más arte que buena estrella en aquellos números.
Aquello podría haber despertado envidias, antipatías o rivalidades, pero su carácter abierto y encantador, siempre dispuesto a echar una mano a sus colegas, ayudó a espantar a todos los fantasmas y más bien se le tenía por el compañero ideal, el empleado perfecto.
Ni una sola vez en los dos años que llevaba trabajando en la inmobiliaria de Tetuán cayó enfermo ni puso trabas a un cambio de turno; tan solo la muerte de su padre, un sirio estrictamente religioso que trabajó como obrero de la construcción desde su llegada a España hacía ya diez años, le llevó a cogerse un día libre.
Estaba bien así, no parecía desear más: de hecho, para asombro de sus compañeros y de su propio jefe, rechazó la suculenta oferta de hacerse cargo de una de las sucursales que la empresa pensaba abrir en el centro de la capital.
Aún no se sentía preparado, dijo, quería seguir trabajando a pie de calle, ampliar sus conocimientos y empaparse de todos los trucos comerciales que el día a día le dispensaba.
Además, ser director de una oficina devoraría parte de su tiempo libre y le robaría horas para estar con su gente y su familia, que a pesar de suponer una verdadera incógnita para sus compañeros, era algo sagrado para Najib.
A sus treinta y cinco años, el mundo inmobiliario le ofrecía un futuro repleto de éxitos y de trabajo, y, sin embargo, eso no le hizo dejar a un lado su formación.
Así al menos se lo hizo saber a doña Marga cuando, acompañado de otro de los alumnos del centro, también de origen marroquí, se presentó una mañana de lunes con la intención de abrir una matrícula y conseguir plaza: «Me interesarían los viernes por la tarde.
Es el único día que libro en la agencia.
¿Dos viernes al mes? Sería perfecto. Todo encajaría.
Como hecho a la medida, ¿no es así como se dice aquí en España?
». La sonrisa de la directora, a la que todo lo que veía y escuchaba de aquel joven le agradaba, le dio a entender que acababa de convertirse en un nuevo alumno de la escuela de idiomas…
, y allí estaba, meses después, en la despedida de don Venancio.
Aún seguía en el olfato y la mente de Sara aquel lejano aroma a canela cuando miró la hora.
«¡Mierda!, las doce menos cuarto. ¿Cómo se me ha podido hacer tan tarde?
». A esas alturas, confiar en el transporte público era un acto de fe y esperar un viernes frío de febrero a medianoche, sola, bajo un cielo negro y sin estrellas que amenazaba lluvia, no terminaba de encajar en sus planes.
Buscó a Pedro con la vista, impaciente, algo contrariada, escudriñando entre los asistentes a la fiesta, que seguían riendo, charlando, bebiendo y comiendo.
Pero ¿dónde estaba? «Si hace un minuto estaba a mi lado…
». Sus pupilas se movían nerviosas, como cámaras de seguridad en busca de un objetivo.
¿Se había ido así, sin más, sin despedirse?
Aquel no era su estilo. No iba con él. Fue Carol quien la sacó de dudas, agarrándola del brazo y llevándola a un aparte:
—A la madre de Pedro le ha dado un infarto —le dijo con su habitual tono texano—. Se ha ido corriendo al hospital.