La indiana 3. Santander
10%

3. Santander

—¿Qué haces, niña? —le preguntó una de las monjas.

Sor Magdalena era una de las más severas.

Desde que Isabella había entrado en el internado, no le había quitado la vista de encima.

La joven sabía cómo tratar a cada hermana de la congregación.

Desde niña había vivido allí, aunque pasaba temporadas en la casa de doña Gracia o en la humilde choza de su madre.

Ocultó a toda prisa la cajita. Era una de las pocas cosas que conservaba de su madre y la única pista sobre su padre.

—Ya sabes, ahora que eres novicia, que las hermanas no guardamos nada en propiedad. Somos esposas de Cristo.

Isabella frunció el ceño. Siempre le habían enseñado que Cristo la amaba y, muy especialmente, la Virgen María.

Sin embargo, ahora que había perdido a su madre y se había quedado sola en el mundo, las últimas razones que tenía para creer parecían desvanecerse.

Sabía que necesitaba la ayuda de las hermanas para viajar a España; sin ellas jamás conseguiría reunir el dinero necesario para el pasaje, aunque dedicara toda la vida a intentarlo.

—Ya le he dicho que no tengo nada.

La monja la sujetó del brazo con firmeza y la condujo ante la madre superiora.

El convento estaba a las afueras de Santiago.

Era un lugar tranquilo y agradable, construido con piedra blanca que resplandecía bajo el sol de la mañana.

La piel de Isabella, en contra de lo que muchos habrían imaginado, era tan blanca como la de la pálida monja gallega que la llevaba hasta la superiora.

Apenas quedaban rasgos visibles de su ascendencia africana, salvo los rizos oscuros, ahora recogidos bajo el velo y aplastados por el tocado. Sus grandes ojos negros parecían brillar bajo aquel sol de justicia.

La monja llamó a la puerta y, al otro lado, escucharon la voz de la anciana madre superiora.

Al entrar, las dos mujeres advirtieron que la madre sostenía un pañuelo manchado de sangre. Todos sabían que padecía tuberculosis y que su extrema palidez anunciaba que ya no le quedaba demasiado tiempo de vida.

—¿Qué sucede, sor Magdalena?

La monja carraspeó antes de responder. Estaba destinada a sustituir a la madre superiora cuando esta falleciera. No le gustaba lo laxa que era, ni aquel espíritu tan complaciente que tenía con las novicias, en especial con Isabella.

—Madre, ya le dije que no era buena idea permitir que la novicia fuera sola a visitar a su madre.

—Sor Magdalena, estaba a punto de morir.

—Lo entiendo, y soy la primera en mostrarse misericordiosa. Pero Isabella siempre ha sido una muchacha rebelde. Esconde algo que debió de entregarle su madre.

La madre superiora sonrió con dulzura.

—¿Quién podría reprocharle algo así? ¿No deberíamos estar consolándola? ¿Su madre sigue con vida?

—La última vez que me escribió fue hace diez años. Debo suponer que sí; de lo contrario, me habría enterado —respondió sor Magdalena con frialdad.

La anciana volvió la mirada hacia Isabella.

—Hija, ya sabes que dentro de una semana partirá el barco hacia La Habana y, desde allí, viajaréis hasta La Coruña. Nuestro convento está en Santiago de Compostela. Debes tomar una decisión firme. Allí te consagrarás y renunciarás para siempre a este mundo.

A Isabella le aterraba viajar tan lejos. También se preguntaba qué haría al llegar sola a España, aunque su amiga Marga le había prometido que escaparía con ella. Estaba enamorada de un marino español destinado en El Ferrol y pensaba casarse con él.

—Sí, madre superiora. Sé perfectamente lo que implica mi boda con Cristo.

—Bien. Ahora id al dispensario. Los pobres no pueden esperar. La guerra encubierta contra los separatistas está causando mucho dolor en esta hermosa isla.

Las dos hermanas se dirigieron al pequeño dispensario, donde limpiaban heridas, escayolaban fracturas y ayudaban a los enfermos en todo lo que podían. Ninguna era médica ni enfermera, pero la boticaria tenía una habilidad extraordinaria para aquellas tareas.

Allí estaba Marga. Su sonrisa permanente contrastaba con su nombre. Al verla, saludó a Isabella con su pequeña mano morena. Era huérfana y llevaba con las monjas desde muy niña. Quizá por eso habían hecho tan buenas migas: eran las únicas que no procedían de una familia acomodada.

Isabella la había ayudado con el francés y el latín, lenguas que aprendía con gran facilidad. A cambio, Marga siempre encontraba la manera de cuidarla y aliviar sus penas.

Uno de los primeros pacientes en entrar fue don Manuel, un anciano corpulento de cabello blanco. Tenía la mirada triste, pero jamás perdía la sonrisa. Caminaba con dificultad, aunque nunca se quejaba.

—¿Cómo se encuentra hoy, don Manuel? —le preguntó Isabella con cariño.

El hombre se quitó la gorra.

—Señor... Me hace gracia hasta oírlo. Soy Manuel, el antiguo carretero de la azucarera.

—Todos somos dignos de respeto, don Manuel.

—En eso no te quito la razón, hija.

Dos horas más tarde terminaron el trabajo y se acercaron al refectorio. La comida siempre era frugal, pero, a sus dieciocho años, ambas parecían tener hambre a todas horas.

—Dentro de una semana nos iremos de aquí —dijo Marga, incapaz de ocultar su emoción.

—¿No te da miedo?

La joven negó con la cabeza.

—Lo que de verdad me aterroriza es pasar toda la vida entre las paredes de este convento.

Nuestras compañeras ya están haciendo sus vidas; la mayoría se casará dentro de uno o dos años.

Nosotras nunca hemos tenido un pretendiente.

Nadie quiere a dos muchachas hijas de esclavas, o peor aún, mitad blancas, mitad negras.

Marga era bastante más morena que Isabella. Su piel color canela brillaba bajo el sol, mientras que sus ojos verdes contrastaban con sus marcadas facciones africanas.

Después de comer fueron a la capilla y, más tarde, a descansar un rato.

Mientras Isabella caminaba hacia su celda, no podía dejar de preguntarse cómo sería España, dónde estaría su padre y si alguna vez había llegado a saber que tenía una hija.

3. Santander

Jorge era un atractivo joven de veinte años.

Nunca había sido un buen estudiante; prefería los naipes, las borracheras y los duelos.

Acababa de regresar de Salamanca para pasar el verano en la hermosa villa familiar de Comillas, aunque el resto de la familia permanecía todavía en Santander, ultimando los preparativos para el traslado veraniego.

—¡No entiendo por qué nos vamos todos los años! —exclamó Victoria a su madre.

La joven, de unos diecinueve años, se aburría en Comillas. En la ciudad estaban sus mejores amigas. Justo en el piso de arriba vivía Alicia, que tenía su misma edad, junto a sus hermanos gemelos, Homero y Virgilio, un año menores que ella.

La nani la miró con cierta resignación. Había criado a aquella muchacha mimada y altiva lo mejor que había podido, pero nunca podría sustituir a su difunta madre.

A los únicos que respetaba de verdad eran a su abuelo, don Álvaro, y a su tío Marcos Luis, que llevaba unos años casado con Rosana y, después de mucho esfuerzo, habían tenido a Luis y Luisa, dos mellizos de apenas cinco años.

—Los Valdecilla llevan veraneando en el pueblo de Comillas desde mucho antes de que el pueblo se pusiera de moda y empezara a ir allí el rey.

Ya lo sabes, Victoria. ¿Por qué no subes a visitar a tu amiga?

Cuando vuelvas ya estaremos listos para salir en los carruajes.

Ya sabes que el viaje es largo y cansado.

Aquella era otra de las cosas que Victoria detestaba: el polvo del camino y los traqueteos de un viaje de seis horas que le destrozaban los riñones.

Al final decidió subir a ver a su amiga.

Su casa era algo más pequeña. De hecho, cada planta albergaba viviendas más reducidas y con techos más bajos, hasta llegar a la buhardilla del misterioso y atractivo Julián Portillo, recién llegado de Oviedo y plumilla de El Norte , un periódico republicano que el Gobierno quería cerrar.

Victoria subió con la falda remangada hasta la segunda planta y llamó a la puerta. Le abrió Gertrudis, la criada más vieja de su amiga, a quien, por alguna extraña razón, le tenía mucho cariño.

—Pase, señorita —dijo la mujer.

Entró en la casa y la condujo hasta el salón principal.

—Ahora viene la señorita Alicia.

El padre de su amiga era dueño de una fábrica de sombreros, pero no pertenecía a una familia de la categoría de los Valdecilla, que, además de una naviera, poseían tierras y acciones en las principales empresas del país.

Alicia apareció corriendo. Era muy bella, aunque no tan sofisticada como Victoria, que, con sus largos rizos rubios, tenía enamorado a medio Santander. Enseguida llegaron los gemelos, Homero y Virgilio, cuyas camisas lucían más puntillas que las de una damisela.

—¡Victoria! ¿También os marcháis hoy a Comillas?

—Sí. Prefiero Santander, aunque es verdad que en verano todo el mundo abandona la ciudad por el calor. Las playas son muy hermosas, pero se llenan de obreros y anarquistas. Prefiero los lugares tranquilos, alejados de la plebe.

—Dicen que la reina María Cristina y su hijo pasarán por Comillas antes de ir al Palacio de Miramar, en San Sebastián.

Los ojos de Victoria brillaron al oír el comentario de los gemelos, que parecían ambos enamorados de ella. Ya tenía edad de merecer, pero lo único que le importaba era divertirse.

—Tenéis el palacete más hermoso de Comillas. Allí se alojaba Alfonso XII, que en paz descanse —comentó Alicia.

—Bueno, yo recuerdo al rey y también al pequeño Alfonso. Mi abuelo y él eran muy amigos.

Los cuatro se sentaron a tomar un vaso de limonada hasta que escucharon la voz de la nani de Victoria.

—Tengo que irme —dijo con cierto fastidio—. Ya hace mucho calor y, cuando lleguemos a Comillas, serán casi las seis de la tarde.

—Nos vemos mañana en vuestra casa —se despidieron los tres hermanos.

Victoria bajó corriendo las escaleras y, de pronto, se dio de bruces con Julián, el periodista.

—Disculpe, señorita —dijo él mientras la sujetaba por los hombros para impedir que rodara escaleras abajo.

—¡Don Julián...!

—Llámeme simplemente Julián.