2. La caja de madera #2
Nunca lo había visto tan de cerca. No era un hombre guapo, pero sí muy atractivo, y desprendía un aire interesante.
—¿Se marchan unos días? Qué afortunados son. No sabe el calor que hace en mi buhardilla.
No era muy apropiado que un joven y una doncella conversaran a solas, pero Victoria lo miró con aquellos ojos color esmeralda y respondió:
—Bueno... puede venir a visitarnos. Al principio del pueblo alquilan unas casitas muy monas.
Ella misma se sorprendió de sus palabras. Todos le decían que coqueteaba con cualquiera. Y era verdad.
—Será un placer, aunque no creo que su abuelo ni su padre estén de acuerdo.
—Yo le invito —respondió mientras parpadeaba y echaba a correr hacia su casa.
El periodista la siguió con la mirada y, sin poder disimular su asombro, pensó en lo hermosa e interesante que le parecía aquella joven. Sin embargo, sabía que un periodista republicano no tenía nada que hacer con la nieta del conde de Comillas.
4. Prostíbulo
Don Álvaro era el hombre más solitario de la tierra. Desde la muerte de su esposa, doña Inés, no había logrado levantar cabeza. El único consuelo que encontraba era acudir a casa de madame Sophi, que conocía perfectamente sus gustos.
Aquella mañana, antes de partir con su familia hacia la mansión de Comillas, había salido de casa sin rumbo fijo para dar su paseo matutino y había terminado, una vez más, en casa de la madame.
—Don Álvaro, no esperaba verlo tan temprano por aquí. Creía que hoy se marchaba de Santander.
—Sí, pero todo me recuerda a mi amada esposa. La echo tanto de menos...
—Es normal. Nunca se supera una pérdida así — respondió mientras le ayudaba a quitarse los zapatos.
—Los placeres de la carne no son un sustituto, pero al menos me ayudan a aliviar el alma. Me he dado cuenta de que el pecado la anestesia y hace que uno sienta menos.
Madame Sophi lo sabía muy bien; no necesitaba que don Álvaro se lo explicara.
Ella se sentía tan vacía como una cáscara, y esa ausencia de escrúpulos le permitía convencer a jovencitas recién llegadas a la ciudad para convertirlas primero en sus pupilas y, más tarde, en prostitutas destinadas a la alta sociedad de Santander.
Su casa parecía un internado para señoritas huérfanas y, aunque era cierto que se dedicaba a refinar los modales de aquellas muchachas montañesas del interior, solo lo hacía para satisfacer los gustos de sus exquisitos clientes.
Los nobles y los burgueses preferían la belleza casi ingenua de aquellas jóvenes a las experimentadas prostitutas del puerto.
—Echo de menos Cuba. Allí pasé los mejores años de mi vida. Regresé rico y lleno de honores, pero nunca he vuelto a ser tan feliz como cuando no tenía nada.
Lo que don Álvaro callaba era que había amasado su fortuna gracias al tráfico de esclavos. Junto con varios comerciantes catalanes, había aprovechado la abolición de la esclavitud en Inglaterra y otros países para hacerse con gran parte de aquel lucrativo mercado.
En ese momento apareció Azucena, la última incorporación de la madame.
Tenía la piel tan blanca y lechosa como la leche con la que se había criado en una granja cercana a Potes.
Sus ojos azules y ligeramente achinados desprendían una picardía que contrastaba con la inocencia de su rostro.
El largo cabello rizado, de un intenso color rojizo, le caía hasta casi la mitad de la espalda.
Era alta y esbelta, y ya se había convertido en una mujer.
Había escapado de un padre tiránico que pretendía casarla con un ganadero de la zona. Ella soñaba con ser artista, pero había acabado atrapada en las redes de la madame.
—Buenos días, don Álvaro —saludó la muchacha inclinando la cabeza.
El hombre recordó entonces a las mulatas de Santiago y de La Habana, las más dulces que había conocido en toda su vida.
Se retiraron a una habitación y, unos diez minutos después, descansaban el uno junto al otro.
—Don Álvaro, ¿ha hablado con el empresario del teatro?
—Bueno, hija, las cosas de palacio van despacio. Pero me ha prometido que te hará una prueba... si te portas bien con él.
Azucena sintió una profunda repugnancia.
Sabía que los hombres solo deseaban una cosa de ella, pero estaba dispuesta a soportarlo con tal de abandonar aquella casa y aquella vida para convertirse en una gran estrella del teatro.
No había pasado por tanto para terminar convertida, con los años, en una vieja meretriz al frente de su propio lupanar, engañando a muchachas como ella.
5. Viaje
Marga e Isabella estaban terminando sus tareas cuando se acercó la madre superiora. Siempre se ponían nerviosas al verla llegar, aunque aquella vez traía buenas noticias.
—Hijas, debéis prepararos para el viaje.
Mañana partirá vuestro barco rumbo a España.
No sé si navegará directamente o hará escala en la isla de Madeira, pero el trayecto suele durar unos veinte días.
Espero que no os mareéis. En esta época del año, el Caribe y el Atlántico suelen estar más tranquilos, aunque siempre puede formarse una tormenta inesperada.
—Dicen que mis abuelos eran pescadores. Espero que eso me haga inmune al mareo —dijo Marga.
Isabella soltó una carcajada.
—Tenemos que conseguir algunas cosas para el viaje. Sor Gracia os acompañará a la ciudad con el carro para que las traigáis. A nuestras hermanas de España les gustan mucho el azúcar de caña, el café y el ron.
—Sí, madre superiora —respondieron al unísono.
Las dos amigas se acercaron al almacén. Allí estaba sor Gracia terminando de enganchar la mula.
—Subid, que nos vamos —dijo cuando las dos novicias se acercaron al carro.
Las tres apenas cabían en el pescante, pero terminaron acomodándose como pudieron y, en cuanto dejaron atrás el convento, comenzaron a cantar.
—Voy a echaros mucho de menos.
—Nosotras también —respondió Isabella.
Desde que había ingresado en el convento, sor Gracia había sido para ella como una madre. Durante los primeros meses no dejaba de llorar y la monja se acostaba a su lado hasta que conseguía dormirse.
—Y yo, hija. Espero que la vida en España te haga feliz. Sé que la muerte de tu madre te ha dejado desolada.
Isabella apretó, dentro del bolsillo del hábito, la pequeña caja que contenía la estilográfica que le había dado su madre.
Llegaron a las afueras de la ciudad en poco más de media hora y se dirigieron a uno de los almacenes cercanos al puerto. El sol caía con fuerza y los hábitos cerrados casi las asfixiaban.
—¿Puedo hacer un recado? —preguntó Isabella.
Sor Gracia la miró sorprendida. La muchacha nunca le pedía ese tipo de permisos.
—Bueno, pero que te acompañe Marga. No quiero que os ocurra nada. Por aquí hay muchos marineros y soldados. Muchos empiezan a beber muy temprano y ya no son capaces ni de respetar un hábito.
Las dos jóvenes se estremecieron. Su contacto con los hombres era prácticamente nulo, especialmente en el caso de Isabella.
Caminaron hacia el puerto con pasos cortos. Sus hábitos blancos resplandecían mientras se acercaban a las oscuras tabernas y a los locales frecuentados por los marineros.
—¿Por qué venimos por aquí? No me gusta —comentó Marga. Aunque aparentaba desenvolverse bien en cualquier situación, en realidad era mucho más tímida de lo que parecía.
Isabella se detuvo frente a una tienda. Tenía los cristales del escaparate cubiertos de polvo, la puerta desconchada y toda clase de cachivaches amontonados por todas partes.
Entraron en el establecimiento y una campanilla anunció su llegada.
Avanzaron con dificultad entre los trastos que ocupaban el suelo y las estanterías. Se mezclaban muebles antiguos de gran valor con ollas rotas, vajillas de porcelana y delicados juegos de té chinos.
Un anciano de cabello cano salió de la trastienda y observó con sorpresa a las dos novicias.
—Hermanas, ¿en qué puedo atenderlas?
Su acento era portugués, aunque hablaba bien el español.
Isabella se aproximó al mostrador, que estaba tan abarrotado como el suelo y las paredes. Sacó la cajita y la abrió.
Los ojos del anticuario brillaron.
—Es una Waterman de oro de dieciocho quilates. Podría darle cincuenta pesos —dijo, aunque sabía que valía al menos el doble.
—No quiero saber cuánto vale —dijo Isabella frunciendo el ceño.
—Entonces, ¿qué quiere? —preguntó el hombre, algo molesto al ver que se le escapaba un magnífico negocio.
—Quiero saber a quién perteneció. ¿Podría decirme algo por las iniciales y por el escudo?
El anciano se colocó una pequeña lente de aumento y examinó la estilográfica durante un buen rato.
—J. M. Las iniciales son esas. Y el escudo... diría que pertenece al conde de Comillas, uno de los títulos nobiliarios más importantes de Cantabria.
Las dos novicias se miraron sorprendidas.
—¿Comillas?
El anticuario señaló un mapa colgado a su espalda.
—Es una localidad de Cantabria, en el norte de España.
—Muchas gracias.
Las dos muchachas salieron de la tienda. En cuanto la puerta se cerró, el anciano pulsó discretamente un timbre. Un muchacho apareció desde la trastienda.
—Sigue a esas monjas y dile a Cara de Rata que les quite el estuchito.
El chico, casi sin dientes, mestizo de indio y negro, descalzo y medio desnudo, salió tras ellas y las siguió durante varios minutos por las calles de Santiago.
Las novicias regresaron al almacén donde habían dejado a sor Gracia, pero la monja ya no estaba allí.
Había ido al mercado de abastos para hacer unas compras. Salieron en su busca.
Sin embargo, en cuanto se internaron por uno de los callejones de la ciudad para atajar, dos hombres altos, de aspecto amenazador, les cortaron el paso.
Las dos jóvenes quedaron paralizadas.
Isabella comprendió enseguida por qué estaban allí.
Y supo que no podía perder la única pista que tenía para encontrar a su padre.
—Monjitas... será mejor que vacíen los bolsillos. De lo contrario, les pasará algo peor que perder todas sus pertenencias.