Capítulo 35. El carro azul
La lavandería había vuelto a funcionar sin el carro azul. En el depósito forense, la jaula alta para sábanas permanecía precintada. A varios metros, un segundo carro idéntico cedido por el hotel servía como referencia. Una barra desmontable cerraba cada abertura.
Mara comparó la barra con la del carro de referencia. Estaba colocada al revés. La cara que debía mirar hacia las ruedas quedaba arriba, limpia y brillante.
—Aquí falta pelusa —dijo.
El técnico pasó una luz rasante. En todos los carros, la cara inferior acumulaba fibras blancas dentro de las juntas. En aquel no quedaba ninguna. Alguien la había extraído, lavado y devuelto sin fijarse en la orientación.
Paloma Cano había declarado que nadie movió los carros después del hallazgo. Las fotografías iniciales mostraban la barra ya invertida.
La desmontaron sobre papel nuevo. Un tornillo conservaba esmalte azul levantado y una marca marrón en la rosca interior.
—Puede ser óxido —dijo el técnico.
—O puede no serlo.
La barra pesaba casi dos kilos. En un extremo, la pintura presentaba una muesca reciente de forma curva.
Mara consultó las fotografías métricas de la escena. El carro había quedado a menos de un brazo del cuerpo. Quien dio el golpe no necesitó llegar con un arma ni sacarla del edificio.
El técnico embaló la pieza por separado para el análisis biológico. Después desplazó unos centímetros el carro de referencia, sin acercarlo al indicio. La pelusa tembló bajo su barra, intacta.