La hora de los monstruos Martes, 13 de noviembre de 2012
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Martes, 13 de noviembre de 2012

Lucía no se creía lo que había dentro del paquete.

La espera hasta que habían abierto la oficina de mensajería se le había hecho eterna.

¿Qué era lo que podía haberle mandado Javier el día de su muerte?

Ella se esperaba una carta de despedida en la que explicaba los motivos que le habían llevado a tomar tan trágica decisión.

Sin embargo, el sobre estaba lleno de folios que parecían sacados de una mala película de Hollywood.

Si hubiese tratado de convencer a alguien de la credibilidad de esos papeles, le hubiesen llamado loco.

Lucía pensó que con razón habían desacreditado a su expareja en los medios de comunicación.

Sentada en un banco enfrente de la empresa de mensajería, leyó y releyó varias veces el contenido de los documentos que tenía ante sí.

A cada rato que pasaba, le parecían más descabelladas las historias que contaban aquellos folios.

Pero si no eran ciertas, ¿por qué le iba a mandar aquello Javier?

Quizá el problema era que se había vuelto loco de verdad y aquellas notas no eran más que el culmen de su chifladura.

Abstraída por las revelaciones, no cayó en la cuenta de que a su lado se había sentado un jubilado de rostro amable. Su primera reacción fue la de llevarse los papeles contra el pecho, a modo de defensa.

—Lo siento, no quería asustarte —le comentó el viejo.

—Nada. No se preocupe —contestó Lucía mientras guardaba los documentos en el sobre y se preparaba para ponerse en pie y marcharse de allí.

—No hace falta que los guardes. Ya me imagino qué es lo que te cuenta Javier en esos papeles.

—¡¿Perdón?! —exclamó Lucía aturdida.

—Me imaginaba que Javier haría algo así, Lucía —le dijo el hombre.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—No solo tu nombre, lo sé casi todo de ti.

En ese momento, Lucía intentó levantarse, pero Severino la retuvo con un rápido movimiento.

—Como has podido comprobar, aunque ya sea un viejo, todavía conservo los reflejos, así que no me hagas volver a usarlos.

Tenemos varias formas de resolver este… incidente, llamémoslo así.

Tú nunca deberías haber recibido esos papeles.

Las cosas están feas, no te voy a engañar.

Pero todavía podemos arreglarlo de una forma pacífica.

—No hay nada que arreglar. Acudiré a la policía. Eso es lo que voy a hacer.

—A la policía no le interesa esta información.

—Entonces, ¿todo lo que cuenta Javier aquí es cierto?

—La verdad es un concepto muy relativo. Digamos que la gente que me paga prefiere que nadie se haga esa pregunta.

—Si esto es cierto —dijo Lucía señalando a los papeles—, voy a hacer todo lo que pueda para que se sepa.

—Lucía, no vas a hacer nada. Hazme caso.

—No le tengo miedo.

—Sí, sí que me tienes miedo. Lo veo en tus pupilas, y tu expresión corporal te delata.

No intentes hacer nada de lo que luego te arrepientas.

Como te he dicho, sé muchas cosas de ti y puedo asegurarte que tus artes marciales no van a servirte de nada en este momento.

Sé razonable —le dijo Severino, señalando con el índice de su mano izquierda el bolsillo derecho de su chaqueta.

—Qué más me da eso si va a matarme igual.

—Nadie ha hablado de matar. Eso que te escribió Javier no tiene ni pies ni cabeza, no hay forma de defenderlo. En ningún juzgado te van a hacer caso, ni en ninguna comisaría, ni siquiera en la más sensacionalista de las redacciones.

—Y, entonces, ¿por qué está aquí?

—Porque esa información puede hacer daño a cierta gente, gente importante que no quiere verse envuelta en los desvaríos de un periodista que había perdido el norte. Aunque sean falsas, esas noticias pueden ser peligrosas para ciertos intereses.

—Y qué es lo que tengo que hacer: ¿olvidarme de todo lo que he leído?

—En esencia, esa es la idea.

—¿Y cómo sabe que no voy a intentar buscar pruebas de todo lo que dice Javier en estas hojas?

—Digamos que tengo varios mecanismos para evitarlo.

—Por mucho que intente amedrentarme, le repito que si esto que cuenta Javier es cierto, voy a ir hasta el final —dijo Lucía.

—Te voy a contar una historia que te va a interesar.

Dentro de media hora —dijo Severino mirando la esfera de su reloj de pulsera— se va a producir una de las redadas más importantes contra la pornografía infantil en España.

Gente asquerosa. Pedófilos que compartían archivos de niños menores de diez años en plenos actos sexuales.

Adultos abusando de bebés. No puedes llegar a imaginarte toda la mierda que van a encontrar en sus discos duros.

—¿Y eso qué tiene que ver con Javier y conmigo? —le interrumpió Lucía.

—Veo que la paciencia no es una de tus virtudes.

Como te comentaba, habrá detenidos en toda España: Sevilla, Bilbao, Madrid y también en Burgos.

A menos de un kilómetro de donde nos encontramos, hay un ordenador compartiendo material pornográfico infantil desde el pasado fin de semana.

Un respetable padre de familia, con dos hijos pequeños, que tiene el disco duro lleno de repugnantes vídeos que comparte con otros pedófilos.

Su nombre clave es Xvnene913, pero tú le has conocido siempre como Carlos.

—¡¿Por qué implicas a mi hermano en esto?! —gritó Lucía abalanzándose contra Severino.

El expolicía la cogió de las muñecas mientras le recriminaba con tono autoritario.

—No montes ninguna escena, no tienes tiempo para eso.

Si estás de acuerdo con el trato, dilo; si no, atente a las consecuencias.

Tú eres la única que puede parar esto. Si no hago una llamada en cinco minutos, tu hermano dormirá esta noche en la cárcel y ya te imaginas lo bien que tratan en prisión a este tipo de delincuentes.

Lucía se desmoronó. Tendió el sobre a Severino y se echó a llorar de forma desconsolada. ¿Qué clase de pesadilla era esa que estaba viviendo? ¿Es que no era suficiente con la muerte de Javier?

Severino sacó el móvil del interior de su chaqueta.

—Arreglado —dijo a su interlocutor y colgó.

Después de varios minutos, Lucía logró reponerse.

—¿Y cómo sé que esto acaba aquí? ¿Que no habrá más chantajes?

—Eso no lo sabrás nunca. Ten muy presente lo que podemos hacerte a ti y a tu familia.

Tómatelo como un buen arreglo. Sigues viva.

Aprovéchalo. Olvídate de Javier. Él solito cavó su propia tumba.

Yo traté de advertírselo, pero no me escuchó.

Tú pareces una chica lista. No lo estropees.

Si no lo haces por ti, por lo menos piensa en tu hermano y en tus sobrinos.

—Sois unos cerdos.

—Adiós, Lucía —se despidió Severino—, y recuerda que está en tu mano el que no tengamos que vernos nunca más.