Esquilo el dramaturgo clásico
La única muerte de la historia causada por una tortuga voladora
Según la tradición, hacia el 456/455 a. C., cerca de la ciudad siciliana de Gela, algo cayó del cielo sobre la cabeza de Esquilo, que murió en el acto.
Una tortuga.
El hombre es uno de los grandes dramaturgos de la Grecia clásica, considerado por muchos el padre de la tragedia. Y si la anécdota suena a broma de mal gusto, es porque, según cuenta la tradición, lo era: un oráculo le había advertido años antes que moriría aplastado por algo que cayera del cielo, así que el hombre llevaba tiempo evitando cualquier techo, edificio o estructura que pudiera desplomarse sobre él. Pasaba las horas al aire libre, convencido de que así esquivaba su destino.
Un final que parece escrito para una tragedia griega
El mecanismo detrás de aquel disparate tiene, en realidad, una explicación biológica perfectamente real: algunas rapaces tienen la costumbre de cazar tortugas y después dejarlas caer desde el aire sobre superficies duras para romper su caparazón y poder comerse la carne del interior. Es un comportamiento documentado en observaciones modernas, así que la mecánica del suceso no tiene nada de fantasioso.
Lo que sí resulta extraordinariamente improbable es la parte que convierte esto en anécdota memorable: que un águila confundiera la cabeza calva de un hombre con una roca lo bastante sólida como para servir de yunque. Es, cuando menos, una casualidad de proporciones bíblicas. O, mirado desde otro ángulo, el tipo de detalle que un biógrafo antiguo con buen olfato narrativo no habría podido resistirse a añadir.
Un dramaturgo que se pasó la vida esquivando su propia leyenda
Esquilo no era un personaje cualquiera. Había revolucionado el teatro griego, introduciendo un segundo actor en escena —hasta entonces solo había uno dialogando con el coro— y sentando las bases de la tragedia tal y como la entendemos hoy. Lo que suele aceptarse es que Esquilo murió en Gela, hacia el 456/455 a. C. Los detalles de la tortuga, el águila y el oráculo son otra cosa.
El problema empieza precisamente ahí. La historia de la tortuga, el águila y el oráculo aparece documentada muchísimo después de los hechos, en autores que escribieron varios siglos más tarde. Ninguna fuente cercana a la época de Esquilo menciona nada parecido. Y varios siglos son mucho tiempo para que una anécdota se vaya redondeando hasta encajar perfectamente con la vida del personaje al que se atribuye.
El vicio de las biografías antiguas por las muertes con moraleja
Aquí conviene señalar algo que se repite bastante en las biografías de figuras célebres de la Antigüedad: cuando alguien pasa a la posteridad por su talento para la ironía trágica —y pocos oficios más ligados a la ironía trágica que el de dramaturgo especializado en tragedias—, sus biógrafos tienden a regalarle también una muerte irónica y trágica a la altura de su obra. Que el maestro de la tragedia muriera de forma trágicamente irónica era, para cualquier autor antiguo con sentido del espectáculo, una tentación literaria demasiado perfecta como para dejarla pasar.
Eso no significa necesariamente que la historia sea pura invención. Es perfectamente posible que hubiera, en el origen, una muerte repentina y extraña —un golpe en la cabeza de causa desconocida, quizá— que con el paso de los siglos se fue vistiendo con el oráculo, la tortuga y el águila hasta convertirse en la versión que ha llegado hasta nosotros.
Puede que Esquilo muriera por una causa mucho menos espectacular, o puede que detrás de la leyenda hubiera algún accidente extraño que la tradición fue adornando con el tiempo. Pero la tradición le concedió un final a la altura de sus tragedias: un oráculo mal interpretado, un destino imposible de esquivar y una tortuga entrando en escena desde el cielo.