El rey Martín I de Aragón muerto de risa
Una broma de mal gusto
La noche del 31 de mayo de 1410, en Barcelona, un rey de cincuenta y cuatro años se retuerce en la cama. Martín I de Aragón lleva días enfermo, con el cuerpo debilitado y el estómago revuelto tras un banquete que, según parece, se le fue de las manos. La escena no tiene nada de solemne: no hay campo de batalla, ni conjura palaciega, ni veneno escondido en una copa de plata. Hay un monarca indispuesto, una cama, un malestar digestivo considerable y un bufón dispuesto a cumplir con su trabajo.
El médico ha recomendado reposo y calma. Es decir, exactamente lo contrario de lo que suele aportar un bufón cuando entra en una habitación con ganas de animar el ambiente.
Según la tradición, el hombre empieza a contarle al rey una historia. Un ciervo se ha colado en el viñedo real. Martín, dolorido pero curioso, pregunta qué fue del animal. La respuesta llega con el remate escatológico que cabía esperar de cualquier bufón que se precie. No conocemos todos los detalles con absoluta seguridad, pero sí lo suficiente como para imaginar el tono: una broma gruesa, de esas que no aspiran a la elegancia, sino a arrancar una carcajada rápida.
Y lo consigue.
El problema es que aquella carcajada no llega en el mejor momento. Martín se ríe con tanta fuerza que su cuerpo, ya debilitado por la enfermedad, no lo resiste. La risa se mezcla con el dolor, el episodio se agrava y esa misma noche el rey muere.
Un rey sin heredero
Antes de aquella última carcajada, Martín tenía problemas bastante más graves que una indigestión. No era solo un hombre enfermo: era el rey de Aragón, Valencia, Mallorca, Cerdeña, Sicilia y conde de Barcelona. Y, sobre todo, era el último varón de la línea directa de la Casa de Barcelona, la dinastía que llevaba siglos gobernando la Corona de Aragón.
La cuestión sucesoria era un problema de primer orden. Su único hijo varón legítimo, Martín el Joven, había muerto en 1409, apenas un año antes. Aquella muerte había dejado al rey sin heredero directo y había abierto una incógnita enorme sobre el futuro de la Corona.
En una monarquía medieval, quedarse sin sucesor claro no era un detalle administrativo. Era una amenaza política. Cada noble con sangre suficiente, cada rama familiar con derechos discutibles y cada territorio con intereses propios podía convertirse en parte del problema. Así que cuando Martín cayó enfermo tras aquel banquete, la situación era mucho más delicada de lo que puede parecer en la anécdota.
Lo que cuentan las crónicas
La historia de la carcajada fatal aparece en distintas crónicas y relatos posteriores, y desde luego tiene todos los ingredientes para hacerse popular: un rey enfermo, un bufón, un animal perdido, una broma escatológica y una muerte tan extraña que parece escrita para ser repetida en voz baja durante siglos.
Eso explica por qué la anécdota ha sobrevivido con tanta fuerza. No porque sea necesariamente la explicación médica más precisa, sino porque funciona como imagen. Es breve, visual y cruelmente memorable. Un rey no muere entre tratados, ni rezos solemnes, ni discursos de sucesión. Muere riéndose de una ocurrencia vulgar.
La realidad, como suele ocurrir, probablemente fue menos limpia. Lo que sabemos con bastante seguridad es que Martín I estaba enfermo antes de aquella noche. Los síntomas que se le atribuyen encajan con un problema digestivo grave, quizá una obstrucción, quizá una peritonitis, quizá alguna complicación derivada de aquel banquete excesivo. En ese estado, su muerte era perfectamente posible, aunque nadie hubiera contado ninguna broma.
Lo más discutible es que la carcajada fuera el detonante exacto.
Una risa con consecuencias dinásticas
Lo verdaderamente importante es que Martín murió aquella noche sin descendencia legítima directa. Y eso convirtió una muerte extraña en una crisis política de enormes proporciones. La Corona de Aragón quedó sin un sucesor indiscutible. Varios candidatos reclamaron sus derechos al trono, apoyados por diferentes linajes, territorios e intereses. La cuestión no era menor: elegir al nuevo rey significaba decidir qué casa gobernaría la Corona, qué alianzas se fortalecerían y hacia dónde se inclinaría el equilibrio político de los distintos territorios.
Durante dos años, el trono quedó en una situación de incertidumbre. La solución llegó en 1412 con el Compromiso de Caspe, una negociación entre representantes de Aragón, Valencia y Cataluña que terminó otorgando la Corona a Fernando de Antequera, miembro de la casa castellana de Trastámara. Aquella decisión cambió la historia política de la Corona de Aragón. La antigua línea de la Casa de Barcelona llegaba a su fin, y una nueva dinastía entraba en escena.
Así que la broma del ciervo, cierta o adornada, quedó asociada a algo mucho mayor que una muerte pintoresca. Detrás de la risa había una sucesión bloqueada, una dinastía agotada y un reino obligado a decidir quién debía sentarse en el trono.