La Historia, fuera de guion La batalla de Karánsebes
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La batalla de Karánsebes

Disparos, aguardiente y un enemigo que quizá no estaba allí

Ni los Hermanos Marx habrían firmado un guion tan perfectamente absurdo: un ejército enorme, una noche cerrada, soldados que apenas se entienden entre sí, aguardiente de por medio y un enemigo que, según la versión más famosa de todas, ni siquiera había llegado todavía al lugar.

La noche del 21 al 22 de septiembre de 1788, cerca de la localidad de Karánsebes, en la actual Rumanía, decenas de miles de soldados del ejército imperial de los Habsburgo esperan en la oscuridad, cansados tras días de marcha, con los nervios ya bastante desgastados por la cercanía del ejército otomano. Alguien, en algún punto de la vanguardia, dispara. Nadie sabe muy bien contra quién ni por qué. En la oscuridad, un disparo no necesita demasiada explicación para convertirse en pánico.

Parece ser que, aquella noche, el ejército imperial descubrió que no siempre hace falta un enemigo para empezar a perder.

Un ejército gigantesco que no hablaba un solo idioma

El contexto, al menos, no admite discusión: en 1788, la Monarquía de los Habsburgo participaba en una guerra contra el Imperio otomano, en alianza con Rusia, en un conflicto que se libraba a lo largo de una frontera enorme en los Balcanes. El ejército desplegado en la zona era descomunal para los estándares de la época, y además profundamente heterogéneo: soldados de habla alemana, húngara, croata, serbia, rumana e italiana convivían dentro de un mismo cuerpo militar, con oficiales que no siempre compartían lengua con la tropa que debían mandar, y con órdenes que, según bajaban por la cadena de mando, corrían el riesgo de perderse, deformarse o directamente no entenderse en absoluto.

Es el tipo de ejército que funciona razonablemente bien cuando todo va según lo previsto, con tiempo para transmitir órdenes con calma y traducirlas de unidad en unidad. Y es también el tipo de ejército perfecto para que, en mitad de una noche sin luz y con el enemigo cerca, una confusión pequeña se convierta en un problema mayúsculo antes de que nadie tenga tiempo de aclararla.

La noche en que todo se torció

Esa noche, un grupo de húsares que avanzaba por delante del grueso del ejército se cruzó con unos vivanderos —o quizá con soldados de infantería, según la versión— que llevaban consigo una buena cantidad de aguardiente. Empezaron a comprarlo y a beberlo, más de lo que la disciplina militar habría recomendado. Cuando otro grupo de soldados llegó después reclamando su parte de la bebida, la discusión subió de tono. En algún momento, alguien gritó que llegaban los turcos.

A partir de ahí, cuenta la leyenda, la noche se convirtió en un festival de sombras disparando contra sombras. Caballos asustados, gritos en varios idiomas a la vez, unidades que no lograban distinguir si las siluetas que corrían entre la oscuridad eran enemigos otomanos o compañeros propios presos del mismo pánico. Las órdenes de calma, si es que alguien llegó a darlas, se perdieron entre el ruido y la barrera del idioma antes de llegar a nadie capaz de obedecerlas. El caos, una vez desatado, se alimentó a sí mismo durante buena parte de la noche, sin que ningún soldado otomano hubiera llegado siquiera a acercarse al lugar.

Cuando amaneció, el ejército imperial se encontró con un número indeterminado de bajas, unidades dispersas y una moral por los suelos, sin haber cruzado un solo disparo real con el enemigo al que había ido a combatir.

Una historia demasiado redonda para creérsela entera

La mayoría de las versiones que circulan hoy, sobre todo en libros de curiosidades y listas de internet, remiten a relatos bastante posteriores, escritos décadas después de 1788, que fueron puliendo y redondeando la anécdota hasta convertirla en el ejemplo perfecto de desastre militar autoinfligido, con estructura de chiste y moraleja incluida.

Lo que sí parece es que hubo, en esos días, algún tipo de repliegue o derrota desordenada de tropas de los Habsburgo en la zona de Karánsebes, dentro del contexto más amplio de aquella campaña, con cierta confusión y bajas asociadas. Lo que resulta mucho más discutible es que el detonante fuera exactamente ese episodio del aguardiente y el fuego generalizado contra un enemigo que ni siquiera estaba presente. Algunas revisiones actuales plantean que buena parte de los detalles más pintorescos pudo añadirse con el tiempo, en un ejercicio de anécdota histórica que fue creciendo con cada nueva versión hasta fijarse como si fuera un hecho firmemente documentado, sin que en realidad exista una fuente contemporánea sólida que lo describa con ese detalle.

Las cifras concretas de muertos o heridos que circulan en algunas versiones populares conviene tratarlas con la misma cautela: varían mucho de una fuente a otra y no parecen descansar sobre un registro fiable de la época. Quizá hubo, simplemente, un núcleo real de desorden nocturno que la tradición fue engordando con los años hasta darle la forma perfecta de fábula militar.