La Historia, fuera de guion La Guerra del Cerdo
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La Guerra del Cerdo

A cada cerdo le llega su San Juan

En junio de 1859, en la isla de San Juan, un cerdo de considerable apetito se cuela una vez más en el huerto de Lyman Cutlar, un colono estadounidense, y empieza a arrancar patatas como si llevara toda la vida haciéndolo. No es la primera vez. Cutlar, harto ya de ver su cosecha convertida en pienso ajeno, coge el rifle y le pega un tiro.

Hasta aquí, la historia podría quedarse en el terreno de la anécdota rural desagradable: un vecino molesto, un animal muerto, quizá una discusión a voces. El problema es a quién pertenecía el cerdo. El animal era propiedad de Charles Griffin, empleado de la Compañía de la Bahía de Hudson, la gran corporación británica que llevaba décadas gestionando el territorio en nombre de la Corona. Y la isla de San Juan estaba, por aquel entonces, en mitad de una de esas fronteras que ningún tratado había tenido la decencia de dejar clara: Estados Unidos y el Imperio británico llevaban años sin ponerse de acuerdo sobre a quién pertenecía exactamente aquel pedazo de tierra entre el continente y la isla de Vancouver.

Un cerdo muerto, un huerto de patatas y un mapa mal trazado. Los ingredientes ya estaban todos sobre la mesa.

Cuando nadie quiere pagar por un cerdo

Griffin exigió una compensación por el animal. Cutlar, que probablemente consideraba que un cerdo reincidente en su huerto ya se había cobrado bastante daño por su cuenta, se negó a pagar la cifra que le reclamaban, o al menos no estuvo dispuesto a asumirla sin discutir. Lo que en cualquier comunidad con una autoridad clara se habría resuelto con una multa, una disculpa o, como mucho, un pleito menor, se topó aquí con un problema añadido: nadie tenía del todo claro bajo qué jurisdicción vivían ni Cutlar ni Griffin. ¿Eran las autoridades estadounidenses las que debían mediar? ¿Correspondía al derecho británico? La isla, en la práctica, llevaba tiempo funcionando como un territorio de soberanía ambigua, con colonos de ambos países conviviendo sin que ninguna bandera terminara de imponerse sobre la otra.

Así que lo que empezó como una discusión sobre el precio de un cerdo se transformó, casi sin que nadie lo planeara, en la pregunta mucho más incómoda de quién mandaba realmente allí.

De una disputa de vecinos a un problema de soberanía

Las autoridades británicas de la zona, alertadas por el incidente, amenazaron con actuar contra Cutlar. Los colonos estadounidenses de la isla, sintiéndose desprotegidos, pidieron ayuda a su gobierno. Y el gobierno estadounidense, en vez de enviar a alguien con paciencia para hablar con unos y otros, mandó tropas.

Sí, tropas. Por un cerdo.

El general estadounidense George Pickett desembarcó en la isla con un contingente militar, oficialmente para proteger a los colonos estadounidenses de cualquier represalia británica. Al otro lado, el Imperio británico respondió enviando buques de guerra a la zona, con la Marina Real patrullando las aguas cercanas a la isla como si de verdad estuviera a punto de estallar un conflicto serio entre dos potencias. En cuestión de semanas, lo que había arrancado con un disparo a un animal terminó con cientos de soldados estadounidenses, varios buques británicos artillados y mandos militares de ambos bandos calculando cómo debía desarrollarse un enfrentamiento que, técnicamente, nadie había decidido empezar todavía.

La escalada que nadie sabía cómo parar

Durante semanas, la isla de San Juan tuvo una presencia militar desproporcionada para un lugar donde, después del cerdo, nadie volvió a disparar. Los mandos de ambos bandos, para su mérito, entendieron bastante pronto que aquello era exactamente el tipo de escalada que ninguno de los dos gobiernos quería tener que explicar en su capital: una guerra entre dos potencias mundiales, originada por una disputa de huerto, sonaba mal se mirase por donde se mirase.

La orden que llegó desde Washington y desde Londres fue, básicamente, la misma en ambos casos: contener, no disparar, y buscar una salida que no implicara ceder terreno ni quedar en ridículo. La frontera estaba tan mal definida que incluso un cerdo podía cruzarla sin saberlo, y ahora dos gobiernos se veían obligados a resolver con extremo cuidado diplomático lo que un animal había resuelto, sin darse cuenta, a base de comerse unas patatas.

Una ocupación conjunta, por si acaso

La solución provisional, mientras las cancillerías intentaban desenredar el asunto, fue de lo más peculiar: se estableció una ocupación militar conjunta de la isla, con un destacamento británico en un extremo y uno estadounidense en el otro, coexistiendo durante años sin mayor incidente, en una especie de convivencia armada que hoy resultaría difícil de imaginar entre dos potencias que, oficialmente, seguían sin ponerse de acuerdo sobre a quién pertenecía aquel territorio.

La disputa de soberanía, ya despojada de cualquier urgencia militar, se resolvió más de una década después por la vía que debería haberse usado desde el principio: el arbitraje internacional. Un mediador externo —el káiser alemán, en un papel que probablemente ni él mismo esperaba desempeñar— falló a favor de Estados Unidos, y las islas San Juan quedaron definitivamente bajo soberanía estadounidense.

No hubo muertos humanos en todo el episodio. La única víctima mortal de la llamada Guerra del Cerdo, de principio a fin, fue el propio cerdo.

Un mapa mal dibujado puede ser más peligroso que cualquier animal

El cerdo no sabía nada de tratados, mapas ni soberanía. Solo vio unas patatas y actuó en consecuencia. Pero durante semanas de 1859, aquel apetito porcino estuvo peligrosamente cerca de convertirse en la chispa de un conflicto real entre dos potencias.

A cada cerdo le llega su San Martín, dice el refrán. A este, por desgracia, le llegó San Juan.