La Historia, fuera de guion La brevedad no quita el dolor
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La brevedad no quita el dolor

La inusual rapidez de este conflicto ha hecho que, con el paso del tiempo, la Guerra Anglo-Zanzibariana se cite con frecuencia como una curiosidad de almanaque, un dato llamativo que se despacha en unas pocas líneas. Sin embargo, la brevedad de una guerra no la hace menos real ni menos dramática para quienes la vivieron.

Aunque el bombardeo no duró lo que dura una comida, tuvo consecuencias graves. El recuento posterior arrojó que cerca de quinientos hombres y mujeres del bando de Khalid perdieron la vida o resultaron heridos en ese breve lapso, la mayoría debido al colapso de los techos y a los incendios del palacio. Por el contrario, las fuerzas británicas registraron un solo marinero herido a bordo del Thrush, quien se recuperó más tarde.

La diferencia militar que permitió un desenlace tan rápido no era casual, sino el reflejo de la organización mundial de finales del siglo XIX. No fue un conflicto menor, aunque su duración parezca desproporcionada; fue una manifestación clara de la fuerza colonial, una política basada en la premisa de que la presencia de la artillería era más efectiva que cualquier negociación prolongada.

Las cenizas del día después

Una vez apagados los fuegos del palacio, el orden británico se restableció en la isla. Esa misma tarde, Hamud bin Muhammad fue investido formalmente como sultán en una ceremonia rápida, rodeado por los daños del edificio principal. Hamud gobernaría los siguientes años de forma mucho más favorable a los intereses británicos, firmando las reformas que el consulado consideraba oportunas; entre ellas, medidas vinculadas a la abolición de la esclavitud, que el discurso británico presentó como parte de la justificación moral de su presencia en la isla.

Khalid, por su parte, no fue entregado por las autoridades alemanas, quienes lo sacaron de la isla hacia sus propios territorios coloniales en el continente. Vivió en el exilio hasta que las fuerzas británicas lo capturaron décadas más tarde, durante la Primera Guerra Mundial.

La paradoja de la guerra de los treinta y ocho minutos reside en que muestra la dinámica del poder colonial de forma condensada. Detrás de aquel breve estallido no había un malentendido pasajero; había años de influencia, intereses comerciales y decisiones tomadas desde lejos. La guerra fue extraordinariamente corta; la desigualdad que la hizo posible, no.