Capítulo 31 — Defensa pública #2
—Dieciocho de marzo. Fallas. La serie CAL-00 registra un pico de sincronía de cero coma noventa y cuatro, fuera de la ventana experimental, en la vía pública.
En los informes consta como coincidente con actividad pirotécnica.
La actividad pirotécnica fue real. El pico no era la pólvora.
—Levanté un segundo la vista—. Ese día nos besamos.
Por primera vez. Con los electrodos de la sesión todavía puestos, porque nos habían echado del edificio sin descablearnos, y por eso el beso quedó registrado, con su hora, en un archivo que va a salir íntegro al repositorio público el diecisiete de mayo, porque yo exigí en enero que la serie CAL-00 se publicara completa.
Lo exigí para blindar la transparencia del ensayo. No sabía que estaba blindando la mía.
Alguien, en algún sitio de la sala, dejó escapar el aire. No una risa. Otra cosa.
—Siete de abril —seguí, pasando la página—.
La última sesión de la serie de calibración.
Cuatro minutos de contacto visual sostenido, sin hablar, que es un protocolo que diseñé yo misma con retintín, para demostrar que no fabricaba nada.
Al terminar los cuatro minutos, sonó la alarma.
Y ninguno de los dos se levantó. Estuvimos seis segundos más.
Seis segundos fuera de todo protocolo, fuera de todo diseño, que no le pertenecen a la ciencia ni a la Fundación ni a nadie.
Los conté, porque cuento. Y luego, por primera vez en mi vida, dejé de contar a propósito.
Cerré la libreta.
—Ese día decidí que el amor no era lo que yo llevaba nueve años midiendo.
Que no es un fenómeno que le ocurre a la gente y que se puede observar desde detrás de un cristal.
Que es una decisión que se toma, cada día, del lado de dentro.
Me lo enseñó una señora que dejó los estudios a los catorce años y que lleva treinta y cinco eligiendo al mismo hombre cada mañana, incluidas las mañanas en que no le apetece.
Mi madre. Que sabe de esto más que las doscientas parejas y más que yo.
Y entonces dije la última parte. La que no estaba escrita ni en la nota ni en la libreta. La que había decidido en el medio segundo de mirar a Marc al fondo, y que era la única que importaba de verdad, porque las demás eran ciencia y esta era lo otro.
—Les debo una precisión metodológica final, porque este es un foro científico y las precisiones importan.
El auditor externo del ensayo, el doctor Estellés, declaró su conflicto de interés por escrito a la Fundación el veinticuatro de abril, por iniciativa propia, antes de que nadie se lo pidiera, y se recusó de la auditoría.
Lo hizo solo. No me consultó, y yo me enfadé mucho por eso, porque no soporto que decidan por mí.
—Hice una pausa—. Tardé dos semanas en entender que no había decidido por mí.
Había hecho lo correcto por su cuenta, a su costa, y me había ahorrado el precio sin cobrármelo.
Perdió cosas por esa firma. Cosas concretas, que llevaba diez años mereciendo.
Y no me lo dijo, para no ponerme el peso encima.
Miré al fondo. Marc no se había movido. El bolígrafo, quieto.
—Lo digo aquí, en acta, porque es un dato del caso y porque él nunca lo diría: de los dos, el que reportó a tiempo fue él. Yo he tardado tres semanas y he necesitado subir a este estrado para hacerlo. Él lo hizo en una mañana. Que conste. La diligencia, esta vez, fue suya.
Bajé los papeles.
—Este es mi caso atípico. Está reportado.
El resultado principal del ensayo se mantiene, intacto y sólido: el amor no se fabrica con treinta y seis preguntas.
Y a la vez, en la misma serie de datos, hay una curva que dice que a dos personas concretas les pasó, de verdad, algo que no les pasó a las otras doscientas.
Las dos cosas son ciertas. He tardado nueve años en poder sostener las dos cosas a la vez sin que se me caiga ninguna. Gracias.
Y me callé.
No hubo aplauso inmediato. Hubo, primero, ese silencio que es más difícil de sostener que cualquier abucheo, el silencio de cien personas procesando que acaban de ver a alguien hacer, en directo, lo más caro que se puede hacer: decir la verdad que te perjudica, teniendo la salida fácil delante y renunciando a ella.
Duró tres segundos. Los conté.
Y lo rompió Pilar.
Se levantó, en tercera fila, ella sola, y empezó a aplaudir, despacio, con esa contundencia suya de catedrática que ha visto de todo y no aplaude por deporte.
Un aplauso, dos, tres, sola, de pie, mirándome, con una cara que no le había visto nunca, que no era orgullo de directora de tesis, que era algo más antiguo y más limpio: el reconocimiento de un profesional a otro, el «bien» que me dijo en una escalera en 2019 convertido en aplauso once años después.
Y detrás de Pilar se levantó Aisha, que ya estaba de pie, y aplaudió con las manos en alto para que se viera.
Y Tono, a su lado, que no aplaude, aplaudió.
Y luego se levantó una fila, y otra, y el salón entero se puso de pie, y los periodistas, que no deben aplaudir porque tienen que ser neutrales, aplaudieron igual, porque hay cosas ante las que la neutralidad es una cobardía y ellos también lo sabían.
Pero antes de todo eso. Antes de Pilar, incluso. En el primer segundo del silencio de tres, cuando todavía nadie se había movido, hubo una voz.
Desde una silla, hacia la mitad de la sala, un hombre que yo no conocía —de unos cincuenta años, traje gris, cara de no haber venido a aplaudir nada— dijo, en voz alta, clara, con el tono de quien hace constar algo en acta:
—Como segundo auditor de este ensayo, designado para la validación independiente del cierre, quiero que conste que acabo de recibir, en directo, la clasificación de la serie CAL-00 que había solicitado. Es la clasificación correcta. Es la única clasificación honesta posible. Y la firmo.
El doctor Ferrer. El testigo que Marc había instalado, con sus palabras, hacía cinco semanas, para que alguien mirara. Había mirado. Y acababa de respaldarme desde el público, en voz alta, delante de la Fundación, con la autoridad de la segunda firma.
Marc lo había puesto ahí. Sin saber para qué serviría. Y había servido para esto: para que, en el momento exacto en que yo saltaba sin red, hubiera abajo alguien independiente diciendo que el salto era correcto.
El resto lo recuerdo en desorden. Quintana lívido y recomponiéndose después, calculando ya cómo convertir el escándalo en un titular todavía mejor —«la ciencia española da una lección de integridad»—, que esta vez, por una vez, jugaba a favor.
Los periodistas rodeándome al bajar del estrado.
Aisha abriéndose paso entre ellos con los codos.
Pilar, que no vino a abrazarme, que me esperó apoyada en la pared con las gafas colgando y me dijo, cuando llegué, solo dos palabras: «Ya está».
Las mismas con las que Aisha cierra las cosas.
En este edificio las verdades grandes se dicen todas igual de cortas.
Y al fondo, junto a la puerta, Marc.
Que no se había movido en toda la presentación.
Que había oído, delante de cien personas, cómo yo declaraba lo nuestro, y su recusación, y su precio, y su diligencia.
Que tenía el bolígrafo, por fin, guardado en el bolsillo, las manos quietas y vacías, sin nada que calcular por primera vez en su vida.
Fui hacia allá. Despacio, porque la sala estaba llena y todo el mundo quería un pedazo de mí, y yo solo quería llegar a la puerta.
Tardé en cruzar el salón lo que se tarda en cruzar un salón lleno de gente que acaba de verte ser valiente.
Y me paré.
A dos metros de él.
No a un metro. A dos. La distancia que ya no era la del protocolo, que no era la de la calibración, que no era ninguna distancia escrita en ninguna parte.
Dos metros. Los que quedan cuando dos personas ya se lo han dicho todo en público y solo falta lo único que no se puede decir en un salón de actos.
Nos miramos.
Él, con las manos vacías. Yo, sin gafas.
Los dos, por fin, del mismo lado del cristal.