La hipótesis del amor Capítulo 31 — Defensa pública
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Capítulo 31 — Defensa pública

Lleno de verdad. No el lleno educado de una charla de departamento: el lleno de un resultado que ya se había filtrado.

La Fundación al completo, con el señor Quintana en primera fila, estrenando corbata.

El tribunal de la tesis de Aisha, que se había quedado.

Colegas de otros centros. Tres periodistas de ciencia, con sus grabadoras, que habían venido por el titular grande —«un ensayo español demuele el mito de las treinta y seis preguntas»— sin sospechar que iban a llevarse otro.

Pilar, en tercera fila, en el sitio de siempre, con las gafas colgando del cuello.

Aisha, coordinadora, doctora desde el lunes, al fondo, de pie, junto a los técnicos, con Tono al lado.

Yo tenía cuarenta minutos de presentación preparada y proyectada, impecable, con sus tablas y sus intervalos, la mejor charla de mi carrera sobre el mejor resultado de mi carrera.

Y tenía, en una carpeta, encima del atril, la nota. Impresa. NOTA SObrE UN CASO ATÍPICO.

Y tenía, en el bolsillo de la chaqueta, la libreta azul.

Y no llevaba las gafas de seguridad. Las había dejado en casa, encima de la cómoda, donde se iban a quedar.

Subí al estrado con los ojos desnudos y miré la sala, y en la sala, al fondo, de pie, junto a la puerta, donde se ponen los que no saben si tienen derecho a estar, estaba Marc.

No sabía que iba a venir. No me había escrito. Cumplía su palabra: estaba donde yo no lo veía, salvo que había venido a Valencia sin avisar, se había puesto al fondo, junto a la puerta, en el sitio del auditor, fuera, y había esperado a que yo lo encontrara con la mirada en vez de anunciarse.

Estaba donde no lo veía. Y a la vez estaba.

Las dos cosas. Como había prometido.

Tenía en las manos un bolígrafo. El de metal.

No lo giraba. Lo tenía quieto, muy quieto, más quieto de lo que le había visto tener nunca las manos, un hombre que gira el bolígrafo cuando calcula sujetándolo inmóvil porque lo que iba a pasar en aquel salón no se podía calcular, y él lo sabía, y por primera vez en su vida había venido a ver una cosa sin la coartada de estar auditándola.

Nos miramos medio segundo, desde los dos extremos del salón, con cien personas en medio.

Y aparté la vista, porque tenía trabajo.

Pero antes de apartarla, en ese medio segundo, tomé la decisión que llevaba una semana sin poder tomar.

No la tomé por él. Que quede claro, porque es lo importante: no la tomé porque estuviera él.

La tomé porque, al verlo al fondo, quieto, habiendo pagado lo que pagó y sin cobrármelo, entendí de golpe que solo había una versión de mí misma con la que ese hombre podía volver a estar, y era la que no se escondía un cadáver.

Verlo no me dio la respuesta. Me quitó la última excusa para no darla yo.

Empecé la charla.

Los primeros treinta minutos fueron los que tenía preparados, y fueron buenos, y no me voy a detener en ellos porque son la parte fácil.

Conté el ensayo. El diseño, la preinscripción, las doscientas parejas, los dos brazos.

Conté el resultado con la tabla proyectada detrás: cero coma cero tres, el intervalo estrechísimo, la potencia.

Expliqué que las treinta y seis preguntas no fabrican vínculo, que la intimidad no se acelera con un cuestionario, que un mito de veinte años y cuatro charlas multitudinarias se caía, por fin, con datos.

El público estaba conmigo. Los periodistas escribían. Quintana asentía en primera fila con la cara del que ya redacta la nota de prensa. Era el triunfo. Era exactamente el triunfo que había venido a buscar todo el mundo, servido, limpio, histórico.

Llegué a la penúltima diapositiva. La de las conclusiones. La que cerraba la charla que tenía preparada.

Y me detuve.

Miré la sala. Miré a Pilar, que me sostuvo la mirada sin moverse. Miré a Aisha al fondo, que muy despacio, sin que la vieran, me hizo un gesto pequeñísimo con la cabeza, uno solo, que quería decir cáigase sola. Miré a Marc, junto a la puerta, con el bolígrafo quieto.

Y no pasé a la última diapositiva.

—Aquí terminaría —dije, y mi voz sonó rara en el micrófono, más baja, más mía— la presentación que traía preparada. Y sería un buen final. Un ensayo limpio, un resultado sólido, una conclusión clara. Podría bajarme de aquí con esta diapositiva y todos nos iríamos contentos.

Silencio. El silencio nuevo de una sala que nota que algo se sale del guion.

—Pero un estudio no termina en su resultado principal.

Termina cuando ha reportado todo lo que encontró.

Todo. Incluido lo que no encaja. Sobre todo lo que no encaja.

—Cogí la carpeta del atril—. Y este estudio encontró una anomalía.

Una sola. Y llevo tres semanas decidiendo si contarla, porque contarla me cuesta, y porque no contarla es exactamente lo que llevo nueve años acusando a otros de hacer.

Así que la voy a contar. Va contra mi interés.

Ese es, precisamente, el motivo de que tenga que hacerlo.

Saqué la nota de la carpeta.

Y saqué, del bolsillo, la libreta azul, y la dejé encima del atril, cerrada, a la vista, porque quería tenerla ahí, la testigo de nueve años, mientras leía.

—«Nota sobre un caso atípico» —leí.

Y leí la primera línea, la que me había salido entera aquella noche en la cocina, sin borradores:

—«Este estudio se diseñó para demostrar que el amor no se puede fabricar. Lo ha demostrado: doscientas parejas, ningún efecto. Pero todo estudio honesto tiene la obligación de reportar sus casos atípicos, incluso, sobre todo, cuando el caso atípico es el propio investigador.»

La sala se quedó absolutamente quieta.

Levanté la vista un segundo. Los periodistas habían dejado de escribir, que es lo que hacen los periodistas cuando lo que oyen es demasiado importante para tomar notas. Quintana ya no asentía. Y seguí, porque una vez que empiezas por ahí ya no hay diapositiva a la que volver.

—El ensayo tenía una serie de calibración. La llamamos CAL-00. Dos sujetos, no cegables, en condiciones equivalentes a las experimentales, cuya única función era validar la instrumentación. Los dos sujetos éramos el auditor externo del ensayo, el doctor Marc Estellés, y yo.

Cien cabezas no se giraron hacia el fondo, hacia la puerta, porque cien personas no sabían que el hombre de la puerta era el auditor. Pero Pilar lo sabía. Y Aisha. Y Quintana, que giró la cabeza medio centímetro y volvió a girarla.

—La serie CAL-00 arrojó un resultado que no aparece en la diapositiva de las conclusiones, y voy a proyectarlo ahora, porque un dato que no se enseña no está reportado.

Cambié la diapositiva. No a la de las conclusiones. A una que había preparado la noche anterior, sola, a las tres de la mañana, y que no le había enseñado a nadie.

La curva.

Las seis sesiones. 0,57. 0,61. 0,66. 0,71. 0,78. 0,89. Subiendo, sin un solo tropiezo, sobre el fondo plano de las doscientas parejas en el catorce por ciento.

—La media de las doscientas parejas del ensayo, en sincronía cardiaca, es del catorce por ciento y no se mueve en seis sesiones. Es la línea de abajo, la plana. Es la prueba de que el protocolo no funciona. Es mi resultado, y es sólido, y lo defiendo.

Señalé la línea de arriba.

—Esta es la serie CAL-00. Sube sesión a sesión, sin excepción, hasta un valor que ninguna de las doscientas parejas alcanzó nunca.

Es la curva más limpia que he registrado en nueve años de carrera.

Y es, de las mil doscientas series de sincronía de este ensayo, la única que contradice todo lo que he venido a defender hoy.

Dejé que la mirasen. Unos segundos. Que la vieran todos, la curva que había querido esconder, proyectada a cuatro metros, imposible ya de no reportar.

—Durante ocho semanas, esta serie se atribuyó en los informes a ruido de instrumentación.

Lo firmé yo, indirectamente. Lo firmó mi coordinadora, que dejó constancia, para su honor, de que no se lo creía.

La atribución era falsa. El ruido de instrumentación no tiene tendencia, y esto es una tendencia. No era ruido.

Respiré.

—Era que las dos personas de la serie de calibración se estaban enamorando.

Dentro del ensayo. Mientras lo dirigían.

Y yo lo sabía, y lo callé, y busqué durante tres semanas la manera técnicamente impecable de que este dato desapareciera del informe, porque me estropeaba la conclusión y porque me exponía a mí.

Que es, palabra por palabra, lo que hago cuando destrozo el trabajo de otros: buscarles la frase con la que escondieron el dato que les sobraba.

No se oía nada. Ni una silla, ni un móvil, ni una tos.

Cien personas conteniendo la respiración en un salón de actos, y yo en el estrado, sin gafas, con la libreta cerrada delante y la voz por fin firme, porque había llegado al punto en que ya no había vuelta y el vértigo, cuando ya no hay vuelta, se convierte en otra cosa, en una calma rara, la calma del que salta y a mitad de aire deja de tener miedo porque ya no puede volver al borde.

—Voy a dar las fechas —dije—. Porque un caso atípico sin fechas no está reportado, y yo, de reportar, sé.

Abrí la libreta. Por fin. La abrí por las páginas que importaban, las que tenían las fechas escritas con mi letra, y leí de mi propia libreta, en voz alta, delante de la Fundación y de la prensa y del mundo, lo que llevaba nueve años sin dejar leer a nadie.