Capítulo 20 — Sesión CAL-6
Los dos llegamos sabiendo que era la última.
Después de hoy solo queda la mirada. Y en la mirada no hay preguntas.
Aisha nos cableó en siete minutos y, al terminar, hizo algo que no había hecho nunca: apagó su propia pantalla de la cabina.
—Yo esto lo codifico luego —dijo—. En diferido. Hoy no os miro en directo. Tengo un límite y este es el mío.
Y cerró.
Nos quedamos los dos solos, con las cámaras grabando y nadie mirando. Es una situación que no se había dado en ocho semanas: registro sin testigo. La máquina apunta, pero al otro lado del cristal no hay nadie cotejando en tiempo real. Solo nosotros, un metro, y el bloque más duro del cuestionario.
Ítems 31 a 36.
—«Comparte con tu pareja de sesión un problema personal y pregúntale qué haría ella en tu lugar. Pídele también que te devuelva cómo cree que te sientes con el problema que has elegido.»
Empecé yo. La semilla de marzo, por última vez.
—Tengo que tomar una decisión profesional que va a costarme algo importante si la tomo bien. Y todo en mí está diseñado para no tomarla: para aplazarla, para gestionarla, para dejarla en borradores. ¿Qué haría usted en mi lugar?
—Depende de una cosa —dijo—. ¿La ha aplazado ya otra vez, antes, en su vida?
—Sí.
—¿Y cómo salió?
—Mal. Para todos.
—Entonces ya sabe lo que haría yo. Haría lo contrario de lo que hizo la vez que salió mal. No porque lo contrario sea mejor: porque es lo único que no ha probado.
Cuatro segundos, y luego la segunda parte del ítem, la que devuelve el sentimiento.
—Y le voy a decir cómo creo que se siente, doctor, ya que me lo pregunta el papel.
No creo que tenga miedo de tomar la decisión.
Creo que tiene miedo de descubrir que es capaz de tomarla.
Porque llevar seis años creyendo que uno es un cobarde es incómodo, pero es un sitio conocido.
Y si esta vez lo hace bien, se queda sin ese sitio. Y no sabe adónde ir.
No contesté.
No porque no tuviera respuesta. Porque la tenía, y era «sí», y «sí» dicho en voz alta en aquella sala habría sido demasiado.
Su turno.
—Yo también tengo que tomar una decisión —dijo—. Sobre un dato. Un dato que existe, que es verdadero, que si lo reporto me cuesta la credibilidad, y que si no lo reporto cometo exactamente el pecado contra el que he construido toda mi carrera. ¿Qué haría usted en mi lugar?
Es la primera vez que habla de eso en voz alta. Del dato. De CAL-00. Sin decir su nombre, pero de eso, en una sala que lo está grabando.
—Reportarlo —dije, sin pensarlo, que es como se dicen las verdades verdaderas.
—Le cuesta la carrera al que lo reporte.
—Le cuesta más al que lo esconda. A usted no la conozco desde hace mucho, doctora, pero la conozco lo suficiente para saber una cosa: usted puede sobrevivir a que la llamen «la científica que se enamoró en su propio experimento».
Lo que usted no puede sobrevivir es a mirarse en el espejo sabiendo que suprimió un dato.
Eso a usted la mata. A mí también me mataría.
Es la única cosa que sé de usted con certeza absoluta.
Se quedó quieta.
—¿Y cómo cree que me siento? —preguntó, con la voz un poco distinta—. Que también lo pide el papel.
—Creo que está aterrada. No del qué dirán.
De haberse convertido, sin querer, en el tipo de estudio que usted lleva nueve años demoliendo: el que tiene un dato incómodo y lo llama ruido para que no le estropee la conclusión bonita.
Creo que lleva ocho semanas viéndose hacer eso y odiándose, porque es exactamente lo que usted persigue en los demás.
—Sí —dijo.
Una palabra.
Fue la única de las seis preguntas que contestó con una sola palabra, y fue la más larga de la sesión.
Las tres del medio fueron un descenso al que no se le hace comentario, otra vez, como en la CAL-4, pero peor, porque después de la CAL-4 hubo Fallas y ya no había manera de fingir que aquello era una sesión de instrumentación.
La de cuándo has llorado por última vez ya la contestamos el día de las Fallas, con la sesión cortada; el sistema, que no sabe lo que pasó en la calle, la volvió a sacar, y los dos la esquivamos con una media respuesta y una mirada, porque la respuesta entera ya se la habíamos dado al otro con la ciudad reventando.
La de cómo te sientes con tu familia: ella habló de la mercería. Yo dije «tengo a mi madre en Sant Cugat» y me quedé ahí, porque a esas alturas ella ya sabía que en esa frase faltaba alguien.
La de la amistad más importante: los dos nos dimos cuenta, sin decirlo, de que la respuesta honesta era incómoda, porque la persona con la que cada uno había tenido las conversaciones más importantes de los últimos dos meses estaba sentada a un metro, con electrodos, siendo grabada.
—«Cuéntale a tu pareja de sesión la muerte de un ser querido y por qué no le has dicho a esa persona todo lo que le hubieras querido decir. De todas las personas de tu familia, ¿la muerte de quién te resultaría más perturbadora y por qué?»
Es la última pregunta del bloque. La treinta y seis del cuestionario. La que cierra las treinta y seis preguntas para enamorarse, y es sobre la muerte, porque quien diseñó esto sabía lo que hacía.
Me tocó.
Y aquí es donde voy a dejar de ser el auditor, porque lo que dije en esa silla no lo he dicho nunca, ni a mi madre, ni al psicólogo de 2021, ni a nadie, y lo dije a una máquina que lo estaba grabando para un repositorio público, delante de la única persona del mundo a la que quería decírselo.
—Mi padre —dije—. Se llamaba Jordi. Cocinaba.
Pretérito imperfecto, otra vez. Pero esta vez no me escondí detrás de él. Esta vez seguí.
—Cocinaba todos los días, para mi madre y para mí, en un piso de Sant Cugat, y no hablaba casi nada, y yo aprendí de él que se puede querer a la gente sin decírselo, solo dándoles de comer. Era una manera de estar. La única que él tenía y la única que me enseñó.
Un minuto.
—Murió en febrero de 2020.
Y ahí paré, porque la fecha lo dice todo si sabes leerla, y ella sabe leerla.
—Febrero de 2020 —repitió, muy bajo—. Estaba usted en Múnich.
—Estaba en Múnich. Con la irregularidad de Ilse en un cajón, sin reportar, ya le he dicho cuántas semanas.
Mi madre me llamó: mi padre se había puesto muy malo.
Y yo dije que iba en cuanto cerrara una cosa del trabajo.
Una cosa. El informe. El de la irregularidad que llevaba tres semanas sin mandar.
Dos minutos.
—Lo mandé el 26 de febrero, por la mañana. Once líneas. Tardé tres semanas en mandar once líneas que se escriben en veinte minutos. Y esa misma tarde cogí un vuelo a Barcelona. Y llegué al hospital una hora y media tarde.
—Una hora y media —dijo.
—Una hora y media. Ese es el número. Ese es mi número, doctora, el que usted no puede medir con ninguno de sus aparatos.
Llegué una hora y media tarde a la muerte de mi padre porque esa mañana, en vez de coger el primer vuelo, me quedé a mandar un informe que llevaba tres semanas sin mandar porque estaba acostándome con la investigadora del centro.
Reporté a Ilse y enterré a mi padre el mismo día.
El 26 de febrero. Por eso me sé la fecha.
No dijo nada. No había nada que decir. Ella lo sabe mejor que nadie: hay silencios que son la única respuesta decente.
—Y lo que no le dije —seguí, porque el cronómetro no perdona y porque ya no había manera de parar— es que lo entendía.
Que había entendido, con él, lo de dar de comer.
Que llevaba toda la vida sabiéndolo y no se lo dije nunca, porque en mi familia esas cosas no se dicen, se cocinan, y yo no sé cocinar.
Nunca aprendí. Me pareció que ya habría tiempo.
Cuarenta segundos.
—Y la parte que usted todavía no ha atado, doctora, porque no le he dado el dato hasta ahora: mi regla.
La de no involucrarme con nadie a quien audito.
La de no cenar, no deber favores, no quedarse.
Yo llevo seis años diciendo que es ética profesional.
Que es por la independencia del auditor, por el rigor, por Múnich.
Veinte segundos.
—No es ética. Es esto: si no te acercas a nadie, no llegas tarde a nadie.
No hay hospital al que llegar tarde si no hay nadie en el hospital.
La regla no me protege a mí de perder la independencia.
Me protege a mí de volver a perder a alguien por estar encaminando un informe.
Es una regla de duelo disfrazada de regla de ética, y me ha costado seis años y esta silla darme cuenta.
Se acabó mi turno.
Ella no lo llenó. Se quedó conmigo en el silencio que sobraba, que fueron casi dos minutos, mirándome, sin apartar la vista, y yo no aparté la mía, y por primera vez en seis años conté una cosa entera y no se me quedó nada dentro pesando más que fuera.
Todo lo que había dicho de mi regla de hierro, en cinco semanas, era verdad y era mentira a la vez.
Verdad en los hechos. Mentira en la causa.
Yo creía que me protegía la independencia.
Me protegía el corazón, que es una palabra que no uso, y que aquel martes, en la sala 2, con electrodos, usé por dentro por primera vez en mucho tiempo.
Su turno. La misma pregunta.
—Mi madre —dijo—. Amparo.
Y por primera vez en toda esta historia, Ferrán contestó una pregunta sin un solo dato. Sin fecha, sin temperatura, sin número de caja. Solo:
—La muerte de mi madre. Y lo que no le he dicho es que la entiendo.
Un minuto.
—Llevo la vida entera tratando su matrimonio como un problema por resolver.
Midiéndolo. Buscándole variables. Y en el fondo era más fácil eso, tratarlo como un enigma, que admitir la verdad, que es muy simple y no necesita ninguna variable: que mi madre eligió a mi padre todos los días durante treinta y cinco años, y él a ella, y que eso no lo explica ningún modelo porque no es un fenómeno que se explique.
Es una cosa que se hace. Y yo no se lo he dicho nunca, que la entiendo, porque decírselo es admitir que quiero lo que ella tiene.
Y que llevo treinta y dos años midiendo el amor precisamente para no tener que arriesgarme a sentirlo.
Dos minutos.
—Eso es lo que no le he dicho a mi madre. Que la entiendo. Y que tenía razón. Y que su matrimonio, que yo he tratado como el caso raro que me arruinaba las hipótesis, es probablemente lo más cuerdo que he visto hacer a nadie.
Se calló.
Le quedaba un minuto y no lo usó. Ni ella ni yo. Nos quedamos los dos sentados, con el minuto corriendo, en la primera habitación silenciosa que he compartido con alguien en la que no me sobraba la otra persona.
Es una sensación que no tengo nombre para describir y no voy a fingir que lo tengo.
Llevo toda la vida en habitaciones donde el silencio de otra persona es una cosa que hay que gestionar: rellenarlo, o irme, o auditarlo.
Aquel silencio no había que hacerle nada.
Estaba bien así. Éramos dos personas calladas a un metro y la habitación no pedía nada más.
Terminó el cuestionario.
Sonó, en la tableta, el aviso de fin de bloque.
Un pitido tonto, doméstico, de electrodoméstico.
Treinta y seis preguntas para enamorarse, completadas, cerradas, con dos personas que no se habían enamorado en una silla porque ya se habían enamorado antes, en pasillos y en cabinas y en una calle con pólvora, y el pitido no sabía nada de eso, y pitó igual.
Nos quedamos sentados un minuto de más. Sin cámara ya —bueno, con la cámara, la cámara graba hasta que Aisha la cierra, pero sin nadie mirándola—, sin cronómetro, sin razón técnica, sin ítem siguiente. Por primera vez en ocho semanas no había una pregunta esperando.
No dijimos nada.
No hacía falta. Ya nos lo habíamos dicho todo con palabras, en aquella silla, del primero al último ítem.
Habíamos vaciado el cuestionario. Habíamos usado las treinta y seis preguntas para lo que en realidad sirven, que no es enamorar a desconocidos, sino dejar a dos personas que ya lo están sin ningún sitio donde seguir escondiéndose.
Aisha entró. Traía la agenda en la mano y una cara de haber estado llorando en la cabina con la pantalla apagada, aunque no lo dijo y yo no se lo pregunté.
—Solo queda la sesión de mirada —dijo, mirando la agenda para no mirarnos—. Cuatro minutos. Es la última. ¿La semana que viene?
—Sí —dijimos los dos.
A la vez.
Y demasiado rápido.
Aisha levantó la vista de la agenda, nos miró a los dos, medio segundo, y volvió a bajarla.
—Vale —dijo—. El martes. Cuatro minutos.
Y no añadió nada más. Porque Aisha, que lleva ocho semanas viéndolo todo, había aprendido por su cuenta lo mismo que a mí me enseñó un técnico con un cable en la mano un viernes de febrero: que hay cosas que, dichas en voz alta, se estropean, y que la única manera de cuidarlas es callarlas.
Nos dejó ir sin decir la nuestra.