RYLAN
La tetera silba justo cuando deslizo el pasador por la recámara de mi Glock.
El momento perfecto.
Reed entra arrastrando los pies desde el pasillo, sin camiseta, con una cuchara y un tarro de mantequilla de cacahuete a medio comer. Tiene el pelo de punta como si hubiera metido los dedos en un enchufe.
—No toques la Beretta.
—Ni se me ocurriría. —Señala con el tarro de mantequilla de cacahuete hacia el portátil abierto en la encimera—. Tu contacto ha dado señales de vida. La entrega en Manhattan sigue en hora. Faltan veinte minutos. Salvo que haya tráfico o llegue el apocalipsis.
Dejo la pistola, apago la tetera. Vierto el agua sobre el café molido en la prensa francesa. Espero a que llegue el aroma.
No he dormido en treinta y seis horas. Tengo los nervios a flor de piel, la mente despejada.
Justo como me gusta.
Porque esta noche entro en territorio Moretti por primera vez en tres años.
Y necesito parecer un hombre en calma absoluta.
Abandono el coche a seis manzanas, lo cambio por una moto prestada y recorro el Lower East Side como un fantasma. Sin luces. Sin más sonido que el viento y el ronroneo grave del motor.
Apago el motor a dos manzanas y empujo la moto hasta dejarla detrás de un contenedor. Aproximación silenciosa, sin dejar silueta.
Desde la azotea de enfrente, observo la rotación. Tres guardias. Rondas de seis minutos. Uno cojea. Otro está nervioso; quizá sea nuevo.
Lo grabo todo. Después me muevo.
Esto no es el asalto. Solo reconocimiento. Entro, consigo la información y salgo limpio.
El almacén está rodeado de valla metálica y óxido. Cámaras en lo alto. Guardias patrullando en parejas. Sin horario fijo, pero con patrón suficiente para aprovecharlo.
Rodeo la verja y escalo la pared lateral, colándome por la ventana de arriba en el punto ciego, tal como indicaba el plano.
Tercer piso: almacén. Sin firmas térmicas. Lo recorro rápido.
Segundo piso: zona de oficinas a medio usar. Una ocupada. Varón, unos cincuenta. Armado. Registro la hora, su campo de visión, el cajón abierto a su lado.
Planta baja: núcleo operativo. El suelo principal abarrotado de cajas. Carretillas elevadoras. Tres hombres armados. Dos en sus puestos, uno patrullando el cuadrante noreste.
Y una anomalía.
Mujer. Civil. Sin uniforme. Portapapeles en mano, hablando con uno de los guardias.
Unos veinticinco años, arreglada pero discreta. Pelo recogido. Zapatos elegantes. No parece preparada para salir corriendo. No es matón a sueldo.
No está en la lista que conseguí.
Eso la convierte en un cabo suelto.
Localizo las salidas, calculo los tiempos de barrido de las cámaras. Ajusto el plano en mi cabeza.
Se mueve con seguridad. Como si perteneciera aquí. Como si supiera cómo funciona el lugar.
Pero no comprueba los ángulos muertos.
Lo que significa que no tiene entrenamiento.
Lo archivo todo. Civil. Afiliación desconocida. Ya reevaluaré cuando confirme su papel.
¿Y si trabaja para Lorenzo Moretti?
Es solo otra variable que neutralizar.
La ficharé. La vigilaré. La usaré si hace falta.
Y después enterraré toda la puta operación.
Cambio de posición justo cuando el guardia del noreste se lleva la radio a la boca, y entonces todo salta por los aires.
Un estruendo atronador. El sonido de metal contra metal. Y luego...
Bum.
Una explosión desgarra la pared del fondo y lanza fuego y humo por todo el almacén. Gritos. Disparos. Los guardias se dispersan.
Joder. Esto no tenía que pasar.
Me agacho y me deslizo detrás de una viga mientras las balas silban a centímetros de mi cabeza. Las comunicaciones siguen muertas. Sin aviso. Sin llamada. Este no es mi equipo. Esta no es mi operación.
Es una trampa.
Barro la planta de nuevo, los ojos en movimiento constante, y la veo: la mujer. Sin el portapapeles, las manos temblando, los ojos muy abiertos con algo demasiado controlado para ser miedo.
Echa a correr. Demasiado tarde.
Una segunda explosión sacude el suelo y un trozo de techo se desprende. Cae en picado, directo hacia su cabeza.
Me muevo.
Sin pensarlo. Sin dudar.
Salto desde la plataforma, las botas golpean el hormigón mientras cruzo el humo a la carrera. Ella se gira, justo lo suficiente para verme antes de que la plaque por detrás y nos saque de la zona donde caen los escombros, con los brazos rodeándole la cintura.
Golpeamos el suelo con fuerza.
Ella gruñe, su cuerpo debajo del mío, temblando.
La examino: sin heridas graves. Pero tiene un corte justo encima de la cadera, oscuro y extendiéndose.
—¿Estás herida? —le pregunto mientras la arrastro detrás de una pila de cajas.
Asiente con la respiración entrecortada.
—Creo que sí.
—Quédate conmigo.
Otra ráfaga de disparos ilumina el lado este. Me pego a ella para protegerla de los fragmentos de metal ardiente que rasgan el aire. No grita. No suplica. Solo aprieta la mandíbula y se queda quieta.
Demasiado quieta.
Los civiles no mantienen esa calma.
Lo archivo.
Pero ¿ahora mismo? Está sangrando y respirando. Y yo no dejo a nadie atrás. Ni siquiera a quienes pienso interrogar después.
Le paso un brazo por debajo de las rodillas y el otro alrededor de los hombros. Se tensa, pero no opone resistencia.
—¿Por qué...? —intenta preguntar, pero apenas le sale la voz.
—Cállate —gruño—. Ya me gritarás cuando no estés desangrándote.
Salgo por donde entré: ventana, punto ciego, salida silenciosa.
Solo que ahora no estoy solo.
Para cuando llego a la moto, tiene los ojos entrecerrados, parpadeando. La sangre le empapa la camisa. Me quito la chaqueta y la presiono contra la herida, apretándola con una mano mientras con la otra busco el contacto.
—Vas a vivir —murmuro.
Pero no sé a cuál de los dos intento convencer.
Acelero a fondo y desaparezco en la noche.