Capítulo 1 – El sobre cerrado #2
Con el traqueteo del empedrado, la ciudad empezó a sucederles: una fila de tiendas con las persianas bajadas, un grupo de hombres con brazaletes discutiendo a gritos, una mujer que corría con un puchero envuelto en una manta, dos soldados que compartían un cigarrillo de gesto idéntico.
El camión dobló hacia el sur y la luz de la mañana, más clara ahora, reveló tejados hollinados, carteles rasgados, el rastro de un incendio reciente en una esquina.
Madrid se estaba yendo de ellos como un animal que se suelta del abrazo de su dueño y se pierde en la maleza.
-¿Va sola? -preguntó la mujer del chal.
-Sí. Mi madre… -dijo Aurora, y dejó el final en el aire, porque la palabra estaba hecha de demasiadas cosas.
La mujer asintió como si lo entendiera todo. Siguieron un rato en silencio, acompasando la respiración con el ritmo del motor. Cada golpe contra un bache era un recordatorio de la fragilidad de los planes.
En el bolsillo, la carta parecía más pesada.
Aurora la tocó con la yema de los dedos, notó el relieve del lacre.
“E”, recordó. La inicial de un nombre que apenas había oído la noche anterior en labios del vecino del tercero, un periodista de mirada cansada que había subido a su casa para despedirse y, con una cautela casi ceremonial, le entregó el sobre.
-Si la ciudad se cierra y tienes que irte, llévala contigo, Aurora. Búscale. Si no te hace falta, quémala. Pero no la dejes en Madrid.
-¿Quién es? -preguntó ella, descolocada.
-Alguien que sabrá qué hacer -dijo el vecino-. Y alguien que sabrá quién eres, aunque tú no lo sepas todavía.
No hubo más explicaciones. Aurora sostuvo el sobre en la palma, sintiendo su temperatura tibia como si guardara dentro un pulso, y lo ocultó bajo el forro del abrigo.
El camión abandonó la ciudad por la carretera de Valencia.
A los lados, los campos de secano mostraban una gama de ocres y verdes ásperos bajo el cielo ralo de marzo.
El viento entraba por las rendijas y olía a tierra húmeda, a promesa de lluvia.
Con el rumor del motor como arrullo tosco, los pasajeros fueron ocupando sus pensamientos.
El anciano dormía con la boca abierta, el hombre del maletín repasaba papeles con cuidado maniático, la pelirroja cerraba y abría los ojos al ritmo de un rezo sin palabras, el niño había dejado de llorar y chupaba una esquina de su manta.
-Dicen que en Valencia hay trabajo en el puerto -dijo la mujer del chal, quizá para convencerse-. Y que las casas de las afueras reciben a quien llega con una cama y un plato.
-Dicen tantas cosas -respondió Aurora, más para sí que para su compañera.
Un frenazo brusco las lanzó hacia adelante. Se oyeron gritos, un par de maldiciones y el llanto reaparecido del niño. El camión se detuvo. Desde fuera llegaron voces tensas. La lona se levantó a medias y asomó la cara de un miliciano con el fusil apoyado en la cadera.
-Documentación -ordenó, recorriendo el interior con una mirada que intentaba ser severa y le salía cansada.
Uno a uno fueron mostrando lo que tenían: cédulas, carnés, salvoconductos improvisados. Cuando le tocó a Aurora, presentó su cédula de vecindad y una carta del Ayuntamiento que certificaba su trabajo en una oficina de mecanografiado. El miliciano la miró, miró el papel, la volvió a mirar .
-¿Familia? -preguntó.
-Una tía en Valencia -mintió con calma.
La mujer del chal añadió, con una sonrisa desdentada:
-La niña viene conmigo. Es como mi hija.
El miliciano pareció calibrar el peso de aquella mentira compartida. Bajó el fusil de la mirada, devolvió los papeles y se apartó sin decir nada. La lona volvió a caer y el camión reanudó su marcha entre suspiros.
-Gracias -susurró Aurora.
-Hoy por ti, mañana por mí -replicó la mujer, con una dignidad que no cabía en su chal raído.
Las horas se estiraron. El sol, al fin, rompió la niebla y secó los charcos de la madrugada.
El ritmo del motor y la cadencia de la carretera aplacaron la ansiedad de los primeros kilómetros.
Aurora dejó que su mente avanzara y retrocediera por los días previos: la fila frente a la panadería, el silencio torvo de la oficina cuando llegó la noticia de los primeros bombardeos, la forma en que su madre -la abuela de Valeria- había apretado los labios al oírla decir “tengo que irme”.
Aquella noche, antes de partir, Aurora se sentó en el borde de la cama y repasó su vida como quien ordena una maleta y decide qué deja atrás.
Cuando el camión se detuvo para repostar en una gasolinera solitaria, el conductor anunció un descanso breve.
Los pasajeros bajaron, desperezándose. El aire del campo estaba tibio; a lo lejos, se veía una hilera de olivos recién podados, su contorno de manos abiertas contra el cielo.
Aurora se apartó unos metros, buscó cobijo en la sombra apretada de un granado y, al fin, sacó la carta del bolsillo.
La sostuvo a la altura de los ojos. El lacre rojo brilló un instante bajo el sol.
Notó la tentación de romperlo con las uñas.
La contuvo. Le parecía que abrirla allí, en mitad de la carretera, sería profanar algo. Volvió a guardarla.
-¿Todo bien, señorita? -preguntó una voz a su espalda.
Era el hombre del maletín. Tenía un rostro pálido, los pómulos marcados, una cortesía que sonaba a otra época.
-Sí, gracias .
-Soy Ernesto -dijo él, como si presentar un nombre pudiera restituir un orden que el mundo había perdido-. ¿Va a Valencia por trabajo?
-Voy a Valencia porque Madrid me echa -respondió ella, con media sonrisa-. Y porque tengo una carta que quizá me diga dónde ir después.
Ernesto la miró con un interés no invasivo.
-En estos tiempos, las cartas son puentes -dijo-. Y también trampas. No se fíe del papel más que de su instinto.
Aurora asintió. No quería hablar más. El conductor silbó desde el camión y todos volvieron a subir. Reanudaron la marcha bajo un sol más alto, con la promesa de llegar a Cuenca antes del atardecer.
A media tarde, la carretera, encajada entre lomas, se estrechó.
El conductor redujo la velocidad. Al fondo, una barricada de troncos y bidones obligaba a detenerse.
Dos hombres armados, con pañuelos al cuello, levantaron la mano.
El camión se inmovilizó a pocos metros. De nuevo, la lona se alzó a medias.
Esta vez la mirada que se asomó estaba afilada como un cuchillo.
-Bajen todos -ordenó el de la voz dura-. Registro.
El aire se volvió denso. Aurora sintió cómo el corazón le galopaba en la garganta.
Bajó con los demás, alineándose junto al camión.
El sol se inclinaba y proyectaba sombras largas sobre el suelo.
Los hombres revisaron el interior, abrieron hatillos, revolvieron maletas.
Cuando llegaron a la maleta de Aurora, el que mandaba la abrió sin mirarla.
Dentro: dos vestidos, ropa interior, un jersey reparado en los codos, un libro de poemas con el lomo gastado, un neceser con jabón envuelto en papel.
El hombre pasó los dedos por las páginas del libro como si buscara un mensaje oculto. Nada.
-¿Y eso? -preguntó el otro, señalando el bolsillo interior de su abrigo.
Aurora supo que el gesto de su mano había sido traición. Palpó la carta, notó el lacre como un latido. Se obligó a respirar hondo .
-Una carta de mi madre -dijo, y pronunciar “mi madre” le dio una solidez inesperada-. Para una prima.
El hombre extendió la mano. Aurora dudó un segundo.
Se la dio. Él la sopesó, miró el lacre con desconfianza nueva.
Los segundos se espesaron. El mundo se redujo a ese círculo rojo y a los ojos que lo escrutaban.
Ernesto, dos puestos más allá, carraspeó con deliberación.
El jefe de la barricada alzó la vista hacia él, como si el sonido lo hubiera irritado.
-¿Algún problema? -preguntó Ernesto, con una calma que parecía estudiada.
-Ninguno -respondió el hombre, y devolvió la carta a Aurora con un gesto brusco-. Sigan. Y no vuelvan por aquí.
Subieron de nuevo en silencio, como quien sale de un examen sin saber si lo ha aprobado. Cuando el camión retomó la carretera, la mujer del chal apretó la mano de Aurora.
-Santo ángel de la guarda -susurró-. No estaba escrito que nos pararan aquí.
Aurora no sabía si dar las gracias a Ernesto, a la suerte o a la torpeza del registro. Se guardó la carta más hondo, como si pudiera fundirse con su costado.
La tarde cayó despacio, estirando el oro de los campos y poniendo brasas en las nubes. La voz del conductor llegó desde la cabina:
-Si todo va bien, haremos noche cerca de Requena. Mañana, Valencia.
La palabra “Valencia” tuvo, para todos, el sonido de un puerto abierto.
El niño, agotado, dormía ahora con la boca húmeda; la pelirroja se había quedado en esa inmovilidad de quien por fin afloja la cuerda de un miedo; el anciano, más liviano, tarareaba una melodía sin letra.
Ernesto cerró su maletín con dos clics precisos.
Aurora dejó que el balanceo monótono del camión le acunara los pensamientos.
Recordó el barrio, las vecinas inclinándose sobre las macetas, la ventana de la cocina abierta al patio, el olor a lentejas un martes cualquiera.
La guerra convertía lo cotidiano en reliquia .
Al caer la noche, una luna recién nacida se alzó sobre la línea de los montes.
La lona del camión se volvió azulada. En esa penumbra limpia, Aurora metió la mano bajo el abrigo y, por primera vez desde que la recibió, pensó en abrir la carta.
No sabía si contenía una dirección, un nombre propio, o una historia que estaba destinada a comprender.
Tampoco sabía por qué la “E” del sello le parecía, de pronto, una brújula.
No la abrió. La acercó a la cara y aspiró su olor tenue a papel y cera. La mantuvo junto al corazón hasta que el sueño, venciendo el rumor del motor, le cerró los párpados.