La hija del espía Capítulo 1 – El sobre cerrado
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La hija del espía

La hija del espía

Por Jose Carlos Vara Mata

© inepub.com

Capítulo 1 – El sobre cerrado

El viento de marzo serpenteaba por las callejuelas de Madrid como un mensajero antiguo que llegara tarde.

Había llovido durante la noche y aún quedaban charcos en las aceras que reflejaban el gris de un cielo indeciso.

El edificio de la parroquia de San José, en la calle de Alcalá, conservaba ese tono negruzco que dejan los años, los gases del tráfico y la resignación de una ciudad que arrastra siglos a cuestas.

Valeria Montalbán subió los escalones con paso firme, pero el corazón le temblaba.

El luto era más que la ropa negra que llevaba.

Era una especie de túnica interior que pesaba en los hombros y en la garganta.

A sus treinta y siete años, Valeria había aprendido a sobrevivir a muchas cosas -a la ausencia, al abandono, a la indiferencia- pero no estaba preparada para enfrentarse al vacío que su madre dejaba.

Ni siquiera sabía si la palabra adecuada era vacío.

Era más bien una grieta, una fisura por donde comenzaban a escaparse recuerdos que nunca fueron del todo suyos, gestos no comprendidos, palabras que no se dijeron y que, ahora, ya no podrían decirse .

Entró en la iglesia y sintió el contraste entre el murmullo de la ciudad y la quietud densa del interior.

El incienso flotaba como una niebla dorada, atrapando la luz que se colaba a través de los vitrales.

Los bancos, oscuros y brillantes por el desgaste, estaban medio vacíos.

Eso no la sorprendió. Su madre, Aurora Pérez, no era una mujer de muchos amigos.

Había vivido con discreción, casi con sigilo, trabajando durante años como mecanógrafa en una delegación del Ministerio de Exteriores, sin alardes ni vida social.

Lo poco que tenía lo guardaba para su hija, o al menos eso quería creer Valeria.

Había algunas caras conocidas entre los asistentes.

Reconoció a Carmen, la vecina del quinto, que había sido testigo de sus juegos infantiles en el rellano.

Estaban también tres compañeros de oficina, dos mujeres y un hombre, sentados en fila con los rostros bajos.

Y luego, algo más atrás, un hombre mayor, de cabello blanco, con un abrigo gris y un sombrero entre las manos.

Tenía una expresión serena, y aunque su rostro le resultaba vagamente familiar, Valeria no pudo ubicarlo.

El sacerdote, de voz monótona y acento castellano, habló del alma de Aurora como quien lee un informe administrativo.

Habló del consuelo de la fe, del descanso eterno, de la promesa de la resurrección.

Valeria apenas escuchaba. Se concentraba en el sonido del órgano, en la llama trémula de las velas, en el leve crujido de los bancos de madera cuando alguien se movía.

La muerte de su madre, por mucho que la enfermedad la hubiera anunciado con tiempo, seguía siendo una sorpresa para su cuerpo, que aún esperaba verla aparecer con su bata azul y sus zapatos de andar por casa, preguntando por qué no se había hecho café.

Después de la bendición, se acercó al féretro.

Pasó la mano con suavidad por la madera barnizada.

No se inclinó para besarla. Solo murmuró un adiós ronco, que no fue ni súplica ni reproche, sino una forma de dejar salir lo que no había podido decir durante años.

No había lágrimas. No aún. Sólo una pesadez seca, como si el duelo se hubiera quedado atrapado en el estómago, entre el miedo y la necesidad de saber.

Fue entonces cuando el hombre del abrigo gris se acercó. Tenía el rostro cruzado de arrugas profundas, ojos claros y quietos, y la voz de quien ha vivido muchas despedidas.

-Señorita Montalbán -dijo, con una ligera inclinación de cabeza-. Su madre me pidió que le entregara esto después del funeral.

Le tendió un sobre grueso, color marfil, cerrado con un sello de lacre rojo. Valeria lo tomó sin decir palabra. En el centro, escrito con letra antigua y firme, aparecía su nombre: Valeria. No había remite. El sello llevaba grabada una letra “E” estilizada que no reconocía.

-¿Usted quién es? -preguntó.

Pero el hombre ya se daba media vuelta. No respondió. Se alejó entre los bancos, se perdió en la sombra de una columna y no volvió a aparecer.

Valeria sostuvo el sobre un momento más. Tenía peso, un grosor que indicaba más de una hoja en su interior. Se lo guardó en el bolso sin abrirlo. Aún no.

Tras la ceremonia, el coche fúnebre emprendió su marcha hacia el cementerio de La Almudena.

Valeria fue detrás, sola, en el coche de servicios funerarios.

Observaba la ciudad por la ventanilla, pero sin verla.

Madrid era, en esos momentos, una sucesión de calles sin alma, como si el mismo luto de la familia lo llevara la ciudad en sus adoquines.

En el camposanto, bajo un cielo opaco, dijo adiós con una flor.

Cuando el ataúd descendió, sintió que el vértigo se extendía como una raíz por dentro.

Aurora había sido su único vínculo real, incluso a pesar de sus distancias.

Su madre era su pasado y, quizás, el único hilo que la conectaba con una verdad que siempre le fue negada: la de su padre.

De regreso al piso familiar, en el barrio de Chamberí, lo primero que hizo fue colocar el sobre sobre la mesa del salón, junto al jarrón con crisantemos blancos.

Se preparó un café y encendió la radio solo para llenar el silencio.

Las noticias hablaban del gobierno de Suárez, de los acuerdos parlamentarios, de una manifestación prevista en la Puerta del Sol.

Pero en la cabeza de Valeria solo resonaban las palabras “su madre me pidió que le entregara esto”.

No lo abrió de inmediato. Lo miró durante minutos. Intuía que una vez roto el sello de lacre, ya no habría vuelta atrás. Lo que había dentro no eran solo hojas de papel: era una puerta.

Entonces se levantó, fue hasta la cómoda del dormitorio de su madre y buscó.

Entre ropas dobladas con esmero y cajones que olían a lavanda antigua, halló una caja de fotografías, un pequeño cuaderno con iniciales en la tapa, y, al fondo, una medalla guardada en terciopelo azul.

No sabía a quién pertenecía ni qué significado tenía. La examinó sin entender.

El sobre seguía esperándola en el salón.

Lo abrió justo antes del anochecer, cuando la luz dorada entraba a través de las cortinas con la delicadeza de una promesa rota.

1936: La huida

El amanecer llegó a Madrid con un resplandor pálido que no alcanzaba para borrar el humo de los incendios.

En la calle, la ceniza caía en copos leves, como una nieve impura que se posaba en los alféizares y en los toldos de las tiendas cerradas.

Aurora Pérez cerró la puerta del piso con un gesto rápido y bajó las escaleras con la maleta pequeña golpeándole la pantorrilla a cada peldaño.

Llevaba un abrigo gris, un pañuelo anudado a la garganta y la decisión muda de quien ha dicho adiós sin pronunciarlo.

En el zaguán, la señora Jacinta -la casera, una mujer desdentada y de carácter incómodo- asomó la cabeza.

-¿Se va, niña? -preguntó, como si la respuesta pudiera cambiarse con un consejo .

Aurora sostuvo su mirada solo un segundo.

-Unos días. A casa de una prima. Volveré cuando pase el ruido.

La casera masculló algo sobre la impudicia de los tiempos, movió la cabeza y se perdió en la penumbra del portal.

Aurora salió a la calle. La ciudad, a esa hora, parecía hecha de corredores y sombras, de pasos apurados que buscaban cobijo.

Caminó rápido hacia la plaza donde, le habían dicho, un camión partiría rumbo a Valencia con refugiados y dos sacos de harina como coartada.

Tenía veinte años y una carta en el bolsillo interior del abrigo: sobre blanco, lacre fino, una inicial que no le pertenecía.

No lo había abierto. No se atrevía, como si en esa carta se sostuviera todo lo que aún podía derrumbarse.

Al llegar a la plaza vio el camión aparcado junto a la fuente, el motor en marcha y la lona de la caja levantada por uno de los extremos.

Un hombre con boina y chaquetón -el conductor- revisaba una lista improvisada en un papel arrugado.

Un guardia, a pocos metros, fumaba con los ojos entrecerrados, sin intervenir.

La guerra, pensó Aurora, a veces se parece a una habitación donde cada uno mira su pared para no ver al otro.

-¿Nombre? -preguntó el conductor, sin levantar la vista.

-Aurora Pérez.

Él hizo una marca con el lápiz y señaló la parte trasera.

-Suba. Y si ve sitio, siéntese. Serán muchas horas.

Aurora trepó ayudándose del estribo y de una mano tendida desde arriba.

Dentro, el aire olía a madera húmeda y a ropa mojada.

Un niño lloraba en susurros, como si le hubieran enseñado a llorar sin ruido.

Una mujer con un chal deshilachado le hizo un gesto para que se acomodara a su lado.

Había también un anciano de sombrero ladeado, una muchacha pelirroja que miraba al vacío con la insistencia de quien memoriza lo presente para no olvidarlo mañana, y un hombre con traje pobre que llevaba un maletín de cuero como si fuera un salvoconducto .

-Gracias -dijo Aurora a la mujer del chal.

-Dios nos ampare -respondió la otra, apretando entre sus brazos un hatillo-. Dicen que la carretera está llena de controles.

Aurora asintió. Sintió cómo el camión vibraba bajo sus pies.

Alguien golpeó la chapa desde fuera; un aviso.

La lona se abatió y la semioscuridad se llenó de respiraciones.

El motor gruñó y el vehículo comenzó a rodar.

Ella apoyó la cabeza en el tablero de la caja y cerró los ojos un instante.

El corazón, sin embargo, se mantuvo abierto como una puerta en corriente de aire.