La hija de la modista Epílogo
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Epílogo

La ceremonia fue un jueves por la mañana.

No en una iglesia grande, sino en la parroquia pequeña de Gracechurch Street.

La misma en que habían bautizado a Margaret veinte años atrás y en la que Eleanor había entrado muchas veces a lo largo de los años con la cabeza baja y una petición silenciosa antes de empezar una semana difícil.

El reverendo conocía a la familia Hoper desde hacía muchísimo tiempo y ofició la boda con una calidez especial.

Los asistentes cabían en dos bancos.

Thomas, con la emoción a flor de piel, vestía el traje de los días importantes que su mujer le había planchado la noche anterior.

Eleanor, que había prometido mantenerse entera durante la ceremonia, no fue capaz de contener las lágrimas cuando vio aparecer a Margaret en la puerta con el vestido verde.

La tía de Callum, una mujer de setenta años con el mismo humor seco de su sobrino, mostraba una expresión que decía claramente que llevaba tiempo esperando que ese hombre encontrara algo que valiera la pena.

Callum esperaba al frente.

Cuando Margaret llegó a su lado y posó sus ojos en él, Callum le devolvió la mirada con esa atención que siempre le dedicaba. En ella se podía reconocer todo lo que había entre los dos sin necesidad de expresarlo con palabras.

El reverendo dio comienzo a la ceremonia.

Cuando el reverendo los declaró marido y mujer, la expresión de Callum cambió. Era la misma que había mostrado en la institución de Southwark, frente al niño que le tiraba de la manga. La de un hombre que, por fin, estaba exactamente donde quería estar.

Le tomó la mano y la sostuvo como si llevara toda la vida esperando tener algo así entre los dedos. No dijo nada. No hacía falta. Después de meses observando salones desde un lateral, por fin tenía delante algo que merecía toda su atención, sin reservas ni distancia.

Esa tarde, mientras Callum hablaba con Thomas en el despacho y Eleanor preparaba la cena más elaborada que había cocinado en años, Margaret subió a su cuarto, se sentó al escritorio y cogió papel y pluma. Comenzó a escribir.

Cecily:

Hoy me he casado. La ceremonia ha sido íntima, pero muy bonita. Éramos cinco personas, aparte del reverendo que conoce a mi familia desde antes de que yo naciera. No había flores especiales ni vestido nuevo. Llevé el verde que ya conoces y que me hizo mi madre.

Callum me ha demostrado que es un hombre extraordinario, con unos valores y un corazón inmenso.

Soy feliz, Cecily. Más de lo que nunca imaginé que podría ser.

Lo amo y sé que él también me ama. Me lo ha dicho mil veces, según él, para que nunca olvide que sus sentimientos son absolutamente sinceros.

A veces pienso que esto no es más que un sueño y que cualquier día me despertaré y me encontraré de nuevo en el salón de los Winstanley con toda esa gente burlándose de mí por ser la hija de una modista.

Pero no. Callum me mantiene con los pies en el suelo y me resulta increíble que todo esto sea verdad, sobre todo después de lo que ha pasado desde que llegué a Londres.

Ahora que soy baronesa —todavía me cuesta escribir esa palabra sin sentir algo raro en el estómago— espero que tu madre reconsidere su postura con el tiempo.

No te pido que fuerces nada. Solo que sepas que yo seguiré aquí.

Y que encontraré la manera de hacerte llegar mis cartas, aunque tenga que ser a través de Agnes o de quien haga falta.

Echo de menos tenerte al lado en los márgenes de los salones, observando el centro con esa complicidad nuestra que no necesitaba palabras.

Quiero que sepas que lo que tuvimos fue real. Y que ningún sistema, por muchas generaciones que lleve funcionando, puede quitarme eso.

Con todo mi cariño, Margaret Vane.

Dobló el papel. Escribió la dirección de la residencia de los Farrow en el anverso, y la suya en el reverso. No la de Belgrave Square, ni la de Gracechurch Street, sino la de la casa de Callum, que ahora también era la suya. Lo dejó sobre el escritorio para enviarlo al día siguiente.

Se levantó del escritorio y se acercó a la ventana para mirar al exterior.

Abajo, en la calle, Londres seguía con sus asuntos. Los comercios, los carruajes, la gente que iba y venía sin saber ni importarle que esa tarde, en una parroquia pequeña de Gracechurch Street, dos personas habían decidido que el mundo podía funcionar de otra manera.

En ese momento, el ruido de unos nudillos sobre la puerta vino a sacarla de sus pensamientos.

—¿Puedo interrumpir, señora Vane?

Margaret sonrió al ver a su marido en la puerta.

—Claro. Acabo de terminar de escribirle a Cecily; quería contarle de nuestro casamiento. Ojalá hubiera podido acompañarnos, pero sé que no era posible.

Callum se acercó a ella y la abrazó por detrás, dejando caer un beso en la mejilla.

—Tus padres acaban de marcharse hace cinco minutos.

La joven giró la cara hacia él, sin soltarse de su abrazo.

—¿Cómo? ¿Sin despedirse de mí?

Él rio.

—Creo que se dieron cuenta de las ganas que tenía de que por fin nos quedáramos tú y yo solos. Ya iba siendo hora, ¿no te parece?

Volvió a bajar la cabeza y escondió el rostro en el cuello de ella, provocándole un agradable cosquilleo al sentir su respiración en una zona tan sensible. Margaret alzó la mano y hundió los dedos en el oscuro pelo ensortijado.

Nunca se había sentido tan feliz.

—Callum...

Él la giró lo suficiente para hacer que sus rostros quedaran frente a frente.

—Aún no me creo la suerte que tengo.

Margaret lo miró a los ojos —esos que la habían visto desde el principio, cuando todavía era la señorita Ashby y él ya sabía que algo no cuadraba.

—Yo tampoco —contestó ella, en voz baja.

Callum levantó una mano y le apartó un mechón de la cara con delicadeza.

—Te quiero tanto, Margaret. Nunca pensé que se pudiera amar tanto a otra persona hasta que llegaste a mi vida.

Bajó la cabeza hasta posar sus labios en los de ella. Cuando se separaron, Margaret apoyó la frente en la suya.

—Por fin —dijo ella, en voz muy baja.

Callum la miró con curiosidad.

—Por fin, ¿qué?

Margaret sintió que le subía el color a las mejillas, lo cual, considerando todo lo que habían pasado juntos, le pareció ligeramente ridículo.

—Nada. Es que nadie me había besado nunca.

—¿Y bien?

—Ha valido la pena la espera. Sobre todo porque eras tú.

Tres semanas después, la señora Webb le puso delante un abrigo infantil con el forro descosido.

Margaret lo examinó, comprobando el daño, la tela y cuál podía ser el mejor punto para el arreglo.

Luego ensartó la aguja con la naturalidad de siempre.

A su lado, una de las mujeres de la sala tarareaba algo mientras cosía.

Al fondo, por la puerta entreabierta del pasillo, llegaba la voz de Callum hablando con alguien sobre la ampliación de una de las aulas.

Callum giró la cabeza y sus miradas se cruzaron un instante.

Ambos sonrieron, sin más.

Margaret volvió al abrigo.

La aguja encontró el ritmo y los puntos salieron regulares, con la tensión correcta y la distancia justa entre uno y otro.

Sus manos sabían lo que hacían.

Porque ella era la hija de la modista. Siempre lo había sido, y siempre lo sería, y eso era lo mejor de todo.